Los niños salvajes son chicos que han vivido apartados de la sociedad por un importante lapso de tiempo en su infancia. Se conocieron pocos casos, pero han sido muy estudiados por su interés sociológico, médico y lingüístico. El caso de Víctor de Aveyron es el más exhaustivamente analizado y el mejor registrado de todos los de este tipo.

Captura de Víctor de Aveyron

Víctor fue encontrado por tres cazadores, a finales de Septiembre de 1799. Lo hallaron desnudo, en los bosques de Caune, en el Languedoc francés, cerca de los Pirineos. Aparentaba unos doce años, y ya había sido avistado antes de su captura recogiendo bellotas o buscando tubérculos para alimentarse. En un principio, lo dejaron a cargo de una viuda. Al cabo de una semana, se escapó. Por las noches, luego de su fuga, se ocultaba.

Durante el día, el niño se acercaba a los pueblos aledaños. En uno de esos pueblos, del cantón de Saint Sernin, se introdujo en una casa deshabitada, donde lo volvieron a atrapar. Se lo vigiló durante varios días y, luego, se lo llevó al hospital de Saint-Afrique. Posteriormente fue trasladado a Rodez. Un ministro del gobierno francés ordenó que el niño viajara a París, donde quedó a cargo del médico Jean Marc Gaspard Itard.

Itard escribió dos informes sobre los intentos que realizó buscando educar a Víctor. El primero de estos informes es del año 1801, el segundo de 1806.

El mundo de la técnica busca domar a Víctor

El mundo en que vivimos es el mundo de la técnica. Este mundo no permite otras posibilidades de vida, obliga a desenvolverse dentro del ámbito técnico. En caso de no hacerlo, el riesgo es quedar apartado de la sociedad civilizada.

Víctor de Aveyron intenta ser insertado dentro de este mundo técnico, luego de toda una infancia de aislamiento. Se lo educa para ello. Esta sociedad de la técnica no admite ni siquiera la excepción de un caso particular como el de este niño salvaje. En el mundo de la técnica, quienes no pueden adaptarse suelen quedar confinados en instituciones de encierro como las que analizó Michel Foucault.

Víctor de Aveyron, acostumbrado a vivir en las profundidades del bosque francés, parecía insensible al frío y al calor extremos, y se rasgaba la ropa que trataban de ponerle. No había en él ningún rasgo del autocontrol necesario para vivir en la civilización que plantea el autor Norbert Elías en el libro El proceso de la civilización. El Dr. Itard buscó aumentar el umbral de vergüenza del niño, que era completamente espontáneo para expresar sus emociones.

Al poco tiempo de ser descubierto, se intentó definir al niño salvaje en relación al eje de la división binaria y la demarcación. Philippe Pinel, Director del manicomio de Bicêtre, lo calificó como “loco”. Para el Dr. Itard, el niño era “normal”. A partir de esta consideración, el médico se vio habilitado para desarrollar un programa educativo con Víctor. A través de este programa, se buscó hacer del niño un cuerpo dócil para la sociedad técnica.

La educación de Víctor

La enseñanza que le brindó Jean Marc Gaspard Itard a Víctor de Aveyron tiene mucho que ver con la Microfísica del poder que caracteriza Foucault y que se inscribe en los cuerpos. Fue un adiestramiento de tipo anatomopolítico.

Itard le enseñaba al niño movimientos corporales mediante imitación. Algunos de estos movimientos eran levantar el brazo, avanzar un pie, sentarse y levantarse. Víctor copiaba las palabras que Itard escribía y, más adelante, logró reproducirlas de memoria. El niño, muy lentamente, adquirió una mecánica de movimientos que disciplinó su cuerpo.

Víctor de Aveyrón fue un caso de observación y experimentación para el gobierno francés. Las autoridades esperaban que el estudio de su situación ampliara los conocimientos acerca del funcionamiento de la mente de los seres humanos.

El Dr. Itard no logró grandes avances en el niño. Víctor nunca logró hablar ni comportarse de un modo civilizado. Murió joven, en 1828. Tenía, aproximadamente cuarenta años (ya que nunca se pudo definir su edad). Una enfermedad fue la causa clínica de su muerte, aunque hubo quienes opinaron que, verdaderamente, murió de tristeza, quizás añorando la libertad del bosque.