
- Pearl S. Buck - Geary Elementary Middel School
Kwei-lan, la protagonista de Viento del este, viento del oeste, descubre que hay una vida fuera de China, y tras experiencias familiares se da cuenta de que no es lo mismo ser mujer en occidente que en oriente.
Asombrada ante las cosas que capta a través de los ojos de su hermano, de su esposo y de su ilegítima cuñada, Kwei-lan vive en su interior los contrastes de ambas culturas, y se abre para ella un nuevo panorama de posibilidades y de conocimiento. Sin embargo, ella sabe de antemano que su modo de vida no cambiará nunca: primero por ser mujer, seguido por ser china y, por último, por ser hija de los Yang, una familia distinguida y apegada a las antiguas tradiciones.
En la historia de occidente existen historias similares, historias de mujeres que vivieron bajo el yugo machista de sus padres y de sus abuelos, y que crecieron con las enseñanzas sumisas de sus madres, obligadas a casarse con sus primos a temprana edad, sometidas a la educación tradicional religiosa sin posibilidad de leer los textos “prohibidos” impuestos por sus padres, y destinadas a ser madres y esposas sin oportunidad de desarrollo personal. Tal es el caso de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, de la periodista española Margarita Rivière o de todas las protagonistas chilenas de las historias de Isabel Allende, por mencionar algunas. Sin embargo, las formas de proceder son muy distintas entre los dos hemisferios, así como las deidades a las que hay que ofrecer y tener culto y el concepto de belleza exterior, que se refleja en la forma de arreglarse y vestirse.
Kwei-lan lleva una existencia monótona, una vida previamente escrita sin fallos ni apelaciones: casarse y “amar” a un hombre que ya estaba elegido antes de nacer, sin siquiera conocerlo y sin importar si se atraen o no, si son compatibles o no, si se aman o no, y a parte de todo, tener que soportar la idea de no ser la única esposa pues hay que compartir al marido con otras concubinas. Como por hecho "divino", a Kwei-lan le toca representar el mismo papel que otras mujeres orientales, como ser educada no para ella misma y su satisfacción personal, girar totalmente en torno al hombre y a sus gustos, es decir, saber como ser una buena mujer, una buena esposa y una buena madre; saber cocinar, tocar el arpa, maquillarse, caminar, cuidar de sus pies, cuidar de sus cejas; y finalmente, tener que hacer nacer a un hijo varón como primogénito o ser despreciada e ignorada por siempre.
Leer a Confucio, tomar el té, leer a Los Cuatro Libros y Los Cinco Clásicos, y no concebir jamás el deseo de cambiar – por el contrario – nacer y morir en el mismo lugar y mantenerse en sus tradiciones, son factores que han forjado a la cultura oriental tal y como es, y son precisamente los factores que le impiden a Kwei-lan ser feliz.
La novela invita a pensar en la duda, que como todo en la vida, cuando aparece el conocimiento de cosas distintas a las que se está acostumbrado, nace una inquietud, una cosquillita que no permite estar tranquilo. El lector descubrirá, junto con la protagonista, que la inquietud de sí se vive de manera muy distinta entre oriente y occidente. En occidente se tiene la posibilidad de aclarar dudas y de ahondar cada vez más en terrenos distintos hasta darse cuenta de que nunca puede saberse todo, pero al menos se puede hacer el intento. En cambio, en oriente se experimenta la vida con todas las restricciones que puedan existir, sean familiares, económicas, de credo, nacionalidad o cultura.
“Los tiempos han cambiado. Sin embargo, no podía doblegarme fácilmente a la idea de liberar mis pies de sus vendajes”. Pero los tiempos han cambiado. China ahora es una potencia económica, y las enseñanzas de oriente se han expandido a occidente. La cultura oriental se ha abierto un poco más, dando oportunidad de conocerla. Pero en el interior, las cosas siguen siendo muy distintas a occidente, y tener ojos azules o negros, marca una diferencia.
De la autora, Pearl S. Buck, se sabe que nació en Estados Unidos en 1892 y que fue llevada por sus padres a China cuando ella era muy pequeña, para poder realizar las misiones evangelizadoras de su religión presbiteriana. Regresó a su país a los 17 años para estudiar psicología y en el transcurso de su vida vivió dos matrimonios, múltiples viajes entre Asia y Estados Unidos y se dedicó a crear obras y fundaciones que unificaran las culturas oriental y occidental. De ahí ésta novela y las demás que, al final, la llevaron a ganar un premio Pullitzer y un premio Nobel.
