La personalidad límite se ha venido utilizando como una suerte de comodín que no siempre se ajusta a lo que debe entenderse como trastorno límite de la personalidad (TLP), también conocido como Bordeline, tal como está indicado en el DSM-III-R. El concepto “límite” ha pasado a convertirse en una especie de “cajón de sastre” para todos aquellos casos donde el diagnóstico no está demasiado claro. Según algunos estudios, el TLP afecta a un 2% de la población, siendo más frecuente –el doble– en mujeres que en hombres.

Criterios diagnósticos en el DSM-lll-R para el trastorno límite de la personalidad

El DSM-III-R contempla ciertos rasgos que se encuadran dentro de una pauta generalizada de inestabilidad que afecta el estado de ánimo, las relaciones interpersonales y la imagen que se tiene de sí mismo. Dichos rasgos aparecen en los primeros años de la edad adulta y, para determinar un diagnóstico del TLP deben observarse, al menos, cinco de los siguientes rasgos:

  • Relaciones interpersonales inestables, donde los extremos de idealización y desvalorización son la característica común.
  • Comportamiento de riesgo para uno mismo, como puede ser el sexo, el gasto excesivo, las drogas, el hurto en negocios, la temeridad al conducir o los problemas con la alimentación.
  • Afectividad inestable tendente a la depresión, la irritabilidad o la ansiedad, y que por lo común suelen durar unas horas.
  • Ira inadecuada, intensa, o falta de control de la ira.
  • Amenazas, gestos o conductas suicidas recurrentes, o conducta autolesiva.
  • Perturbación de la identidad insistente, que se manifiesta por la incertidumbre respecto de dos de los ítems siguientes: la autoimagen, la orientación sexual, las metas de largo plazo, el tipo de amigos deseado o los valores preferidos.
  • Sentimientos crónicos de vacío o aburrimiento.
  • Esfuerzos obsesivos para evitar el abandono real o imaginado.

Evaluación del trastorno límite de la personalidad

La evaluación del trastorno límite de la personalidad, ante la ausencia de rasgos o características que lo identifiquen sin lugar a dudas, resulta más complejo que otras categorías diagnósticas. Teniendo esto en cuenta conviene observar las siguientes como posibles indicadores del trastorno límite de lo personalidad:

  • Problemas y síntomas cambiantes en cortos periodos de tiempo.
  • Síntomas o combinaciones de síntomas inusuales.
  • Reacciones emocionales intensas y desproporcionadas a la situación.
  • Conducta autodestructiva o crítica hacia uno mismo.
  • Impulsividad que posteriormente se reconoce como inapropiada o contraproducente.
  • Síntomas psicóticos de corta duración acordes con los criterios del DSM-III-R para la psicosis reactiva breve (susceptibles de convertirse en un diagnóstico erróneo de esquizofrenia).
  • Confusión respecto de las metas, prioridades, sentimientos, orientación sexual, etc.
  • Sentimientos de vacío.
En las relaciones interpersonales:

  • Ausencia de relaciones íntimas estables.
  • Tendencia a idealizar o denigrar a los demás, a veces cambiando radicalmente de un extremo a otro.
  • Propensión a confundir intimidad con sexualidad.
En la terapia:

  • Crisis recurrentes, con llamadas telefónicas al terapeuta, o requerimientos de trato especial en las sesiones programadas.
  • Mala interpretación de los dichos, intenciones o sentimientos del terapeuta.
  • Reacciones desmesuradas a los cambios de horario o de consultorio, a las vacaciones o la finalización de la terapia.
  • Escasa tolerancia al contacto ocular directo, al contacto físico o a la proximidad.
  • Ambivalencia generalizada.
  • Miedo o resistencia al cambio.

Tratamiento del trastorno límite de la personalidad

La intervención en el tratamiento del TLP, tal como sugieren Millon, Linehan y Young respectivamente, debe centrarse en tres enfoques básicos: construir un claro sentido de la identidad, optimizar la capacidad para controlar las emociones y modificar las creencias y los supuestos inadaptados.

Antes cabe señalar que el pensamiento dicotómico desempeña un papel importante en las relaciones extremas y en los abruptos cambios de estado de ánimo característicos del TLP, por lo que al reducir o, incluso, eliminar dicho pensamiento, se atenuarán los síntomas y se facilitará las aplicaciones terapéuticas propuestas por Millon, Linehan y Young.

En cualquier caso no se trata de una tarea sencilla, ya que supone para el sujeto límite un verdadero atentado contra su visión del mundo; un mundo donde el propio profesional suele incluirse como un elemento de peligro más. De ahí las dificultades para establecer vínculos de confianza y cooperación entre médico y paciente e iniciar una terapia cognitiva que, una vez logrado este objetivo, ayudará al control de impulsos y entrenamiento en habilidades sociales con el objeto de mejorar la relación interpersonal.

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