Después de 80 minutos de vuelo desde Lisboa, el avión comienza a descender, se confunde el azul del mar con el azul del cielo y asoma la pista del aeropuerto encajonada entre colinas volcánicas.

La isla Madeira es la más grande de las siete que conforman el archipiélago homónimo, distante 1.000 Km. de las costas portuguesas y convertida en una meta turística de lujo.

Funchal, la capital de la isla

La mejor forma de recorrerla es, sin dudas, a pie. Las distancias entre el muelle del 700 y la rotonda Praça do Infante o entre la costanera y la , primera catedral portuguesa fuera del territorio continental, son muy cortas.

Los testimonios de la época colonial se ven en la convivencia de diversas etnias. Aunque prevalece el “toque” británico, evidente en el prolijo trazado de los jardines, que hoy son veinticinco junto con los parques.

La mayoría están distribuidos en el elegante centro urbano de Funchal y el norte de la isla, en los cuales se mezclan variedades locales con especies exóticas. Abundan las gardenias, rosas, magnolias, laureles, hortensias y orquídeas, junto a los árboles frutales de mango, palta y maracuyá.

Desde Funchal, en coche hacia el interior de la isla

Alquilar coche es la mejor opción para recorrer Madeira. La isla cuenta con 24 centros habitados, a 6 Km. se Funchal se encuentra Monte, una fascinante villa a 600 metros de altura.

Alejándose del camino costero, hay numerosos puntos panorámicos desde donde se aprecian las rocosas costas sin arenas.

Siguiendo hacia el norte se encuentra el pueblo de Santana, característico por sus casas triangulares con techos de paja y el parque temático dedicado a la historia del archipiélago.

Los amantes de la naturaleza no pueden dejar de visitar Porto do Moniz, el punto más extremo de la isla. En esta localidad pesquera se pueden apreciar las piscinas naturales formadas entre las rocas volcánicas y, si la suerte acompaña, se pueden divisar hasta ballenas.

Desde allí se puede ascender hasta Pico do Ariero y Pico Ruivo, a 1.850 metros de altura, en donde la vegetación desaparece para dar lugar a rocas multiformes.

Deslizarse en carro de cesto desde Monte hasta Funchal

Delante de las escalinatas de la catedral de Monte, se puede coger el transporte más característico de la isla: el carro de cesto. Este consiste en una cesta de mimbre montada sobre patines de madera engrasados, que empujado por los pies de dos hombres puede alcanzar hasta 80 Km. /h. Es una especie de trineo de mimbre que se desliza y desciende en pocos minutos desde Monte hasta Funchal.

La cultura del trekking en Madeira

Es imposible no encontrar a cualquier hora turistas de todas las edades, dotados de mochila y bastón, preparados para hacer alguno de los diez recorridos programados.

Uno de los más interesantes es el que se realiza a lo largo de las levadas, antiguos conductos de irrigación construidos para distribuir el agua de lluvia o de las numerosas vertientes del interior de la isla.

Para este trayecto se necesitan alrededor de tres horas. Las indicaciones y la señalización son muy claras. Así y todo si uno se pierde puede coger el bus de la isla, recorre todas las localidades y se detiene puntualmente en cada una de ellas.

El vino más famoso: el dulce Madeira

En el año 1600 se producía un vino obtenido de distintas variedades de uva. A causa del clima, las uvas no llegaban a tener el suficiente tenor de azúcar, por lo que había que atenuar la acidez con azúcar de caña y alcohol.

De aquí nació el vino Madeira que hoy cuenta con tres variedades: el Sereial, seco, para beber frío como aperitivo; el Boal, frutado, de color oscuro, ideal para los dulces y el Malvasia, el tipo más preciado.

Sólo conociendo la isla se puede entender por qué los antiguos navegantes decían que era “un cesto de flores flotando en medio del Atlántico”.