La voluntad es una actitud en la que destaca la predisposición y la motivación para llevar a buen puerto un objetivo predeterminado; un objetivo, no obstante, que no ha de ser necesariamente atractivo, de ahí que en muchas ocasiones se aluda a la fuerza de voluntad. Lo que sí suele ser, bien sea a corto o a largo plazo y en algún sentido u otro, es un objetivo que a la postre ha de revertir positivamente en quien pone el empeño en conseguirlo. La voluntad reviste de importancia todo aquello que nos proponemos, o como decía el filósofo Séneca: “La voluntad es la que da valor a las cosas pequeñas".

Voluntad y motivación

La voluntad tiene su poder de activación para alcanzar una meta concreta en la motivación. En este sentido la voluntad se constituye en torno a un objetivo primordial al que se le incorporan una serie cuestiones que actúan de acicate, que lo refuerzan e impelen hacia la consecución de algún logro en particular. De este poder ya se hacía eco Albert Einstein cuando dijo: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”.

El esfuerzo que se invierte, y que a veces es ingrato, se ha de ver recompensado por la satisfacción de ver el objetivo cumplido. Sin embargo no siempre la voluntad es suficiente para lograr cualquier cosa que uno se proponga.

Cuando la voluntad se rompe

La voluntad –por sí sola– no siempre basta para alcanzar ciertas metas, aunque por otra parte, las metas alcanzadas siempre contendrán un componente de voluntad.

Hay situaciones donde la voluntad resulta insuficiente para hacer frente a ciertas adversidades. Además de la gravedad de unas u otras situaciones, hay que tener en cuenta otro elemento que tiene que ver con la personalidad de cada individuo, lo que hace que la voluntad no sea un aspecto rígido e invariable en cuanto a su aplicación; la voluntad puede ser una virtud muy válida y aprovechable para unos y menos útil para otros. Pero más allá de esta realidad, con la que también hay que contar, hay circunstancias en la vida donde el individuo se ve superado y la voluntad se quiebra.

En este punto se pueden destacar las adversidades, generalmente de carácter temporal, como la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, el desamor u otras eventualidades más o menos trágicas. Son situaciones que arrasan con la voluntad de seguir adelante y creer que un futuro sea posible, pero que más pronto o más tarde se incorporan al bagaje individual de cada uno para regresar de nuevo todo a la normalidad. A esta capacidad para resistir y salir adelante se la conoce también como resiliencia.

Cuando la voluntad no es suficiente

El problema aparece cuando estas aparentes eventualidades no obedecen a un factor temporal y se convierten en situaciones crónicas. También en este aspecto tiene que ver –y mucho– la personalidad y los recursos de cada individuo.

Por otra parte, existen situaciones donde la voluntad no puede ejercer como reactivo eficaz ante una adversidad; aunque en este caso, más que de adversidad, convendría hablar en otros términos. Adicciones o hechos traumáticos, entre otros, pertenecerían a estas nuevas situaciones que, en el segundo caso, por lo común, habría que buscar sus raíces en la infancia.

Se trata de un problema con raíces que pueden ser muy profundas y complejas, con secuelas muy arraigadas que, aún con el reconocimiento del problema, requieren de algo más que la mera voluntad para superarlos.

La voluntad es, en definitiva, una característica de la personalidad con connotaciones mayoritariamente positivas. La voluntad parte de la base de creer en la capacidad, en la fuerza y en la necesidad de alcanzar un objetivo concreto, lo que conlleva poseer un autoconcepto positivo. Autoestima, tenacidad o perseverancia son términos que suelen estar asociados a la voluntad.

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