El concepto virtud hace referencia a una serie de cualidades positivas a través de las cuales se producen ciertos efectos. La virtud es susceptible de ser interpretada bajo el prisma del valor, la fuerza, el poder de obrar, la eficacia de una acción o bien de la integridad de ánimo. También puede distinguirse en la virtud una vertiente intelectual, relacionada con la inteligencia, y otra vertiente moral, que se relacionaría con el bien.

Virtudes intelectuales y morales

Las virtudes vinculadas con la inteligencia tienen que ver con el aprendizaje, la reflexión y la búsqueda del conocimiento. Respecto a las virtudes intelectuales hay quien no las observa como virtudes propiamente dichas, pues si bien pueden constituir buenas cualidades, no inciden en un perfeccionamiento de la persona desde el punto de vista moral. Es decir; proporcionan el conocimiento, pero sin garantizar el buen uso del mismo.

En cuanto a las virtudes morales, como su propio nombre indica, se hace referencia a un comportamiento adecuado a una moral adscrita al bien y conforme a la ética. Entre las virtudes morales hay que hablar de la justicia, la fortaleza, la prudencia y la templanza, que son las virtudes cardinales, y la fe, la esperanza y la caridad, que son las virtudes teologales.

Virtudes cardinales

Se considera que las virtudes cardinales predisponen al ser humano a llevar una vida recta y conforme al buen juicio y a obrar correctamente. Se dice que la repetición de los actos crea el hábito, y cuando estos están encaminados al bien reciben el nombre de virtudes, mientras que en el caso contrario estaríamos hablando de vicios. Las virtudes cardinales son cuatro: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La prudencia

La prudencia se basa en el buen juicio; en actuar reflexivamente y con precaución para discernir el bien y elegir los medios adecuados para acometer una acción evitando todo posible daño. En la prudencia se halla el valor para adquirir conciencia de las situaciones que se deben enfrentar en la vida y actuar desde la calma y la reflexión para adoptar, finalmente, la decisión más acertada.

La justicia

Al amparo de la prudencia es como se puede administrar la justicia que, básicamente, consiste en darle a cada cual lo que le corresponde. No se entiende la justicia sin que la misericordia, la caridad y el amor formen parte de ella. La justicia es el pilar básico sobre el que se cimenta la existencia y la convivencia en todas las sociedades humanas.

La fortaleza

La fortaleza es equiparable a la perseverancia, aunque con algunos atributos añadidos. En la filosofía griega se enfatiza la fuerza ante las adversidades de la vida; lo que en la actualidad podríamos intepretar como resiliencia. La virtud de la fortaleza se basa en el valor y la constancia para perseverar en la consecución del bien superando todos los obstáculos.

La templanza

La templanza es una virtud mediante la cual es posible adquirir la capacitación y el control para encauzar de un modo correcto nuestras tendencias. La templanza sería equiparable a la sobriedad y alude a la propia ética. No es estática, es decir, sujeta exclusivamente a una serie de reglas, sino que forma parte del dinamismo interno de la persona.

Virtudes teologales: fe, esperanza y caridad

Se consideran virtudes teologales, dentro de lo que es la teología católica, aquellos hábitos infundidos por Dios en la inteligencia y en la voluntad del ser humano. Estas virtudes pretenden ser la guía irrenunciable para que el hombre ordene sus acciones y vayan dirigidas conforme a los preceptos de Dios. Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad.

La fe es la virtud por la que se llega a Dios y se cree en todo lo que dejó dicho a través de la Biblia, así como lo revelado por la Iglesia a través de los documentos canónicos. La fe es una virtud que no admite debate ni discusión; simplemente se acepta.

La esperanza es la virtud mediante la que el creyente aspira a alcanzar el reino de los cielos y todo lo que ello comporta, como la vida eterna, la paz o la felicidad. Como dijo Santo Tomás de Aquino: “La esperanza es una virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios”.

La caridad es la virtud basada en el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos. Se la considera la reina de las virtudes y en palabras de San Pablo: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta”.

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