El estigma de ser mujer es un fenómeno terrible de la historia, cualquiera sea la religión que presida el fenómeno cultural. Un caso sobre el que sociólogos y psicólogos han escrito mucho. El teatro ha expresado un mundo de ficción de fabulosas consecuencias con personajes encantadores o feroces, pero siempre seductores, como si estas mujeres interpretadas por hombres tuvieran realmente posibilidades de un comportamiento plenamente independiente en la llamada vida real. Un curioso fenómeno del que dan cuenta numerosas expresiones teatrales de todos los tiempos antiguos.

Un recorrido histórico cargado de teatrales gestos

Magnus Hirschfeld, fundador del Instituto de Ciencia Sexual de Alemania, publicó en 1910 un estudio en el que conformó la palabra que señalaría el transformismo sexual por excelencia: travestismo; Die Transvestiten: "un imprevisto elemento de desorden que rompe toda armonía con el sistema psicosocial y sexual, abriendo caminos de inquietante significado".

Sin embargo, el teatro lo ha presentado desde sus comienzos: representación de un mundo distinto en el que los sexos se enamoran de sí mismos, se seducen rompiendo límites; en el origen, un temor sacrosanto a la mujer como ente independiente, de allí que hombres bellos debían interpretarlas recreando emociones que en la vida cotidiana no podían expresarse. Curiosamente, la mujer fue igualmente marginada en culturas muy diferentes:

  • Grecia/Roma: en las representaciones los papeles femeninos se encomendaban a jóvenes lampiños de femenina belleza. A menudo utilizaban máscaras que acentuaran la feminidad de sus personajes, muy marcado cada gesto. Al mismo tiempo, en numerosos relatos de la mitología aparece la transformación sexual como elemento dramático o morbosa atracción sexual. Por ejemplo cuando la reina Onfala toma a Hércules como esclavo y le somete obligándole a vestir de mujer, despojándolo de la piel de león que llevaba como símbolo de vigorosa virilidad. En el campo de las tragedias llama la atención el caso de Las bacantes, de Eurípides, donde el rey de Tebas se viste de mujer para espiar a su madre en el rito dionisíaco. Bajo el imperio romano sucede otro tanto. Un mundo en el que existen diosas, pero las vírgenes pueden ser sacrificadas tempranamente.El travestido era un ser privilegiado dentro y fuera de escena: representaba lo mejor de dos mundos: el coraje y la fuerza del dios Marte y la delicadeza de la diosa Venus.
  • Japón y China: hacia mediados del s. XVII se prohibió en el teatro kabuki japonés la actuación de mujeres. Años después sólo se permitieron las representaciones con jóvenes con el cráneo rapado en los papeles femeninos. Después se creó el llamado arte de los onnagata: artistas entrenados desde la infancia para encarnar papeles femeninos. Algo similar a lo ocurrido en China con la ópera tradicional, donde los papeles femeninos demandaban la formación de niños hasta bien entrada la juventud en un duro aprendizaje para "ser" mujeres en la voz y los ademanes (la película Adiós a mi concubina muestra en todo detalle este aprendizaje).
  • El teatro isabelino: especialmente asociado a obras de Shakespeare, durante el siglo XVI y comienzos del XVII se formaba a jóvenes para encarnar a mujeres. En 1660 se puso fin a esta norma legal.
  • También en el siglo de oro español, grandes autores esgrimieron el juego del travestismo, no ya en un sentido de censura, sino como expresión de posibilidades femeninas para participar activamente en los lances amorosos privativos de los hombres; por ejemplo, Las manos blancas no ofenden, de Calderón de la Barca, y Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, y Jerusalén conquistada, de Lope de Vega.
  • Mujeres travestis: la primera diva en interpretar un clásico del teatro masculino fue Sarah Bernhardt en el siglo XIX, quien encarnó a Hamlet, algo que también hizo la entonces joven española Margarita Xirgu. Mucho tiempo después, en 2010, Blanca Portillo realizó un prodigioso trabajo en el mismo papel. Julie Andrews estrenó primero en cine y después en teatro, ¿Víctor o Victoria?: el caso de una actriz que para obtener trabajo se hace pasar por un hombre.
  • Cabaret y revistas musicales: ambientes donde el juego de lo sexualmente prohibido siempre ha permitido —clandestinamente en tiempos de dura censura—, una explosión de sensualidad y risas, cuando no de prostitución y vorágine sexual: convertirse en "otra" u "otro" como excitante ejercicio de fascinante conversión.
El teatro y el show abrieron cauces al travestismo a lo largo del siglo XX. Un género en sí mismo atravesado por la locura de vivir en las dos posguerras mundiales, y hoy día en una sucesión imparable de espectáculos en los que se rinde culto y pleitesía a una transformación sexual aparente, divertida o misteriosa, pero que en todas las culturas antiguas reseñadas, también formaron parte de culturas en las que esta transgresión sexual formaba parte de admitidos placeres cotidianos.