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Un filósofo "alemán" en el barrio

Sus vecinos le han otorgado el Premio Ciudadano del año

Eduardo García, Premio Ciudadano de Aluche - Moncho Veloso
Eduardo García, Premio Ciudadano de Aluche - Moncho Veloso
Eduardo García es profesor de filosofía en el IES Blas de Otero de Aluche. Su gran preocupación es llegar con la palabra y el lenguaje a los jóvenes de hoy.

Eduardo García (Oviedo, 1947) lee, relajado, en la sala de lectura de prensa de la biblioteca Fernando de los Ríos del barrio de Aluche, en Madrid. Acaba de devolver un libro y ahora ya está con otro en sus manos. Con un lápiz toma notas. Y eso que no anda sobrado de tiempo, algo que parece disgustarle. "Soy como el Barón de Munchausen, tengo que tirarme de los pelos para sobrevivir", dice.

Un viajero empedernido

Tiene 62 años y cabello y barba blancos. Por las mañanas imparte filosofía en el IES Blas de Otero. Luego, por la tarde, se ocupa de las tareas del hogar y quién sabe si, a última hora, de su nieta recién nacida. Aun así, saca unos minutos para dar un paseo cerca de la ría, un lago artificial de 500 metros de longitud que atraviesa el Parque Aluche de norte a sur, y repasar su vida sentados en un banco de su elección, mitad a la sombra mitad al sol.

Eduardo cambió su Oviedo natal por Valencia, recomendado por su maestro, el también filósofo Gustavo Bueno, y allí terminó su carrera. Luego se fue a Alemania. Viajar es su gran afición. "He recorrido casi toda Europa, me quedarán dos o tres países", explica orgulloso. Y adelanta que en Semana Santa se va a Croacia.

La pasión educativa de un "gastarbeiter"

Es de su estancia en tierras germanas de lo que mejor recuerdo guarda. "Es el fragmento de mi vida del cual me siento más orgulloso", dice. Allí empezó a dar clases, hizo radio, contactó con Antonio Tovar, Georges Sorel y otros "distinguidos" autores y conoció a su futura esposa, una gallega con la que tuvo una hija.

Llegó a Alemania en 1974 como un gastarbeiter invitado a trabajar– más. Así llamaban los alemanes a los extranjeros que llegaban a su país en busca de un empleo. El primero de Eduardo consistía en cargar un vagón de tren con zapatos. Le pareció un trabajo interesante. "¡Yo que nunca había hecho un trabajo físico!", exclama. Le sirvió para aprender el idioma y sacar un dinero que mandaba a sus padres, que permanecían en Asturias y estaban pasando una situación muy precaria.

Luego empezó a dar clases de español en multinacionales, aprobó las oposiciones que le trajeron de vuelta a España y ejerció como maestro en el Instituto Nacional de Bachillerato a Distancia (INBAD). Descubrió entonces su vocación: la enseñanza.

Jóvenes desmotivados

Cuando habla de la educación, del instituto, es cuando más se nota su formación filosófica. Dice que los chavales de hoy en día están desmotivados, que no tienen buenos referentes, que se guían por los freaks de la televisión que consiguen salir adelante sin estudios y sin dar un palo al agua.

"Hay un despiste generalizado, asistimos a una crisis; estamos en esta sociedad de redes donde la intercomunicación entre la gente se está yendo al garete, una sociedad muy líquida, como diría Bauman", explica. Critica también la falta de comunicación entre padres e hijos. "Los padres hablan muy poco con sus hijos. Hay que hablarles; los chavales entienden más de lo que pensamos", dice.

Es su mayor preocupación: la palabra, el lenguaje y que sus alumnos entiendan lo que dice. Y a pesar de confesarse un tímido convicto, cree "modestamente" tener inteligencia emocional. "Puedo contactar con el alumno, quizá me faltan lecturas, pero siempre me he preocupado de que mi mensaje llegara", concreta. Eduardo se mantiene en sus trece de que la palabra tiene un valor inmenso para llegar a la gente. "Y todavía llega a los jóvenes", asegura optimista.

El periodismo, una vocación frustrada

En las afueras de Francfurt daba clases de latín, griego, alemán, lingüística y lengua española a hijos de inmigrantes españoles. A través de otro filósofo español entró en Radio Francfurt para hacer un pequeño programa de media hora los sábados y los domingos. "Me interesaba el periodismo porque es mi vocación frustrada". En ese espacio radiofónico que escuchaban los gastarbeiter españoles entrevistaba a gente, hacía una "buena" selección de música y contaba noticias relativas a España, o a Alemania pero con referencia a España. "Era un programa muy apañado", dice.

Esa etapa fue muy gratificante para Eduardo, "un avance de madurez espectacular". "Tuve posibilidades de desarrollarme mucho culturalmente, con lecturas, conociendo a otras gentes y con el enorme diálogo entre culturas que se produjo", recuerda.

El barrio, el "centro" de su vida

Pero en 1983 regresó a España y desembarcó en Madrid. Trabajó durante seis años en el INBAD de Atocha y luego se fue al Blas de Otero, donde a día de hoy sigue ejerciendo la enseñanza de la filosofía, siempre "desde una concepción interdisciplinar". Tanto cariño le ha cogido al barrio y al colegio que ambos se han convertido en "el centro" de su vida. "Me cuesta hacerme a la idea de que un día lo tengo que dejar", dice en referencia al Blas de Otero y su posible jubilación.

La idea del envejecimiento parece atormentarle. El pasado sábado sus vecinos –a través de la Asociación de Vecinos de Aluche– le otorgaron el Premio Ciudadano del Año por su dedicación educativa. "Al principio me asusté y me preocupé, porque me sonaba un poco a naftalina. Yo todavía tengo 62 años, sigo en la enseñanza y entonces esto me olía un poco a retiro", dice.

Cuando se jubile, promete, tendrá más tiempo. Por ejemplo, para retomar las lecturas que ha abandonado. "Me pesan en la conciencia", confiesa.

Moncho Veloso, Paula Monteoliva

Moncho Veloso - Nacido en Ferrol (1985) y licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, he trabajado para Diario de Ferrol, ...

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