
- Estación de Lubyanka tras los atentados - Wikimedia
“Aquel día estaba yendo a la estación de tren para ir a la universidad cuando me llamó mi madre y me dijo que habían ocurrido dos explosiones en el metro. Volví a casa y mandé sms a todos mis amigos y familiares que podrían estar allí. Respondieron. Encendí la televisión y sólo 40-50 minutos después de la primera bomba nuestros canales interrumpieron la emisión para hablar de él".
"Es por esto que mucha gente no lo sabía y continuaron yendo al trabajo cuando el centro de la ciudad ya estaba bloqueado. Hubo muchos taxis que ofrecieron a la gente precios demasiado altos. Pero hay muchos tipos de personas (algunos estudiantes me han dicho que aquel día los recogieron de la universidad gratis). Después supe que una de mis primas estaba en la estación cuando todo ocurrió".
"Ahora ella está bien, pero psicológicamente dañada, como todos los testigos. Es realmente terrible porque ves que podrías haber sido tú o tus amigos (muchos estudiantes usan esta línea)”.
Éstas son las palabras de Anna Leonova. Anna tiene 21 años y estudia periodismo en la Universidad Estatal de Moscú. El 29 de marzo podría haber muerto. Otras 40 personas no tuvieron su misma suerte.
Primera terrorista suicida
El 29 de marzo estaba llamado a ser un día normal en Moscú. Pero a las 7:56 comenzó la pesadilla. Marian Sharipova (28 años), de Daguestán, casada con el rebelde Magomedali Vagapov, acababa la vida una treintena de personas en la estación de Lubyanka de Moscú, justo debajo de las oficinas del FSB (la antigua KGB).
Como dice Anna, la televisión rusa siguió emitiendo como si nada hubiera pasado, el metro siguió funcionando.
Segunda terrorista suicida
Unos 40 minutos después, la segunda bomba hizo explosión (Park Kultury). Esta vez se trataba de una adolescente de 17 años: Dzhennet Abdurakhmanova, también de Daguestán.
A los 16 años conoció por Internet al líder islamista Umalat Magomedov. Se casaron. Y el año pasado las fuerzas de seguridad rusa la convirtieron en una viuda más del Cáucaso Norte.
Un total de 40 muertos y unos 80 heridos.
Primera Guerra Chechena
Pero esas víctimas hay que sumarla a una larga lista que empieza en 1994 con la Primera Guerra Chechena. Aprovechando la caída de la URSS, los chechenos decidieron independizarse. En diciembre de 1994, las tropas rusas invadieron Chechenia. Los muertos civiles se contaban por miles.
Aunque lo peor estaba por llegar. En 1999, el mandato de Yeltsin llegaba a su fin. Había que encontrar un sustituto. En septiembre, dos bloques de apartamentos volaron en Moscú. Más de 200 personas murieron. Hay quien dice que fueron los terroristas chechenos y hay quien culpa a los servicios secretos rusos.
Segunda Guerra Chechena
Sea quien fuere, la Segunda Guerra Chechena había comenzado y con ella la ascensión de Putin, el gris Primer Ministro que en la Nochevieja de aquel año se convertiría en el presidente de Rusia. La semilla estaba plantada.
Los secuestros, las ejecuciones sin juicio, las violaciones, el saqueo se convirtieron en el pan nuestro de cada día. Todos los chechenos conocen directamente la violencia. Muchos han perdido sus casas, a sus hijos, maridos, hermanos, etc. Mientras, el mundo ha mirado para otro lado.
El año pasado, el actual presidente Medvedev anunció el fin del conflicto. Nada más lejos de la realidad. El conflicto se ha extendido. Ingushetia y Daguestán son hoy los focos principales de violencia. Una violencia que parece no tener fin.
Atentados
Los rusos creyeron a su presidente. Y se olvidaron del teatro Dubrovka (entre el 23 y el 26 de octubre de 2002, los chechenos tomaron el teatro; el ejército ruso gaseó el edificio y acabó con la vida de 129 rehenes y 41 rebeldes); del atentado que en 2004 mató a otras 40 personas en el metro de Moscú.
Y, sobre todo, se olvidaron de Beslán (Osetia del Norte). El 1 de septiembre de 2004, los niños de una de sus escuelas empezaban el curso escolar. Un grupo de rebeldes entró en su escuela y los hizo prisioneros. El 3 de septiembre, el ejército ruso decidió actuar. 331 personas murieron, más de la mitad eran niños.
Doku Umarov (el autoproclamado califa de la zona) había dicho unas semanas antes que “la zona de operaciones militares podría extenderse al territorio de Rusia… La guerra está llegando a sus ciudades”. Y la guerra llegó y conmocionó al mundo.
Cantera de suicidas
Umarov dice que tiene más Viudas Negras (los expertos creen que podría haber otros 21 suicidas, entrenadas en Turquía, dispuestos a atacar en Rusia). La reacción oficial es la de siempre: mano aún más dura. Violencia que engendra violencia hasta el infinito.
Y, mientras, en el metro de Moscú, tal y como nos cuenta Anna Leonova: “Hay todavía muchas flores y gente estando alrededor de la plaza donde hay como un monumento “hecho a mano” con una gigantesca pila de flores”.
