El pueblo azteca era principalmente agrícola, por lo tanto, le daba una relevancia capital a las temporadas de lluvia y otros fenómenos atmosféricos relacionados con sus ciclos de cosechas.

De allí que no es sorprendente que la veneración a las deidades del agua y de la vegetación, fuera algo de gran relevancia para la vida religiosa de los mexicas.

El dios más importante relacionado con las lluvias -y quizá uno de los númenes más venerados de México y Centroamérica prehispánicos- fue Tláloc, “el que hace brotar”, dios de las lluvias y del rayo.

Los muchos nombres de un dios

Los totonacos lo llamaban Tajín, los mayas Chac, los totonacos, Tzahui y los zapotecos Cocijo. El culto a Tláloc, en general, se remonta a los tiempos más antiguos de Mesoamérica.

La cultura olmeca, tan determinante en los derroteros de las civilizaciones del México Antiguo, ya veneraba a Tláloc, y lo representaba portando una máscara de tigre-serpiente, en ornamentos de las hachas de barro y jade, tan particulares de este pueblo admirable y ancestral.

En la gran ciudad de los dioses, Teotihuacan, las representaciones de Tláloc son tan numerosas, que superan a las de Quetzalcóatl y su relevante culto se extendió -muy probablemente-, a los pueblos circundantes, por el norte y el sur, de la zona de las grandes culturas de Mesoamérica.

Pasiones del panteón mexica

Tláloc, no fue una deidad creadora, de hecho, se trata de una divinidad creada, como otros númenes, por los hijos de la pareja divina. Tláloc tuvo como consorte a Chalchiuhtlicue, aunque, de acuerdo a otros mitos, esta última era su hermana. Como quiera que sea, Tláloc primero tuvo por compañera a Xochiquetzal, la diosa de las flores, pero le fue arrebatada por el astuto Tezcatlipoca.

Posteriormente, Tláloc tomó por consorte a Matlalcueitl, “la de las faldas verdes”, el cual era el antiguo nombre que tenía una montaña de Tlaxcala, población mexicana. Dicha montaña hoy día se nombra como la Malinche.

Tal mito hace patente la vinculación que los indígenas mexicanos captaban entre las montañas y las lluvias. Al final, esta misma relación les llevó a nombrar como Tláloc a la elevación que pertenece a la cordillera del Iztaccíhuatl y que incluso en nuestros días aun se conoce por tal denominación.

Los aztecas creían que el agua de las lluvias quedaba almacenada en profundas cavernas en las montañas y que, posteriormente escapaba a través de los manantiales. Por ello, en los códices es habitual identificar representaciones de cuevas colmadas de agua en su interior.

Y si bien, en general Tláloc era considerado como un numen benéfico, potestad suya era la ocurrencia de sequías, granizos, inundaciones, el hielo y el rayo. De tal suerte que su enfado era algo muy temido. Para apaciguarlo, se hacían en su honor, entre otros, sacrificios con prisioneros ataviados como el dios.

Máscara de serpientes

Tláloc fue muy representado en pinturas, esculturas y vasijas de barro. Por lo general, en el México profundo, si hay un pequeño monte en el centro de un valle, existen grandes posibilidades de hallar allí vestigios de ceremoniales y centros de culto del dios de la lluvia.

Una de las particularidades de Tláloc es que resulta muy fácil de reconocer, ya que este dios portaba una máscara con la apariencia de anteojos y bigotes. En realidad, lo que sucede es que su rostro se conforma de dos ofidios entrelazados, los cuales estructuran un cerco alrededor de los ojos y juntan sus fauces para darle forma a la boca de Tláloc.

Tal máscara aparece teñida de azul, puesto que es el color del agua, y se repite casi en todos los atavíos que porta esta deidad. El azul en Tláloc simboliza la nube de tormenta. Las nubes blancas se aluden en la vestimenta del dios a través de su aztatzontli, tocado de plumas de garza, que lleva en la cabeza.

En sus representaciones, Tláloc aparece, frecuentemente, portando un bastón adornado con flores, y sentado en un trono de jade: el fondo de estas ilustraciones deja ver gotas de lluvia cayendo del cielo. Además de llevar en la nuca un abanico de papel plegado, el dios adorna su cabeza con una joya unida a dos plumas de quetzal. Esta joya recibía en nombre de quetzalmiahuayo, que quiere decir “la espiga preciosa” y alude al maíz, tan dependiente de los designios del dios de la lluvia.