Cuenta el Mabinogion, un libro de textos celtas de origen medieval, que las hadas o “Tuatha de Dannan” hijos de la diosa Dana, llegaron a Irlanda y a una parte de Bretaña donde tuvieron que luchar contra los habitantes originales por la posesión de la tierra.

Tras librar diversas batallas -una de ellas protagonizada nada menos que por los árboles del lugar- los hijos de la diosa Dana pudieron al fin establecerse.

Todo habría marchado muy bien si los mortales no hubiéramos aparecido en escena, cuenta Margaret Murray antropóloga, arqueóloga y egiptóloga. Nuestro hierro, más poderoso que su bronce logró arrinconarlas y eventualmente desvanecerlas.

Ropa de hadas

Pero antes de que esto sucediera, nos dice Murray, hubo un tiempo en que el pueblo feérico convivió pacíficamente con la humanidad.

Las hadas eran entonces muy distintas a las que se pueden ver en los cuentos infantiles. Eran diferentes incluso a las hadas de Sueño de una noche de verano. Para empezar tenían una estatura normal y desde luego que no tenían ni alas ni varitas de virtud con una estrella en la punta.

Eran un pueblo conformado tanto por hombres como por mujeres. Sus vestidos, en caso de no pertenecer a la nobleza, solían ser azules, verdes o rojos. El atuendo de las hadas nobles en cambio, era de un blanco tan prístino que llegaba a asombrar.

Amor de hada

En general tanto los testimonios como la literatura de la época coinciden en describir a estos seres como personas generosamente agraciadas. De ahí los frecuentes enamoramientos entre mortales y miembros del pueblo feérico.

Los textos del medioevo abundan en historias que ilustran estas candentes pasiones, porque las hadas, tanto del sexo masculino como del femenino, eran grandes amantes.

El mortal elegido -sólo siendo elegido se podía trabar relación con un hada- gozaba de los más intensos placeres carnales y de las más abundantes riquezas. Tal podía llegar a ser el deleite experimentado en el mundo feérico, que en caso de regresar, el elegido descubriría que ya nada le otorgaba satisfacción en el mundo humano.

Hijos de las hadas

Los hijos producto del amor entre hombres y hadas eran hasta cierto punto comunes señala la antropóloga.

En la literatura, entre otros muchos otros ejemplos, destaca el de Yonec, hijo de un caballero del reino feérico y de una mortal. Su origen superior lo predestinaba a ser un miembro de la mesa redonda.

Pero el mundo real no era muy diferente. Los reyes Plantagenet, soberanos de lo que ahora es la Gran Bretaña, se proclamaron como descendientes de un hada. Tener un antepasado feérico era motivo de orgullo y de estatus.

William Shakespeare y el Sueño de una noche de verano

Todo esto no habría sido posible si las hadas, como hoy en día se conciben, hubieran medido entre uno y diez centímetros. Campanita podría dar fe de ello, Peter Pan siempre prefirió a Wendy porque ¿cómo apasionarse por algo tan susceptible a ser pisoteado?

Si se busca al responsable de este “achicamiento” tanto metafórico como literal, nos dice Murray que todas las pistas guiarán hacia William Shakespeare. No fue sino hasta que el Sueño de una noche de verano alcanzó el éxito, que la gente comenzó a hablar de las hadas refiriéndose a ellas como “la gente pequeña”.

Y es que en la comedia de Shakespeare las hadas son en su mayoría tan pequeñas como la reina Mab, que vuela por los aires montada en el lomo de una mosca.

El autor sólo retrataba la mentalidad de su época y ya para el siglo XVI el pueblo feérico había dejado de tener el peso y la contundencia de antaño. La diosa Dana declinaba, y junto con ella, nos hace ver la antropóloga, la reputación de sus hijos.