Cualquiera que haya experimentado aunque sea un instante en su vida la sensación de vacío interior, sabe de qué se trata. Es un ansia dolorosa y punzante, lo toma todo y parece que nunca va a pasar. La persona se siente a la deriva. El vacío provoca vértigo, mareos, falta de aire, temblor de piernas, miedo. Es fácil describirlo con palabras, pero éstas no alcanzan para que quien no lo experimentó se haga de una idea acerca de qué se trata.

Puede durar un rato o un período más largo en el que siente que el alma zozobra. Es una sensación bastante frecuente, y muchas personas la experimentan sobre todo en etapas de cambio profundo, esos momentos en que la vida va a transformarse para siempre y nunca más volverá a ser como era antes.

Logoterapia, el sentido de la propia vida

Hay una teoría psicoterapéutica que se ocupa del vacío existencial y de cómo llenarlo: la logoterapia. Su creador, un discípulo de Sigmund Freud llamado Viktor Frankl, tenía experiencia como director de una sala de tratamiento de mujeres con intento de suicidio en un hospital de Viena. Frankl sobrevivió al Holocausto tras haber pasado siete años en campos de concentración, y durante ese tiempo se dedicó a observar quiénes superaban esa traumática experiencia.

Lo que Frankl percibió fue que aquellos que tenían confianza en volver a ver a sus seres queridos, un motivo para seguir adelante, una esperanza para después, algo que les hubiera quedado pendiente y que tuvieran mucha necesidad de llevar a cabo, tenían mejores probabilidades de sobrevivir.

La voluntad de sentido

Para Viktor Frankl, la raíz de la motivación humana es lo que llamó “voluntad de sentido”, por la que las personas que tienen una fe poderosa en un futuro mejor y proyectos con los que se comprometen, hallan un propósito que los arraiga en la realidad y logran trascender las circunstancias del momento porque encuentran en su vida un sentido más allá de esas circunstancias.

El sentido es lo que cada ser humano busca. Muchas personas no tienen claro cuál es el propósito que las motiva, lo olvidaron en el pasado y se limitan a cumplir con lo que creen que se espera de ellas. Cumplen con su trabajo, con sus obligaciones familiares, se ocupan de sus padres mayores, pero lo hacen todo como si hubieran puesto el piloto automático, como si no hubiera un conductor tomando las decisiones de su vida.

El sinsentido, síntomas del vacío existencial

Para Frankl, uno de los síntomas más claros de esta situación es el aburrimiento. La desesperación que asalta a muchas personas a punto de jubilarse: ¿qué harán con tanto tiempo libre?, ¿cómo llenarán sus días?

También lo son las adicciones: alcohol, drogas, comida y trabajo en exceso. Cada vez más la tecnología, las pantallas: el televisor, la computadora, la industria del entretenimiento, el consumo. Las obsesiones: la limpieza y el orden, la salud, la dieta o dedicarse neuróticamente a un hobby recién descubierto para pasar a otro poco tiempo después. Las soluciones que prometen resolver de un día para otro los problemas de la vida siempre son un indicio de que la persona está huyendo del vacío interior.

Incluso las relaciones y la actividad física, necesarias para una vida sana, practicadas compulsivamente pueden ser indicadores de una vida desconectada del sentido de su existencia, modos de huir del doloroso agujero en el centro del pecho que es la deriva del sinsentido.

Desde el conformismo de hacer siempre “buena letra”, o desde la rebeldía de la eterna adolescencia, el resultado es el mismo: personas buscando cómo tapar la angustia.

La búsqueda del sentido

¿Qué es lo que se busca?, ¿cómo se encuentra el sentido? Afirmándose en lo que hace al ser humano un ser humano: el autoconocimiento, la intimidad en el contacto con otro, la expresividad y la creatividad, los valores o actitudes como la compasión, el sentido del humor y la risa, la valentía. Incluso el dolor cuando se lo acepta dignamente y se lo transforma en crecimiento.

En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera se pregunta si el vértigo es el miedo a la caída y responde que no; que es el deseo de lanzarse. Para enfrentar el vacío es necesario parar de correr, detenerse, asomarse al abismo y registrar el deseo profundo de dejarse llevar. La mayoría huye de esa sensación angustiosa. Pero quienes la dejan entrar, aunque al principio difícilmente esto les provoque alegría, una vez que pasan del otro lado han recuperado para su vida un sentido personal y salen fortalecidos.

Como dice el dicho popular, “lo que no te mata te fortalece”. Nunca es tarde para lanzarse y descubrir que se puede aprender a volar, a bucear o a lo que las circunstancias requieran para cruzar del otro lado.