El observatorio de la violencia, con fecha ocho de abril del corriente año refiere que “en España el 1,2% de los hombres justifican la violencia de género en determinadas ocasiones.”

Lamentablemente, en Argentina no hay estadísticas a nivel nacional que revelen lo severo de la problemática, algunos entes extraoficiales dan cuenta de que de cada 10 mujeres 6 han vivido episodios violentos y de ese número se estima que 4 mujeres presentan una situación de violencia crónica.

Acerca de la violencia

La conducta violenta en sí, da cuenta de la necesidad de dominar al otro, tanto verbal como físicamente, la idea es someter, coaccionar a un otro.

La violencia expresa una situación de desequilibrio, desigualdad, en donde una de las partes ejerce el poder sobre el otro, utilizando la agresión.

Puede decirse que constituye una relación de desigualdad, cuya asimetría la marca alguien más fuerte que hace uso de su condición para someter a otro más débil.

Con respecto a las situaciones de violencia hacia la mujer, en reiteradas oportunidades se la justifica, debido a que desde la antigüedad, la sociedad colocaba a la mujer en una posición de inferioridad, no escapando a esta situación el sometimiento a través de la agresión.

Esta cuestión tiene que ver con el imaginario social instalado, es decir, la concepción machista del patriarcado, consideración en donde el hombre es visto como superior a la mujer.

El hombre como patriarca, como patrón, es dueño de su mujer, quedando habilitada la sumisión de la misma, hecho que en cierta forma es aceptado socialmente.

La pérdida de la autoestima

La mujer víctima de violencia posee un concepto desvalorizado de su ser. Esta visión se agudiza en cada episodio violento, por lo que paulatinamente la pérdida de la autoestima es mayor.

La violencia física va acompañada de la violencia verbal, con frases tendientes a desvalorizar a la mujer.

En distintas entrevistas realizadas a mujeres víctimas de violencia, surgen estos dichos: “no sirves para nada", "¿a dónde vas a ir si no sabes ni trabajar?", "¿quién te va a querer?”.

Los dichos y hechos conllevan, a que tanto la identidad como la autoestima de la mujer queden desdibujadas, se produce paulatinamente la anulación de la personalidad.

En casos crónicos, la personalidad de la víctima se "nihiliza", queda convertida en cosa, incapaz de reaccionar, como entrampada en una situación insostenible y sin salida.

Por otra parte, la mujer pierde con el tiempo su grupo de pertenencia y tiende a aislarse, sea por vergüenza frente a la situación o por apostar a que en algún momento la situación mágicamente va a cambiar.

La culpa y responsabilidad

La culpa es uno de los instrumentos más utilizados en estas situaciones, el hombre crea desde el discurso una situación en donde hace responsable a la mujer de sus reacciones. El resultado es que ella lo cree y acepta lo inaceptable, el golpe, la humillación, como algo que merece.

En alto número de casos, cuando la mujer golpeada concurre a realizar la denuncia, se encuentra frente a una nueva victimización y a resultas, una nueva situación de maltrato.

Revertir la situación se hace difícil porque es necesario implementar un tejido de sostén, el cual puede definirse como el trabajo interdisciplinario en donde distintos actores sociales acompañen y sostengan a la mujer, fundamentalmente la cuestión de su autoestima.

Muchas intervenciones dirigidas a revertir la situación, se quebrantan debido a la insistencia de su pareja, quien intenta convencerla de un cambio, la mujer vuelve y el circuito se reinicia.

La prevención de la violencia debe girar en torno a un real cambio, fomentando el trabajo en red, realizando campañas más específicas y, fundamentalmente, acompañando a la mujer víctima de violencia.