X (2010) es una estilizada película australiana protagonizada por Viva Bianca, vista en la serie Espartaco, y por Hanna Mangan-Lawrence. Dirige con soltura Jon Hewitt, un cineasta al que tal vez solo le haga falta hacerse de buenos guiones para destacar.

Vivir para satisfacer sexualmente

A pesar del sugerente título, X no es una obra sobre el mundo de la pornografía. Shay (Hannah Mangan-Lawrence) es una joven de 17 años que viaja a Sídney para ganarse la vida en lo que puede, decantándose por ser una chica de la calle. Su buen corazón y amabilidad no encajará con los peligros de la noche. Shay tendrá la suerte, y la desgracia a la vez, de toparse con Holly (Viva Bianca), la cual está dispuesta a pagarle una buena suma de dinero por unas horas de trabajo.

Holly es una aburguesada prostituta que satisface sexualmente a todo aquel que pueda permitirse su precio. En su última noche de trabajo antes de dejarlo todo e irse a París, se verá envuelta junto a Shay en el asesinato del ricachón chulapo que ha pagado por los servicios de las dos mujeres.

X y la suspensión de la credibilidad

En X las casualidades amplían el deus ex machina hasta límites insospechados: Holly descubre a Shay porque la prostituta que tenía que acompañarla se ha resbalado en la bañera (!!): el asesino Bennett (Stephen Phillips) encuentra a Holly cada vez que la está persiguiendo (en todo Sídney...); Shay, cuando huye de Bennet, tiene la suerte de dar con un taxista muy guapo (¡el cual quiere trabajar de mago en Las Vegas!) que la sacará del apuro en el que ella y su "jefa" están metidas.

Es una película llena de situaciones imposibles -que pone a prueba la suspensión de la credibilidad- y abundante en personajes que no cuentan nada.

Sexo, violencia...y un guión plano

El mayor inconveniente de Hewitt es que quiere codearse con Gaspar Noé o Abel Ferrara pero acaba acercándose a subproductos de serie B tipo Y...Al Rojo Vivo, aquella nadería protagonizada por Tatum O´Neall e Irene Cara en el que dos prostitutas son perseguidas por gánsteres varios. La violencia en el film de Jon Hewitt es tan forzada que resulta hasta risible; el director parece querer provocar por provocar, muchas veces a destiempo, pero solo consigue desviar la atención ante lo (poco) que está pasando.

El problema del realizador/guionistas a la hora de dar solidez a los protagonistas es que los despacha con un par de líneas de diálogos ("quiero ir a Francia", dice Holly, o "quiero un futuro mejor", comenta Shay). Muy poco se muestra con imágenes... precisamente la idiosincrasia del cine. Todo falla por culpa de un guion enjuto y al que el director quiere darle una pizca de chicha insertando de vez en cuando inapropiados desnudos frontales (más de hombres que de mujeres) y algo de violencia brutal que deviene en risible en el conjunto general de la película, por forzada e incoherente.

Objetos sexuales

Resulta curioso que las intenciones de los creadores de X sean las de, en apariencia, mostrar la dura vida de las calles y lo ruin que es el macho y, sin embargo, se recreen en imágenes de chicas desnudas, voluptuosas, carnales. Una artificialidad que hace que nos preguntemos si ese detalle es precisamente hecho a propósito para que la audiencia masculina se sienta culpable en el disfrute del cuerpo femenino, visto esto como no más que un objeto sexual, y que encaja con los estudios de Laura Mulvey y Carol J. Clover con respecto a la mirada y el papel de los dos sexos en el cine.

Acudiendo a otro artículo de Suite101, Clover sugiere que "el espectador masculino es igualmente capaz de identificarse con el asesino y cambiar rápidamente para identificarse con la víctima. Por lo tanto, el proceso de identificación, por una parte, corresponde a lo sádico, ejerciendo el control y, por otra, se transforma en pasiva y masoquista".

La fotografía de X, lo mejor de la película

A pesar de contar con una historia vacía y caprichosa, X es una película bastante agradable visualmente. La noche de Sídney está atractivamente fotografiada, además de contar con un par de apuntes que dan un poco más de empaque al mediocre conjunto.

El director se permite un gran detalle en ese plano de las ricas mujeres cruzando las piernas en una de las primeras secuencias del film, y aprovecha las cualidades artísticas de Viva Bianca para el orgasmo fingido en el sofá del lujoso piso de uno de sus "clientes". Muy poca cosa, sin embargo, que se evapora al cabo de los 90 minutos de duración de esta exploitation australiana.