Los peregrinos fueron el grupo más heterogéneo de los viajeros de la Edad Media. La religiosidad de la sociedad medieval hacía que cualquiera sintiera el impulso, o la necesidad, de recorrer los caminos con una finalidad religiosa. Monarcas, religiosos, comerciantes y un gran número de hombres y mujeres de todos los estamentos sociales y profesiones decidían, en algún momento de sus vidas, realizar una peregrinación piadosa.

Las razones eran variadas: el culto a las reliquias, el ofrecimiento de indulgencias por parte de la Iglesia y la seguridad del perdón de los pecados cometidos al llegar a su destino, eran algunos de ellos.

Los Tres Lugares Santos de la Cristiandad, destino de los peregrinos

Hacia finales del siglo XIII, existían en Europa más de 10.000 lugares considerados por los fieles como destino de una peregrinación (W. Durant, “La Edad de la Fe”,1960). El hecho de custodiar una reliquia santa, o ser el lugar de nacimiento o muerte de algún mártir o religioso de relieve, bastaban para considerar santificado un lugar. Sin embargo fueron los Lugares Santos de la Cristiandad los que atrajeron el mayor número de peregrinos.

Los Tres Lugares Santos de la Cristiandad medieval estaban situados alrededor del Mediterráneo, y fueron Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Se creía entonces tener asegurada la salvación del alma para quien realizara una peregrinación a estas tres ciudades. Los peregrinos a Jerusalén eran llamados “palmeros” e iban porque allí vivió y murió Cristo. Roma era meta de peregrinos porque allí fue martirizado San Pedro y reside su sucesor, el Papa. Quienes allí llegaban eran denominados “romeros”. En la ciudad gallega de Santiago de Compostela estaban los restos del Apóstol de Jesús, y sus peregrinos recibían el nombre de “jacobeos”.

Mujeres peregrinas en la Edad Media europea

Como sujeto histórico, la mujer ha sido desatendida durante mucho tiempo. Las investigaciones sobre el papel de la mujer en los acontecimientos históricos son muy recientes. La documentación conservada sobre ellas no es muy numerosa y no siempre se han completado esas lagunas con suficiente seriedad.

Sobre las peregrinaciones, existe una variada y rica documentación de todo tipo. La escasez de noticias concretas y personalizadas sobre las mujeres no significa que ellas no viajaran, sino que nunca lo hacían solas, cediendo así parte de su protagonismo.

La primera mujer peregrina de quien tenemos noticia fue la religiosa gallega Egeria. En la Antigüedad, en el siglo IV, visitó Tierra Santa y en su obra “Itinerarium ad Loca Sancta”queda recogido el camino que siguió y sus impresiones del viaje.

Viajar era peligroso siempre y a la dureza del camino había que sumar los asaltos de ladrones, la incomodidad del hospedaje y otras molestias, de ahí que las mujeres prefiriesen la compañía de hombres que las protegieran.

La Iglesia, por su parte, contribuyó en buena medida a dificultar la peregrinación de mujeres solas, argumentando que su debilidad les obligaba en ocasiones a prostituirse para poder llegar a su destino. Se decretaron leyes para impedir su peregrinación en solitario, incluso para las religiosas, ya que según lo establecido por Bonifacio VIII en 1293, ni siquiera las monjas podían viajar, debiendo vivir en clausura el resto de su vida.

Habrá que esperar muchos años para que la mujer, como individuo, decidiera el lugar y el modo en que quería viajar.

Santa Bona de Pisa, la viajera de Dios más tenaz

Dedicada a la religión desde su infancia, peregrinó por primera vez a Tierra Santa a los 14 años de edad para visitar a su padre, combatiente con los cruzados.

Fue un viaje peligroso para una niña, y a su regreso fue capturada por uno de los muchos barcos piratas islámicos que surcaban el Mediterráneo del siglo XII. Rescatada, tras cinco años de cautiverio, comenzó su vida de peregrinación primero a Roma, y más tarde a Santiago de Compostela.

Nueve veces realizó completa la peregrinación hacia la tumba del Apóstol y otras tantas regresó a su Pisa natal. Siempre viajaba en grupo y ayudando a los peregrinos con las fatigas del viaje.

Por motivos de salud y cuando iba a realizar su décima peregrinación a Santiago de Compostela, se retiró de su vida itinerante. Tenía 48 y falleció poco después, en 1207, en la ciudad que la vio nacer, Pisa, en cuya iglesia de San Martino descansan sus restos. En 1962, el pontífice Juan XXIII la declaró oficialmente patrona de las azafatas en Italia.

Santa Brígida de Suecia, la viajera de Dios del Norte de Europa

Hija de un gobernador local en Suecia, su vida se desarrolló en la Corte hasta que sintió la llamada de la religión. En 1341 peregrinó a Trondhjem, al santuario de San Olav de Noruega. A su regreso, con el consentimiento de la corte y acompañada de su esposo y otros familiares, emprendió camino hacia Santiago de Compostela.

Realizó su viaje, desde Suecia, siguiendo un itinerario mixto que combinaba rutas terrestres con marítimas. La peregrinación duro dos años, tras los cuales, la santa y su esposo decidieron dedicarse a la vida religiosa, después de haber tenido ocho hijos en común. Entre ellos, la también santa, Catalina, que igualmente peregrinó a Jerusalén y Roma desde donde trasladó los restos de su madre al monasterio de Vadstena, en el que aún reposan.

En 1349, ya viuda, cuando Europa estaba asolada por la “peste negra”, Brígida peregrinó a Roma con el deseo de ganar las indulgencias que el Jubileo del año 1350 le proporcionaba. Nuevamente en 1371, emprende un viaje a Jerusalén, luego a Chipre y de nuevo a Roma, donde falleció a los 71 años, después de haber recorrido miles de kilómetros movida tan sólo por su fe.

Margery Kempe, viajera de Dios y escritora

Nació en King´s Lynn (Norfolk, Inglaterra) en 1373 y fue de las escasas peregrinas que escribió su autobiografía, la primera de este tipo en lengua inglesa.

Mujer aventurera y visionaria, su vida de ama de casa y madre de 13 hijos cambió cuando, tras hacer voto de castidad y con el permiso de su esposo y las autoridades eclesiásticas, decidió peregrinar a Tierra Santa en 1413, siguiendo el deseo de Dios, como ella misma confiesa. También lo hizo a Norwich, donde residía la mística Juliana, y más tarde a Roma.

Viajó después a Santiago de Compostela, en barco desde Bristol a La Coruña, a donde llegó en julio de 1417, tras una dura travesía en la que fue amenazada con ser arrojada por la borda en caso de tempestad. Tal era la costumbre entonces, siguiendo la increíble tradición de que las mujeres en el mar atraían desgracias y mala suerte.

Se desconoce el lugar donde falleció alrededor de 1438, estando su obra desaparecida durante siglos hasta que una investigadora la halló en una colección privada en 1934.

Como hemos visto, pesar de las dificultades, hubo “viajeras de Dios” que ocupan un lugar preferente en la historia de las peregrinaciones, ganándose con ello incluso el reconocimiento de la Iglesia, que las ha declarado santas en ocasiones. Tal es el caso de la alemana Paulina de Fulda o la reina Isabel de Portugal, siendo ésta última un ejemplo de que la monarquía también peregrinaba, y así lo hicieron igualmente Blanca de Navarra y doña Urraca, reina de Castilla y León.