Para el cinéfilo existen películas que le descubren novelas no leídas, autores desconocidos o alguna que otra obra teatral. Incluso alguna versión cinematográfica habrá ayudado a comprender textos de lectura árida. El lector empedernido, sin embargo, procura evitar estas versiones porque la decepción y el desencanto suelen ser la tónica habitual. Entre las excepciones (aunque no son las únicas), “Un tranvia llamado deseo” de Tennessee Williams, “Muerte en Venecia“ de Thomas Mann “o “El nombre de la Rosa” de Umberto Ecco.

La obra teatral “Un tranvía llamado deseo” se estrenó en diciembre de 1947. Tras representarla magníficamente Marlon Brando y Vivian Leigh en Broadway durante más de cuatro años y obtener el Pulitzer Price of Drama entre otros premios, fue llevada al cine de modo magistral por Elia Kazan. La pluma intensa, dura, certera y al mismo tiempo cargada de poesía y sensibilidad de Tennessee Williams, uno de los mejores dramaturgos estadounidenses del siglo XX, creó una obra que aún se sigue representando con la misma fuerza que el día de su estreno.

Una historia cargada de sensualidad

Blanche Dubois, el personaje principal, llega a Nueva Orleans para visitar a su hermana Stella, casada con Stanley, un hombre rudo, escéptico y violento. Su frágil y enfermiza personalidad chocará con el carácter agresivo de Stanley, que no tendrá con ella las atenciones esperadas. Será Mitch, uno de los amigos de Stanley quien se enamore de Blanche, atraído por su sensibilidad y una cultura desconocida.

Como ocurre en toda su producción, Williams concibió un melodrama cargado de deseo, pasión y sensualidad, con personajes complejos y atormentados, ambientándolo en un espacio asfixiante y decrépito, que atrapa al espectador desde su comienzo; una obra en la que los decorados (prueba de ello es la importancia que da el autor a las acotaciones descriptivas en el texto) sugerentes, casi fantasmales, reflejan la decadencia sureña, y potencian, respetando siempre la unidad espacial, las posibilidades dramáticas del texto. La presencia permanente de la escalera en escena es un ejemplo.

Obra vanguardista

Williams representó en el teatro americano un punto de vanguardismo, incluso de ruptura con autores anteriores tanto por su franqueza en lo referente a su vida personal como por su discurso potenciando la diferencia y la crispación, y tratando con crudeza y realismo temas hasta entonces tabúes en la escena americana: las enfermedades mentales, el miedo a la locura, la tensión, la violencia y el deseo sexuales, la homosexualidad, el consumo de drogas o las relaciones interraciales.

Simbolismo onírico

La obra, además del carácter simbólico del decorado que le da un toque de irrealidad onírica, es una demostración de hasta dónde pueden conducir las posibilidades expresivas de un texto soberbiamente entretejido, que con un ritmo interno y un lirismo especiales, nos descubre una Blanche Dubois que simboliza el amor, la poesía, la debilidad, la locura, el recuerdo y el desvarío en el presente.

En “Un tranvía llamado deseo”, además de una referencia breve pero clarificadora a la homosexualidad del primer marido de Blanche, la protagonista, se refieren los encuentros sexuales anteriores de esta, la violación por parte de Stanley, el marido de su hermana, las expresiones sensuales e indisimuladas de deseo de las mujeres por el cuerpo masculino y viril de un hombre primario, brutal, casi inhumano; la violencia sexual , siempre latente, y a veces evidente de los hombres… cánones de comportamiento humano que más que como una excepción, Williams los describe como norma.

Es este un drama barroco y sensual, en el que el pasado sale a la luz como un secreto oculto que al desvelarse cambiará dramáticamente el futuro de sus protagonistas, un drama cuyo eje principal es el miedo a la locura, la confusión entre la realidad y la fantasía, impregnando la atmósfera, opresiva y sórdida, con la sensación de pánico e inestabilidad que transmite la protagonista.

El efecto de la censura americana

Pero que nadie espere encontrar todo esto en la película. Aún considerada como ejemplo de adaptación cinematográfica en la historia del cine, la fuerte censura americana durante los años cincuenta suprimió fragmentos de la obra teatral, y suavizó parte de su contenido sexual. Por ello, es indudable que quien quiera descubrir esta obra de Tennessee Williams, deberá disfrutarla en el teatro, o leerla, disfrutando con cada uno de sus párrafos