El 28 de octubre se ha descargado en las carteleras Eva (Escándalo Films), una película decididamente atípica dentro de la clásica oferta cinematográfica española.

Eva no viene precedida de una agobiante campaña promocional pero en determinados círculos minoritarios hace tiempo que se la esperaba.

¿Ciencia ficción made in Spain en un mercado copado por las comedietas románticas, los dramas sociales y el revisionismo histórico?... la novedad, al menos, merece el interés suscitado y las primeras sensaciones son las de estar ante algo diferente y a la vez distinto de lo, a priori, esperado.

¿Eva, película steampunk?

A riesgo de hacerles un flaco favor a los responsables de marketing, vaya por delante que en Eva la ciencia ficción es únicamente una careta y su valor tiene mucho más que ver con lo que tiene de retorno al cine clásico; al cine de antes de que los efectos especiales comenzasen a explotar por todas partes y, de hecho, su visionado depara sensaciones más cercanas a Andrei Tarkovski o a la Lolita de Kubrick que al Blade Runner de Ridley Scott.

Hay un montón de autómatas, por supuesto, y también un inolvidable gato robótico pero Eva es otra cosa; casi una tragedia griega disfrazada de steampunk donde la habitual ambientación victoriana se traslada aquí a algún momento indeterminado que por el vestuario, el atrezzo y el Saab 900 invitan a pensar, quizás, en finales de los 70.

Y habrá quien dirá que la ambientación resulta cutre o, al menos, anacrónica; o que no se trata nada más que de un forzado recurso para reducir costes de producción pero, vamos a ver, en la era de la obsolescencia programada quién se atreve a negar que el steampunk tiene innumerables argumentos a favor para convertirse en el (sub)género de moda.

Steampunk, por tanto, que huye del aturdimiento de los efectos especiales, la acción trepidante y el armamento tecnológico porque lo más agresivo que hay en Eva es una lima de carpintero clavándose sobre una viga de madera.

Ficción especulativa más que ciencia ficción puesto que no se trata de cazar replicantes sino de anticipar y reflexionar sobre los que vendrán mañana.

Cóctel para cinéfilos

Cóctel elaborado por cineastas y no por programadores informáticos donde los efectos digitales son los hielos que lo hacen aún más apetecible y refrescante pero dosificados en su justa medida para que no lleguen a aguar el resultado final de este tipo de mezclas.

Eva es entonces algo así como un whisky añejo aderezado con unas cuantas gotas de bebida robóticamente energética. Una película de tragos lentos donde todo sucede paso a paso y de manera terriblemente irremediable. No hay efectismos impostados; el director no busca sorprender al espectador sino que más bien lo agarra de la mano y lo arrastra poco a poco hacia el borde del precipicio para que no le quede más remedio que mirar lo que ya sabe que hay en el fondo.

El pasado de los personajes programa su presente y va dibujando un futuro inevitable del que el espectador va siendo partícipe en tiempo real. Una agobiante y cerrada atmósfera de tragedia griega (rodada en las montañas suizas) y matizada de abundantes guiños y referencias tanto cinematográficas como literarias.

Guión (Sergi Belbel, Martí Roca, Cristina Clemente y Aintza Serra), dirección (Kike Maíllo), fotografía (Arnau Valls Colomer) y banda sonora (Sacha y Evgueni Galperine) perfectamente coordinados para deparar una reflexión filosófica-transhumanista digna de Philip K. Dick, con pinceladas de laboratorio de doctor Frankestein y el perturbador efecto añadido de la tensión sexual y dialéctica de la eterna Lolita.

Una referencia recomendable para el currículo de cualquier escuela de cine; de aquel cine en el que ningún plano era gratuito y todos contribuían decisivamente a la construcción del drama. Un cine donde los silencios y las dobles lecturas de los diálogos tienen a menudo más importancia que las palabras mismas a través de un reparto (Daniel Brühl, Marta Etura, Alberto Ammann, Claudia Vega, Lluis Homar —el “problema” es que, de ahora en adelante, cada vez que queramos imaginar el rostro de un autómata irremediablemente veremos su cara—y Anne Canovas) intenso pero contenido donde la kinesia se impone al lenguaje mismo en una propuesta, probablemente premeditada, de consunción de la forma con el fondo acorde con la posible moraleja: podremos enseñar a hablar a los autómatas pero las emociones tal vez sean algo imposible de reducir a una aplicación cibernética.

¿Qué ves cuándo cierras los ojos?

Quizás hora y media de cine de factura exquisita dirigido al cerebro antes que al sistema nervioso.

(El metraje es de 94 minutos pero preferimos obviar la escena onírica que cierra la película y que tal vez la dulcifique pero, a la vez, confunde y distorsiona la lógica casi matemática de un final cerrado cuya contundencia radica precisamente en su sencillez)

Según la leyenda, antes de morir Kubrick trabajaba en su propia ficción robótica de modo que para finalizar, una intuición: si su vuelta a la vida dependiese de ello, probablemente el bueno de Stanley firmaría antes esta Eva que la Inteligencia Artificial con la que Spielberg quiso homenajearlo.