Córdoba, ciudad de los sentidos. Calle Buen Pastor, pintada de sol. Llego a un antiguo convento en el que se hospedó San Juan de la Cruz. Hoy es una residencia de ancianos. Franqueo una pesada puerta de cristal. "Buenas tardes". "Hola". Me acerco a un mostrador presidido por una telefonista con sonrisa de media luna. "Por favor, Enriqueta Arcos... ¿dónde andará?" "Enriqueta... ¡qué encanto de mujer!. Creo que está en la sala de actividades".

Atravieso un patio donde el verde de las macetas juega con el ocre de las columnas. Asomo la cabeza en la sala donde la animadora Ana está leyendo con énfasis el periódico. Poniendo todo su empeño en traer al presente a su grupito de abuelos. "Hola, Enriqueta". El rostro de mi amiga se ilumina con una sonrisa, ancha y franca. "Hola, ¿cómo tú por aquí?"

Empujo su silla de ruedas y salimos al segundo patio, el de la pared de enredaderas y toldo andaluz. "¿Cómo estás?" "Bien... ¿Y tú?" Ella nunca se queja, de nada: ha pasado media vida de pie, atendiendo a nueve hijos y ahora vive atada a una silla de ruedas. En los años que llevo visitándola, no le he escuchado jamás una queja, ni un reproche.

Los veranos de su niñez, en Puente Genil

La conversación nos lleva, como siempre, a su infancia, la época más dichosa de su vida. Me cuenta, una vez más, cómo su padre tocaba el violín por las noches en su casa de campo (el lagar "Santa Enriqueta") y cómo los jornaleros dejaban su cena a un lado para escucharlo. Músico aficionado, José Arcos Cosano compuso un pasodoble dedicado a su hija: "Enriquetilla", el más conocido e interpretado de la Semana Santa de Puente Genil.

Con tal motivo, recientemente, seis componentes de la Corporación Bíblica "La Resurrección de Lázaro" hicieron un pequeño homenaje a esta mujer humilde y bondadosa que esconde su alma de artista tras una sonrisa.

Pocos saben que Enriqueta, en realidad, es una pintora exquisita (autodidacta) y una poeta que toca el corazón con la misma delicadeza con la que su padre interpretaba a Liszt en la viña: "Yo voy a ti infinidad de veces./ Paseo por tus calles/ y contemplo tu río./ Tú no puedes notarlo/, ni sabes cuándo llego/ porque voy con el alma/,amado pueblo mío (...) Arrancada a mi cuerpo/ sin contorno, sin nada/ tan sólo sentimiento/ y un montón de vivencias/ como una llamarada. /... ese rumor del río/ ese sonar del agua/ y esa luz de cristal iluminando/ tus torres levantadas... Es bonito pensar (...) que mi cuerpo, sin mí/ se haga ceniza/ que iría a mezclarse con tu tierra blanda/ y se fundan mis ojos con tu luz/ tan transparente y clara./ Es bonito pensar que esto sea así/ porque pensando esto se calma mi nostalgia/ que así te llevo yo/ grabado como a fuego/ aquí en mi alma" (Nostalgia por mi pueblo).

Al releerle este poema, sus ojos se humedecen y me pregunta, con mirada de niña: "¿Eso lo he escrito yo?" Para animarnos, recitamos al unísono el poema más famoso de nuestro tío, Manuel Pérez Carrascosa ("P´a ver prusesiones güenas y con grasia/ vente, chache, conmigo a La Puente/ p´a Semana Santa...").

Cambio el tercio y le pregunto, una vez más, de dónde diantres sacaba tiempo para pintar con 9 hijos, un marido de los de antes y una gata alrededor. Ella me contesta sonriente: "Había noches que no dormía. Me quedaba de pie, planchando... Otras, me quedaba leyendo alguna novela, lo necesitaba más que dormir". "Pero, Enriqueta, dime, ¿de dónde sacabas las fuerzas?" Ella me contesta con mansedumbre: "Dios da a las madres una energía especial".

Pintora autodidacta y sin modelos

Se educó como una "niña bien". Hija única de un perito agrícola, usaba guantes, tocaba el piano y un criado la escoltaba al colegio. Un verano recibió unas clases de dibujo, pero sólo hizo bocetos de animales. Con el tiempo, empuñó los pinceles y creó paisajes nacidos de su imaginación, con troncos desnudos bañados de un sol de fuego, caminos de tierra y ríos de plata. Su pintura rezuma poesía en estado puro y transmite serenidad y luz.

De puro sencilla, Enriqueta transformaba objetos cotidianos en obras de arte. Esta ama de casa decoraba botes de Nescafé o botellitas de vidrio con flores. Flores hermosas, hechas con pinceladas sueltas y vibrantes. 

En verdad que todas sus obras destilan "música callada". Emanan dulzura, alegría, paz. La misma paz que se respira al charlar con ella en un patio andaluz. El mismo donde, hace siglos, paseó otro poeta de "callada música", San Juan de la Cruz.