La revista Times, informó que el 13 de julio de 1993, los alumnos varones del internado escolar de San Kizito, cerca de Nairobi en Kenya, organizaron una huelga protestando por el precio cobrado en la escuela.

Cuando sus compañeras mujeres se negaron a tomar parte en la huelga, los varones las atacaron. 271 jovencitas fueron atacadas, y 71 niñas fueron violadas y 19 fueron asesinadas a golpes. Los muchachos tenían entre 14 y 18 años de edad.

El director de la escuela, al deplorar las muertes manifestó: “Los muchachos jamás quisieron hacer daño a las niñas, sólo querían violarlas”.

Es difícil en estas breves líneas describir todo el horror de la situación, sin embargo, el comentario del director de la escuela señala una actitud más o menos típica frente a la violación, y que está —lamentablemente—, extendida en el mundo, especialmente en situaciones de disturbios sociales y violencia política: la validación social de la violación.

Un problema social e ideológico

Robert Dejarlais, Leo Eisenberg, Byron Good y Arthur Kleinman, en el libro Salud mental en el mundo, publicado por la Organización Panamericana de la Salud, sostienen que el estupro aparece como “una prerrogativa masculina, un acto de violencia en que se ve a las mujeres no como víctimas, sino como objetos. Se considera a las mujeres como una forma de propiedad, de suerte que la cólera y la frustración pueden descargarse en sus cuerpos con impunidad, o pueden servir de instrumentos para la comisión de ofensas mezquinas de los hombres contra los hombres”.

El abuso sexual a mujeres pasado y presente

El problema no es nuevo. Desde hace muchos siglos a la mujer se la considera un ser inferior que está al servicio del varón, y eso, sin duda, incluye la satisfacción sexual del sexo masculino, aún con violencia.

En tiempos de guerra se han dado atrocidades que aún conmueven. Las fuerzas japonesas en la Segunda Guerra Mundial secuestraron a miles de mujeres para convertirlas en “servidoras de sexo”, un eufemismo para esconder la prostitución forzada y esclavizante a la que fueron sometidas las víctimas.

El otro hecho es la “trata de blancas” que se está llevando a cabo hoy con niñas y mujeres provenientes de paises del ex bloque sovietico y que están llenando los burdeles de Europa.

Miles de mujeres orientales son vendidas y secuestradas para forzarlas a prostituirse en el llamado “turismo del sexo” en países como Tailandia, por ejemplo.

En Africa, América Latina y Oceanía la situación no es mejor.

La ideología de fondo en la violación de mujeres

La mujer, al ser considerada un sub-humano al servicio del varón corre el riesgo de vivir una vida de oprobio y abuso, simplemente por el hecho de haber nacido mujer. Un objeto sin otro valor.

Los autores antes mencionados, señalan que en algunos países las mujeres violadas son forzadas a casarse con el culpable a fin de legitimar la acción y borrar el estigma de la llamada “mercancía dañada”.

El problema tiene ribetes de epidemia moral. Lo que más sorprende es que en círculos cristianos, personas que supuestamente son moralmente rectas de un modo u otro amparan dichas conductas con comentarios tales como: “Tal vez se lo habrá buscado”, “es que usa ropa muy provocativa", “es que las necesidades sexuales del hombre son diferentes”, etc.

Dichos comentarios, lejos de llamar a dicha conducta por su nombre, es decir, una acción deleznable, simplemente, le dan un marco de justificación a dicho acto que lejos de denostar al agresor, terminan amparándolo.

El agresor

Los agresores sexuales suelen ser personas que normalmente son conocidos por las víctimas y a menudo, son parte de su núcleo familiar.

A diferencia de lo que se cree, dichas personas no siempre aparecen ante los demás con una personalidad perturbada o como individuos socialmente inaptos, por el contrario, son personas que aparecen como gente normal. Eso hace más difícil tipificar su conducta como lo que es, una acción repudiable.

Cultura de amparo

Por otro lado, existe toda una cultura de agresión sexual amparada por chistes de doble sentido y bromas en donde se presenta la violación como un hecho cotidiano escondido en risas y chanzas que van creando la sensación de que se está ante una práctica, no sólo lícita, sino hasta deseable: “La primera vez, es difícil, pero a la mujer termina gustándole”; “en el fondo todas las mujeres lo desean, el problema es que no se atreven a expresarlo”.

Dos botones de muestra de frases dichas por humoristas que, evidentemente, tienen en eco en su audiencia, por eso se atreven a decirlo.

La gran necesidad

Se necesita una cultura no sólo de igualdad de género, sino de respeto.

Por otro lado, es preciso una educación sexual que patrocine el concepto que la vida sexual es una relación que supone concenso, voluntad y libertad, aún en el matrimonio, de otro modo se convierte en violación.

Cuando la sexualidad es forzada pierde uno de los componentes esenciales de su expresión sana: la manifestación libre y sin coerción de los afectos.