La pasión desenfrenada por la vida y la búsqueda de eternidad son privilegios del deseo acariciados por la totalidad de los mortales. Con la pervivencia de la especie a través del sexo y la transmisión de la propia sangre a la siguiente generación, se produce una profunda e interesante fusión de la eternidad con el deseo sexual que sienta las bases en el subconsciente colectivo de uno de los mitos más seductores y primigenios que ha dado el cine y la literatura: el vampiro.

La sangre y el sexo como portadores de vida.

Desde los tiempos más antiguos, la seducción y la eternidad quedan ligadas a la sangre, que se convierte en portadora de vida y el acto de transmitir esa sangre, el fatídico mordisco del deseo, en metáfora del dolor y frontera del mundo de los vivos al mundo de los vampiros, el mundo de los no muertos.

Con el acto sexual se alcanza otra dimensión, se acaricia un pedazo de eternidad, y el mordisco transmisor de lo eterno queda ligado, en su asesino instinto, con lo perverso y lo demoníaco, pues hace morir algo para resucitarlo en otra dimensión.

Súcubos, antecedentes de las vampiresas.

Estas ideas colectivas básicas, hacen despertar leyendas protagonizadas por hombres y por mujeres que, desde el mundo de los no muertos visitan a los vivos en la noche, se adentran en sus sueños y seduciéndoles, se alimentan de un pedazo de su vida, poseyéndoles sexualmente. Son los mitos de los súcubos y los íncubos, aunque son más frecuentes los primeros, mujeres ardientes, de hermosa naturaleza que con su pasión y su belleza, arrancan de cuajo, noche a noche, la vida de sus amantes, transportándoles a un mundo cercano a la brujería.

A partir de ahí nace el mito primigenio de la mujer fatal, la vampiresa, la que seduce, como un demonio femenino al hombre, para chuparle a trozos el corazón. De ella arranca todo un repertorio de heroínas que, hasta el romanticismo, con su profundo cambio de estética y alma, tendrán que permanecer malditas. Desde la misma Eva del Antiguo Testamento, hasta la cruel princesa húngara, Isabel Bathory; la bella Lilith; o la novia blanca japonesa quien, enfundada en su seductor vestido de nieve, adormecía a los hombres con su mordisco de hielo, y ya cercanos al sueño, los adentraba en la muerte.

Los no muertos y su leyenda.

Son los mitos de los que no están del todo vivos y aún no están muertos; los que, colgados de una belleza antigua y compleja, no se adaptan a ninguno de los mundos, vagando siempre por ambos. Son los que buscando la eternidad, encontraron la frontera de la noche y la habitaron.

Los vampiros en el Romanticismo.

De esta manera se gestó un monstruo nuevo. La belleza de la leyenda la destilará el Romanticismo, cuando la decadencia de la aristocracia arrastre la figura del escritor que tampoco encuentra su sitio en el mundo, y vive, como el vampiro, eternamente vagando sin rumbo. Es el grupo de Lord Byron y su amigo Shelley; es Oscar Wilde y su retrato de Dorian Grey; es Bram Stoker y su sincrética creación de Drácula; son Baudelaire y todos los poetas malditos, ligados a lo demoníaco.

El siglo XIX cambia la estética del vampiro. A partir de un relato de Polidori, el médico de Lord Byron, se conoce un personaje que chupaba la sangre de sus víctimas o amantes, para, alimentándose de ella, poder pervivir. Con esta leyenda, se recoge la antigua idea de fagocitar vida para conservar vida, y el vampiro queda enlazado al amante insatisfecho que goza con su seducción, y continuamente busca sangre, que es la vida, para calmar su sed.

Drácula.

Este mito será fundido por Bram Stocker en su libro Drácula, ligando la leyenda del vampiro hombre con una serie de leyendas que duermen en la tradición rumana sobre un príncipe, Vlad Drácula, especialmente sanguinario, del que se contaba que se alimentaba de la sangre de sus enemigos los turcos. La leyenda, tal como se conoce en la actualidad, está servida. Muchas son las culturas que alimentan historias sobre brujas que chupan la sangre de niños para tomar su juventud; hombres monstruosos que hechizan a las mujeres con sus encantadores modales, su elegancia y su masculina belleza nimbada de secretos que hablan de otros mundos, para chuparles la sangre después.

La sangre es la vida.

El beso o mordisco de amor se convierte en el arma de seducción más temida y más deseada, y el ángel caído o demonio, cobra a través de ellos un alma que, aunque no es apreciada por muchos, ni comprendida, les pertenece.

El mito del vampiro es el mito de don Juan, el amante insatisfecho, el que maneja a la perfección el arma secreta de la seducción y hace de su pericia un arte, una filosofía de vida, un elegante y triste secreto de belleza y una invitación a la eternidad.