A menudo solemos ver a deportistas de élite que reaparecen sobre el terreno de juego tras una grave lesión. Su tiempo de recuperación suele ser notablemente inferior al del resto de los comunes. Esto se debe a que lógicamente y dada su profesión, pueden destinar las 24 horas del día a subsanar el daño, además de poder disponer de más recursos (dinero, profesionales especializados, máquinas de gimnasio adecuadas y tecnología) que facilitan el proceso. No obstante, todo el mundo puede igualarlos si se lo propone. Tan sólo hace falta una gran dedicación al apartado físico y sobre todo, una correcta disposición psicológica para hacerlo.

Factores físicos

Lo primero que se ha de hacer tras sufrir una lesión es acudir a un buen especialista. Traumatólogos y fisioterapeutas son la clave para dirigir el proceso de recuperación y marcar las pautas de frecuencia e intensidad de los ejercicios que nos ayudarán a regresar a la práctica deportiva. Cuanto antes nos pongamos en sus manos, antes mejoraremos. Los tratamientos con masajes, hielo o calor, además de la natación son los más efectivos. Dentro del agua, contamos con el factor de menor gravedad. Al pesar el cuerpo menos, uno se siente más cómodo a la hora de realizar los ejercicios a la par que estamos enviando una de las señales más potentes a nuestro cerebro, la visualización y experiencia real de poder realizar de nuevo esa acción o movimiento.

La toma de determinadas medicaciones que estén supervisadas por un médico también juegan un papel importante en estas primeras tomas de contacto, eliminando posibles molestias que pudieran activar uno de los peores enemigos: el miedo.

Además, en este período de recuperación, habrá que vigilar la dieta e intentar compensar la falta de ejercicio con la práctica de algún otro deporte en el que no intervenga la parte afectada para no perder ni el hábito ni la condición física alcanzada hasta la fecha. En este sentido, es muy importante que el deportista sienta que no está retrocediendo o estancado, sino que con la práctica de otras disciplinas, se sienta activo en su proceso de recuperación.

Factores psicológicos

Como en todos los aspectos de la vida, uno de los factores principales para luchar contra el anquilosamiento es la motivación. Como su propio significado etimológico indica, es la causa del movimiento, la chispa del motor que hace posible la combustión y el inicio de una acción. Cuando uno realmente se propone llegar a la absoluta recuperación, ha de tener un objetivo bien definido. Si verdaderamente anhela lograrlo, todo el organismo se concentrará en ese fin, acelerando el propio proceso. No importa cuán duros sean los primeros ejercicios, dado que con la repetición de los mismos, éstos se tornan cada vez más factibles. Dicha repetición de ejercicios activa otro de los componentes clave: la visualización.

Es conveniente que ésta se practique a nivel mental antes de comenzar con los primeros ejercicios. Imaginar que se pueden realizar determinados movimientos mejorará la futura práctica de los mismos. Una vez se pueda utilizar la articulación lesionada, la visualización real de nuestros movimientos, bien sea dentro del agua o fuera de ella, aunque sea con menor intensidad, generará ese combustible necesario para que el motor de la motivación siga generando energía.

Por último, el apoyo emocional de la gente que rodea al deportista es otro factor decisivo. En ocasiones, el cambio de rutina y la falta de ejercicio en sí pueden agriar el carácter a más de uno, siendo sus más allegados los que lo padecen. Concederle un grado de comprensión y animarlo en su proceso de vuelta al deporte son potentes aliados del organismo.

Algunos casos conocidos

El jugador del F.C. Barcelona, David Villa, es el ejemplo más reciente. Tras una lesión de 8 meses, marcó un gol en partido de liga el día de su regreso. Como él, otro ejemplo es su compañero de equipo Abidal, que se ha vuelto a vestir de corto tras superar un cáncer y trasplante de hígado. El argentino Martín Palermo hizo lo propio tras la rotura del ligamento cruzado anterior de su pierna derecha. Tenistas de la talla de Rafa Nadal y ciclistas, como Lance Armstrong, son figuras que nos pueden servir como pruebas de que el cuerpo humano es altamente reparable.