Los vampiros tienen extraños apetitos que les sitúan al margen de la sociedad y viven una doble vida, sin poder mostrar lo que son. La comparación con la condición gay resulta evidente, tanto que parece frívola. Sin embargo, la propia creación del vampiro como mito literario, está ligada a la homosexualidad.

El primer vampiro

Aunque el vampiro es una figura folklórica presente desde el “nosferatu” griego, hasta los mitos de la Europa del Este, la imagen que tenemos del monstruo procede de la novela gótica del XIX.

El inglés, John William Polidori, en su obra de 1819, “El vampiro”, esbozó la figura que hoy reconocemos: un refinado aristócrata que seduce a sus víctimas con su belleza ultraterrena. Lord Ruthven, el protagonista, atrae a las damas, pero la relación de adoración que presenciamos es la del joven Aubrey hacia él.

El autor se inspiró en el poeta Lord Byron para crear a Ruthven. Polidori era homosexual y había estado obsesionado con Byron, por el que sentía una mezcla de amor y odio. Debido a los antecedentes escandalosos de Byron, el relato fue un éxito.

Carmilla

Si el primer vampiro estaba interesado en dominar a un hombre, la primera vampira prefería a las mujeres. El irlandés, Sheridan Le Fanu, publicó en 1872, “Carmilla”. En el relato, una bella noble, engaña y trata de seducir a la inocente Laura, para alimentarse de su sangre. La homosexualidad se muestra más audazmente que en el caso de los “nosferatu” hombres. Será una constante que las vampiras lesbianas, muy numerosas también, estén mucho mejor aceptadas por el “mainstream” que su contrapartida masculina.

Aspirante a vampiro

Retrato de Dorian Gray”, obra de 1890 del dublinés Oscar Wilde, podría ser una continuación de la figura creada por Polidori. Dorian no es un vampiro, pero comparte con éstos su eterna juventud, su amor por la noche y el hedonismo y su desprecio por las normas sociales.

La homosexualidad de Wilde es algo conocido y el tema gay se insinúa durante la obra. La fascinación que Lord Henry Wotton y Basil Hallward sienten por Gray, muy difícilmente puede disimularse como amistad, tanto, que en posteriores ediciones Wilde suavizó sus pasajes más comprometidos.

Drácula

En 1897, Bram Stoker, también irlandés y amigo de Wilde, publicó la obra magna del género, “Drácula”. De nuevo, el monstruo lo encarnaba un enigmático noble. La presa de Drácula es Mina Murray, pero los pasajes que el conde comparte con Jonathan Harker o Renfield han dado lugar a las consabidas especulaciones.

No se pude asegurar que Stoker fuese gay, pero hay varios indicios. El autor mantuvo una tormentosa relación con el actor Sir Henry Irving, que lo trataba como un esclavo.Se cree que Drácula está inspirado en Irvin, lo que muestra la relación de amor-odio que Bram sentía por él.

Crónicas vampíricas

La popularidad de los vampiros renació en 1976 con “Entrevista con el vampiro”, primera de las “Crónicas vampíricas” de la autora estadounidense, Anne Rice. Rice reformó el mito del “nosferatu”, que había seguido el dogma de “Drácula”. Sus vampiros son figuras románticas que sufren su inmortalidad como un tormento.

La homosexualidad ya no se esconde. En “Entrevista con el vampiro”, asistimos a la compleja relación entre Lestat y Louis y a la conmovedora conexión de éste con Armand. A diferencia de los vampiros anteriores, dominados por el deseo pero incapaces de amar, los de Rice son seres para los que el amor lo es todo y el sexo nada.

La autora introduce una idealización del sentimiento amoroso que haría inoperantes las distinciones de género. Los vampiros de Rice son ambiguos, lo que se refleja en los estereotipos estéticos de la subcultura gótica moderna, con modelos masculinos delicados y andróginos.

Crepúsculo

Si Anne Rice tamizó la homosexualidad vampírica, otra autora estadounidense, Stephenie Meyer, ha limpiado el mito de toda connotación gay en su popular obra de 2005, “Crepúsculo”. La saga de Meyer es literatura romántica juvenil.

Sus vampiros, representados por Edward Cullen, beben de los de Rice, pero llevan la estilización al máximo, convirtiéndose en iconos sexuales “soft”, para jovencitas. El único rasgo de su perdida homosexualidad, sería la concordancia externa con esa evolución de lo gótico que deviene en la estética “emo”.

En tres siglos, el vampiro ha pasado de ser una sublimación de la imagen del dandi gay “a la mode” a una especie de “metrosexual” gótico con ínfulas románticas. Pero nadie puede borrar del todo lo que Polidori, Le Fanu y Stoker pusieron en sus creaciones, lo que provoca que Edward Cullen también sea la fantasía sexual de muchos hombres.