No es necesario acudir a nuestro premio Nobel don Santiago Ramón y Cajal para embarullar las tiernas mentes infantiles con sus complicados estudios sobre la conexión de las células de la materia gris del sistema nervioso cerebroespinal. Tampoco hay que acudir a Freud, Adler o Marañón; ni a los informes Hite o Kinsey, ni siquiera a la antigua Logse o la actual LOE para conocer que la ignorancia sexual genera tensiones o impaciencias poco deseables.

Pero conviene tener presente que si estas recargas emocionales no se reconducen o evitan desde la infancia a través de una información responsable, pueden producir desagradables disfunciones psicosomáticas y, por ende, graves secuelas anímicas que desembocarán necesariamente en la infelicidad, cuando no en la neurosis o el delito.

El sexo, la familia y el proceso de socialización

A consecuencia de empirismos estúpidos, de temores trasnochados, la sociedad nunca se ha atrevido, hasta ahora con específicos planes de estudios, a desvelar los mágicos y profundos secretos del sexo. Sin embargo, pesar de los años de libertad democrática que disfrutamos, del relativismo moral y de las nuevas costumbres, todavía hay padres que sienten horror a la hora de afrontar el asunto con sus hijos en la intimidad del hogar familiar.

Aseguran, como hace 30 años, que “ya les enseñará la vida”. Y lo hacen sin caer en la cuenta de que quienes les van a ilustrar, como siempre, son ese compañero de colegio licenciado en gramática parda, esa chica ligona de discotecas o ese rincón de Internet soplado por un amiguito durante el natural desarrollo de la criatura en la sociedad.

El valor de la información parental

¡Hay que acabar de una vez con esos miedos absurdos, con esas reminiscencias del pasado! ¡Y hablar claro! Instruir a los hijos en un lenguaje cuidado y comprensible acerca de que el sexo no es, ni más ni menos, otra cosa que la masa de tejido nervioso contenida en la cavidad craneal. Su extraordinaria importancia estriba en que forma el llamado encéfalo, es decir, lo que vulgarmente se conoce, aunque parezca fuerte decirlo a niños de 6 a 8 años, por cerebro, istmo del encéfalo y cerebelo.

En toda educación sexual que se precie hay que tratar sinceramente y sin falsos temores, aunque con mucha delicadeza, de las meninges, el hipotálamo (esta palabra debe pronunciarse con indiferencia), el trígono, la glándula pineal (hay que prevenir preguntas comprometidas sobre ella y sus importante actividad), el bulbo raquídeo, el cuerpo calloso y demás.

Conocimiento preciso sobre frases o actividades sexuales

Además de dejar bien patente que el sexo no es pecado, conviene aclarar con decisión a los tiernos aprendices que “acto sexual” es toda acción realizada con sentido; que “sexualmente débil” es aquel que tiene los sexos reblandecidos por falta de vitaminas o exceso de bollería industrial; que “sexualmente fuerte” es quien tiene los sexos altamente fortificados por fósforo y hierro porque come mucho pescado con omega 3; que “homosexual” es aquella persona que tiene los sexos del cerebro iguales, más o menos, a los del cerebelo, que "acoso sexual" es que te duele la cabeza.

Por último, conviene dar un sentido natural a ciertas frases que pueden ser objeto de maliciosa curiosidad infantil. Como por ejemplo.: “Tapa de los sexos”, “perder el sexo”, “tener sorbido el sexo”, “tener los sexos en los calcañares”, “calentarse los sexos” y otras. Naturalmente, a la hora de aclarar estas cuestiones como es debido, siempre hay que resaltar la importante función que los sexos realizan para aprender la tabla de multiplicar, tener buenos y malos pensamientos, generar ideas o buscar soluciones a los problemas.