De Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895) ha quedado prácticamente sólo el término que el psiquiatra Richard von Krafft-Ebbing acuñó para designar la perversión que, con mayor o menor intensidad, alcanza a todo ser humano: el masoquismo. Pero que, en su caso, fue una de sus mayores obsesiones y uno de los rasgos más definitorios de su personalidad.

Antecedentes

No existen reglas, pero es habitual que la literatura colme o complemente la vida del escritor verdadero y haga aflorar sus fantasías o demonios más turbios y recónditos. Así, el hombre que considera la suya una vida plena lo normal es que se dedique a vivirla, mientras que aquel que experimenta algún rencor o carencia hacia ella, puede terminar escribiéndola para compensar dichas carencias o moldearla a su gusto, que puede ser, claro está, un gusto deforme o terrible.

De este modo, podemos comprender que un hombre de vida pasiva como Pío Baroja escribiera decenas de novelas de aventuras. O se explica, o se intenta al menos, el caso del extraordinario marqués de Sade, cuya obra se forjó principalmente en los muchísimos años que se pasó en la cárcel. Partiendo de una observación del ensayo La literatura y el mal, de Bataille, podríamos preguntarnos: ¿habría escrito Sade una sola página de haber vivido siempre en libertad? Es posible que no. En tal caso, habría llevado una vida de desórdenes y excesos, y habría tratado de llevar a la realidad todas esas depravaciones y crímenes que lo atraían.

Es una vez en la cárcel cuando Sade se da cuenta de que escribir no es sólo un remedo o un ajuste de cuentas con la vida, sino, acaso, una manera aún más intensa de vivir, de llevar hasta las últimas consecuencias su fantasía y su sistema filosófico, sin las limitaciones de la realidad. Simone de Beauvoir, en su ensayo ¿Debemos quemar a Sade?, aventura incluso que, una vez en la cárcel y transformado por la escritura, Sade ya no querrá volver a mezclarse con los hombres, a los que siente dolorosamente extraños y temibles, mientras que la cárcel le ofrece, en la seguridad de su celda solitaria y en el mundo forjado por él mismo, la posibilidad de una vida más plena y más libre.

El caso de Sacher-Masoch

A Sacher-Masoch, sin embargo, la literatura nunca llegó a saciarlo de sus apetitos. En lugar de eso, los azuzaba más y más, la una nutría a los otros y viceversa, y una de las constantes de su vida fue que ambas, vida y literatura, convergieran a un mismo punto.

Cuenta Angelika Aurora Rümelin (que adoptó el nombre de Wanda, como la protagonista de La Venus de las pieles), su primera mujer, que llegó un momento en que Masoch requería ser vejado, insultado y golpeado a diario, e incluso le resultaba imposible escribir una sola línea sin esa inspiración.

La Venus de las pieles y otros relatos

Quizá sea necesario recalcar que, pese a que los términos sadismo y masoquismo aparezcan a menudo unidos, poco o nada tiene que ver esta obra de Masoch con las más conocidas de Sade.

La novela corta y los nueve relatos reeditados por Valdemar son textos delicados. No aparece sexo explícito, ni hay un regodeo innecesario en la violencia, que a menudo ni siquiera interesa demasiado. Dicho de otro modo: Masoch no tuvo problemas con la censura. Sí hay, en cambio, un minucioso estudio de abusos y humillaciones, algunos más sutiles que otros.

Masoch fue una especie de moralista, intuitivo, perspicaz, fetichista obsesivo (como todo fetichista), sensible, fantasioso, soñador, fascinado por las mujeres, cuyo mayor interés radicaba en ir desgranando la evolución psicológica de hombres y mujeres en sus relaciones, algo así como un teórico del amor.

Las consecuencias que se deducen de su análisis son un poco desalentadoras. Las relaciones de amor no se dan entre iguales y por tanto no son maduras; siempre hay un tirano y un esclavo, dominador y dominado, y cada uno ha de aceptar su rol para que pueda darse la precaria coexistencia. El amor, en realidad, es una frivolidad, que se convierte en despotismo cuando el dominador se corrompe a causa de su poder, o en un juego cruel cuando se burocratiza; y siempre termina sucediendo cualquiera de las dos cosas o ambas a la vez.

Hay una reflexión interesante que sobrevuela esta selección de relatos: sólo quien lo desea alcanza el poder, y quien desea el poder está dispuesto a dejarse corromper por él; más aún, ya está corrompido.

Y mientras Sacher-Masoch explora hasta dónde son capaces de llegar (de descender, más bien) sus personajes por supuesto amor o embelesamiento de amor, lo va llenando todo de pieles, cuchillos, látigos, noches de luna llena, ojos de fuego, labios sensuales y carnosos, y nos hace participar del placer vertiginoso que supone deponer la voluntad y degradar la propia dignidad hasta situarla a los pies de una hermosa mujer, cuya belleza aumenta en grado proporcional a su despotismo.