Los medios de comunicación anuncian a bombo y platillo que “las curvas vuelven”. Pero lo cierto es que nunca se han ido, que siempre han estado en el imaginario colectivo masculino. Si acaso, han sido denostadas en el mundo de la moda en estas últimas décadas, donde se ha fomentado un tipo de silueta femenina hiperdelgada y de complexión andrógina. Pero parecemos obviar un hecho claro, y es que esta industria ha sido tradicionalmente gestionada por hombres homosexuales, que no tiene ningún interés sexual por la mujer.

Además, se le añade otro componente social en Occidente, el inicio en la “Era de la opulencia”. El cubrimiento, prácticamente generalizado, de las necesidades básicas hizo que la generosidad de formas no fuera un rasgo de estatus y riqueza. Al contrario, ahora los pobres engordaban por la ingesta de productos muy procesados y baratos.

¿Por qué a los hombres les atraen las curvas femeninas?

Pues por una razón muy simplista y cruda, pero no por ello, menos verdadera; los hombre buscan mujeres sanas para aparearse.

Y el mejor indicativo de que esto sea así es la comprobación cercana y directa, de la que las mujeres cumplan ciertos requisitos físicos.

Los seres humanos tenemos pocas diferencias de dimorfismo sexual entre géneros, esto es, variaciones significativas entre el tamaño de las hembras y machos, como ocurre en otras especies inferiores. Por lo que la mayor diferencia entre géneros se basa en la distribución de grasa en determinadas zonas del cuerpo como el pecho, caderas y abdomen, mucho más acusada entre las mujeres.

Esta particularidad femenina responde a cómo biológicamente las hembras humanas se adaptan para sobrevivir al medio.

Las mujeres, cuyos cuerpos están diseñados para la gestación de las crías, tienen que aprovisionarse de energía y calor para futuras épocas de carestía (invierno, hambrunas), por lo que necesitan acumular grasa. Su estrategia de supervivencia se basa en la resistencia, mientras que la de los hombres es la fuerza. Para fomentarla, los hombres, al revés de las mujeres, necesitan deshacerse de cierta grasa para definir mejor sus músculos y hacerlos más operativos.

Esta realidad evolutiva conformará una divergencia de siluetas. Las mujeres se caracterizan por las redondeces y la suavidad de las formas, y los hombres por las aristas de un cuerpo con músculos y vascularizado.

Antropología del deseo sexual

Para que los hombres y las mujeres nos reproduzcamos y perpetuemos la especie, debemos contar el incentivo del placer que nos produce la actividad sexual.

Y ahí entran también otros factores psicológicos y subjetivos, como los atributos sexuales femeninos que fomentan el deseo, y que son recurrentes desde que el hombre es hombre. Basta retrotraerse la historia del arte y observar cómo se plasmaba a la mujer, idealizada, entrada en carnes. Incluso en sociedades indígenas de hoy en día, retoman rituales de magia simpática (lo similar atrae lo similar) de raíces prehistóricas, al esculpir figuras femeninas esteatopígicas femeninas.

Psicobiología de las curvas femeninas

Psicobiológicamente, el hombres se siente atraído con la silueta femenina tipo “reloj de arena”, indicativo de fecundidad y salud, y por lo tanto, de atractivo sexual. Para que esta morfología se cumpla, la proporción de la cintura con respecto a las caderas y el busto debe ser de 15 a 20 cms. menor.

La cintura estrecha indica que la hembra es núbil (no ha tenido hijos), o que ha tenido pocas crías. Dicho otra manera, que la hembra es joven y que por lo tanto, tiene más posibilidades en el éxito de la gestación y parto.

También aporta información sobre la salud genética de la hembra. Las grasas acumuladas exclusivamente en la cintura, a modo androgenético, son nocivas para la salud, ya que éstas se filtran por el intersticio de las vísceras, pudiendo producir un colapso. Los lípidos, por el contrario, acumulados en las caderas, muslos y glúteos, son beneficiosos ya que son reservas de energía fácilmente metabolizables en momento de necesidad.

Los pechos femeninos son, también, un puntal en la silueta de “reloj de arena”, y por ende, en la fijación sexual masculina.

El porqué del atractivo de los senos, ha suscitado mucha controversia entre los antropólogos y biólogos, ya que los pechos no son imprescindibles para la supervivencia. Y es que las hembras humanas son los únicos mamíferos que mantienen las glándulas mamarias desarrolladas en todas las etapas de su vida, al contrario que las otras especies, que sólo los despliegan en etapas de lactancia.

Por lo visto, el interés sexual por los senos surge como sustitutivo del verdadero atributo sexual por antonomasia, las nalgas. Y esto ocurrió cuando los australopithecus se hicieron bípedos en las sabanas de Olduvai, Tanzania. La postura erecta hacen menos visibles las nalgas, por lo que las hembras tuvieron que buscar, otro recurso evolutivo para indicar la disponibilidad sexual; los pechos.