Para cualquier persona normal no resulta demasiado difícil distinguir a un vanidoso. Se caracterizan por poseer una confianza tan ilimitada como irreal en sus propias posibilidades y capacidades, algo que nunca se cansan de publicitar. Su monólogo basado en el “yo” se centra exclusivamente en lo que hacen, en lo que son o en ensalzar su imagen. Su comportamiento narcisista y lleno de envanecimiento solo es una fachada que busca tranquilizar y esconder una realidad muy distinta; un vacío interior que su egocentrismo patológico sería incapaz de soportar.

Definición de la vanidad

La vanidad se define como un cierto tipo de arrogancia, engreimiento y deseo de ser admirado por los propios méritos, una percepción que el vanidoso transmite sobre sí mismo a todo el que lo escuche y que, por lo general, no es compartida por casi nadie, aunque siempre se creen con derecho a ello y lo hacen valer si su posición social y económica se lo permite.

Ciertamente, si hay un rasgo que identifique la vanidad es su carácter insaciable, trascendiendo incluso la propia existencia. El vanidoso puede preocuparse hasta de lo que dirán de él una vez muerto y enterrado. En el fondo la vanidad demuestra un cierto grado de infelicidad, inmadurez y de vacío interior. En este sentido Honoré de Balzac plasmó la idea de un modo brillante: “Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”.

La vanidad según el catolicismo

Sobre el año 375, Evagrio Póntico, monje y asceta cristiano, se retiró a un monasterio. En su reclusión clasificó los que, según él, eran las ocho tentaciones que atraían al hombre hacia el infierno. La vanidad era una de las más peligrosas, ya que corrompía todo lo que tocaba. Más adelante, en el 590, el Papa Gregorio Magno, revisaría esta lista estableciendo algunas modificaciones. Lo que Evagrio denominó tentaciones, para el Papa pasaron a ser considerados pecados, añadiéndole además la categoría de mortales. También redujo la lista a siete, quedando para la posteridad los siete pecados capitales que traen consigo la semilla de todo mal.

El vanidoso: entre la soberbia y la ingenuidad

Pudiera parecer que la vanidad y la ingenuidad difícilmente puedan andar juntas de la mano. Sin embargo así es en muchas ocasiones; la vanidad traiciona el sentido común. Todo aquel que se maneja habitualmente en el uso de Internet conoce bien lo que es el spam o correo basura. Muchos de esos correos falsos notifican la concesión de premios, regalos o loterías. Es obvio que al existir tanta “oferta” de correo basura exista también una cierta demanda. ¿Qué lleva a algunos individuos a creer que han sido agraciados por una lotería de Australia que ni conocen y a la que no han jugado en su vida? Pues esa mezcla de vanidad e ingenuidad que les hace pensar que ellos han sido los elegidos. Como decía Jacinto Benavente: “La vanidad hace siempre traición a nuestra prudencia y aún a nuestro interés”.

La sociedad vanidosa, arrogante y egocéntrica

Si en alguna época la vanidad ha pasado de ser un defecto o un pecado a ser casi considerada como una virtud, esta es la época actual. Se admira al que hace ostentación de su éxito o su dinero. En el fondo se trata más de una mezcla de admiración y envidia, ya que quien lo admira, lo que en realidad pretende y ansía es ser como él.

Actualmente, muchos andan más preocupados por la imagen que trasmiten que por lo que son realmente. Esta ausencia de valores propios incide en una sociedad cada vez más egocéntrica y menos preocupada por el bien común. Hoy se valoran más las etiquetas que las formas o el contenido, las exhibiciones económicas o cualquier medio, por patético o ridículo que sea, con tal de alcanzar notoriedad. En esta extraña lucha de egos no tiene demasiada importancia el “ser”, sino el “parecer”.

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