Desde el canto religioso de los monjes budistas hasta el ruido ensordecedor de los alocados pachinkos, Tokio alberga dentro de sí infinitas paradojas que sorprenden al turista una y otra vez. Quien ha conocido Tokio jamás vuelve a ser el mismo: lo más probable es que regrese a su país para inmediatamente planear el próximo viaje.

Shinjuku multifacético. Tiendas de lujo, diversión nocturna y luces de neón

Ubicada en pleno corazón de Tokio, la estación de Shinjuku es un punto neurálgico de trasbordo para quienes van a trabajar. Más de tres millones de personas pasan cada día por Shinjuku, convirtiéndola en la estación más transitada del mundo.

Pararse en medio de la marea humana y observar como los transeúntes avanzan a un ritmo hipnótico es una experiencia formidable. En la hora pico, empleados ferroviarios vestidos de guante blanco se ocupan de meter a presión a los pasajeros dentro del tren, para poder así cerrar las puertas.

Una zona que no debe dejar de explorarse es el distrito rojo conocido como Kabuki-cho. Innumerables bares, pequeños restaurantes de yakitori, karaokes de lujo, exóticos locales de streap-tease y oscuros antros de sexo ilícito son escenario de frenética diversión y desahogo de penas de trabajadores estresados.

Por la noche, los laberínticos pasajes de Kabuki-cho se pueblan de extranjeros con cámaras en mano, empleados japoneses bajo el efecto sedante del alcohol y yakuzas vestidos con traje negro. Aunque el paseo bajos las luces de neón no tiene nada de peligroso: la presencia policial es abundante y las calles de Kabuki-cho se hallan bajo la estricta vigilancia de un circuito cerrado de televisión.

Pero esto no es todo: Shinjuku es también un importante centro administrativo y comercial. Su parte oeste ostenta hoteles internacionales, modernos rascacielos y el Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio.

Para no perdérselo:

  • Comprar regalos en los lujosos almacenes Isetan, Marui y Odakyu
  • Saborear sushi en los restaurantes de kaiten-zushi (platitos de sushi en cinta transportadora)
Es recomendable tener al menos dos días para disfrutar de excursiones diurnas y nocturnas por tan intensa localidad.

Asakusa tradicional. Templo de Kannon, Senso-Ji y la ciudad baja

Los orígenes del barrio más tradicional de Tokio se remontan a varios siglos atrás, pero su identidad como distrito de la clase obrera nace en la época del shogunato Tokugawa. En aquel entonces la aristocracia samurái vivía en lo alto de una colina, y esta zona de plebeyos se conocía como "ciudad baja" o shitamachi. Curiosamente, la primer sala de cine en Japón fue inaugurada en Asakusa en 1903, y fue escenario de filmación de numerosos directores incluyendo Akira Kurosawa.

Con el gigantesco templo budista de Senso-Ji como atracción principal, Asakusa es hoy en día una parada obligatoria para cualquier visitante. El templo fue fundado en el año 628 con el fin de venerar al bodhisattva Kannon, una diosa de la compasión. Aunque sufrió graves daños en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el monumental templo fue reconstruido en 1958 con una estructura de hormigón.

El acceso es por la Puerta del Trueno o Kaminarimon, que tiene sus divinidades protectoras a izquierda y derecha. Una vez atravesado Kaminarimon, una calle de tiendas de souvenirs conduce a las puertas de Senso-Ji. Poco antes de entrar en él hay un incensario con las ofrendas de los peregrinos: la costumbre dicta echarse el humo de este incienso sagrado sobre las partes del cuerpo que necesitan purificación.

Para hacer de la visita a Asakusa una experiencia más que inolvidable, merece la pena:

  • Montar un jinkirikisha, unos carros de tracción a sangre tirados por personas que visten coloridos atuendos tradicionales de la época de Edo. El paseo incluye múltiples paradas en sitios de interés y comentarios históricos
  • Comprar un par de geta, las tradicionales sandalias de madera japonesas
  • Saborear sembei, unas deliciosas galletas crocantes de arroz

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