La lluvia comenzó a la una de la tarde del miércoles 6 de julio. Para las seis de la tarde del jueves 7, toda La Habana continuaba bajo una precipitación de poca intensidad, pero constante, la cual los transeúntes asociaron con la ironía popular: “no moja pero empapa”.

De a poco, pero por la constancia, la temperatura promedio en la ciudad descendió a la grata cifra de 27° Celsius, luego de las treinta horas de lluvia continua. Para la tarde del viernes 8 y, luego, al mediodía del sábado 9, se repitieron episodios semejantes al de los días anteriores, pero limitados esta vez a una función de tres o cuatro horas.

Los habaneros recibieron este inesperado cambio como maná, y es que la temporada de precipitaciones 2011 ha mantenido un ambiente particularmente seco y sofocante en toda Cuba. El propio Instituto de Meteorología, sito en la Ciudad de La Habana, reportó que en los meses precedentes e inaugurales de la temporada, mayo y junio, apenas se registraron lloviznas muy locales.

Las treinta horas de precipitaciones ocurridas en la primera semana de julio suscitaron esperanzas de que se atenúe el actual estado de sequía en la capital. Sobre todo, por la situación de sequía que enfrenta La Habana.

Las plegarias fueron escuchadas

La ciudad con mayor población de Cuba presentó un gran descenso de sus cuencas acuíferas durante el cursante 2011. Al igual que en el año anterior, el período lluvioso apenas trajo suficiente cantidad de agua como para mantener los volúmenes de reserva. Según estadísticas del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH), la región occidental de Cuba fue la más afectada en ese año, zona en la que se encuentra ubicada La Habana.

Dicha situación se recrudeció en la temporada correspondiente a este 2011: los chubascos han sido particularmente breves y esporádicos. Esta sequía meteorológica causó que las autoridades cubanas implementaran una estrategia para regular el consumo de agua en Ciudad de la Habana. De ahí que el deseo general coincidiera en la plegaria: “¡Ojalá que llueva!”.

Para estas personas estos primeros días de julio fueron de alegría común. Así asintió una anciana que se refugiaba en un portal habanero, durante el aguacero del sábado: “la lluvia siempre es buena, limpia la ciudad, la refresca. A mí no me importa esperar aquí: que llueva todo lo que quiera, mientras más, mejor”.

En el mes que menos aporta al período lluvioso en Cuba, según informes del Instituto de Meteorología, se registraron favorables acumulados de 95,3 milímetros y 54 milímetros de agua en la zona más sureña de La Habana, durante el jueves 6 y el viernes 8, respectivamente. Estas cifras tuvieron como principal saldo una considerable mejoría de las cuencas acuíferas de la ciudad.

La conveniencia de la lluvia

Además del abastecimiento de las represas y reservas naturales de la ciudad, las precipitaciones ocurridas durante estos días tuvieron un efecto gratificante entre la población.

En pleno julio, uno de los meses en el que se registran las temperaturas más altas del Caribe y ocurren menos lluvias, el agua corrió en riadas por las calles, nutrió los suelos y disipó considerablemente el ambiente de sudor y sofocaciones reinantes en La Habana.

La temperatura bajó hasta los 24° Celsius, y muchos capitalinos experimentaron un ambiente fresco y húmedo, muy añorado durante la actual etapa veraniega que para algunos comenzó en abril, dado el calor imperante.

De ahí que los habaneros continuaron sus actividades habituales bajo este evento meteorológico que, a pesar de la intensidad de algunos episodios, no detuvo la cotidianidad. De hecho, muchos transeúntes caminaron bajo la lluvia, sin cubrirse y limitándose a apurar el paso y sortear charcos. Mientras que otros, sobre todo jóvenes, practicaron el sagrado ritual caribeño de bañarse en el aguacero; siempre cuidándose de las descargas eléctricas.

Estas precipitaciones climatizaron a toda la ciudad y calmaron a muchas personas que sobrellevaban sus días solo por la esperanzada evocación de la cercana etapa vacacional y los célebres viajes a la playa.

La lluvia inesperada y el cambio climático

Este julio inició como tradicionalmente iniciaba el mes de mayo en la mayor de las Antillas. Los aguaceros torrenciales siempre fueron la identidad de dicho mes, por demás inicio de la temporada lluviosa en el archipiélago cubano.

La casi total ausencia de precipitaciones para los dos primeros meses de la temporada 2011, podrían considerarse como un índice de los cambios que ocurren en el clima caribeño, sobre todo en lo relativo a la variación de su régimen de estaciones.

Por lo pronto, es necesario para la capital cubana, como para todo el país, que esta función continua de treinta horas, y las variantes de tres horas de lluvia, se repitan. Porque a diferencia de otras regiones del planeta, en Cuba la gran preocupación de autoridades y ciudadanos es la tendencia a la sequía.