Rosa tiene un nombre mucho más bonito que este, más sonoro, pero probablemente no quiera decirlo. Ni siquiera sabe que su historia está colgada en este limbo al que llaman Internet. Es fácil perder la mirada en su rostro, en las líneas que rodean una mirada hueca, en los labios que se afanan en permanecer callados y en una nariz desfigurada a golpes. Aunque es el interior, el corazón, lo que realmente tiene en una llaga viva.

Violencia de género, entre palizas y pastillas

La mujer ahora está sola. Su hijo ha ido al médico a recoger recetas de pastillas para secar el llanto, para la depresión, y también para el corazón, y unos sobres para la cadera.

Rosa no puede con los dichosos dolores que le cosen todo el cuerpo. Le vienen de esos casi 80 años vividos, del frío, "que es muy malo para todo". Aunque también de las palizas que lleva años recibiendo de su propio hijo. El mismo que ahora va al médico por sus ungüentos. Aunque esta mujer agache la cabeza y se calle y se cierre como un molusco.

La ley del silencio ante el maltrato

Nada. Rosa no quiere hablar de las palizas, de las vejaciones, del intento de violación, del juicio que declaró culpable a su hijo de los malos tratos que le infligía y que le llevó a prisión hace unos años. Tampoco quiere hablar de la puesta en libertad que lo ha devuelto a la casa donde cometía las aberraciones. Hace tan solo unos meses que ha cumplido condena y se ha colocado frente a ella.

Rosa sonríe con la boca pero su ojo derecho escupe miedo, el izquierdo está tan caído que es difícil leer lo que dice. "El tiempo que su hijo ha estado en la cárcel, siempre ha intentado visitarlo. Y antes de que llegara a la casa, cuando se sabía que lo iban a poner en libertad, ya le estaba preparando la habitación. Es una pobre mujer", describen desde su entorno.

Patadas en el pecho

Oyendo el relato de quienes conocen su historia a uno se le atasca un sollozo en el pecho. Da escalofríos reproducirlo.

Lo cierto es que en el barrio están indignados al ver "a este sujeto" pasearse como un león por el pueblo. Ellos tuvieron que llamar a la Guardia Civil para que Rosa recuperara el aliento mientras que su hijo le endiñaba patadas por el pecho y le apagaba cigarrillos en el párpado. Esa fue la última escena que presenciaron, la que lo llevó a prisión.

¿Por qué no existe una orden de alejamiento contra el maltratador?

"¿Dónde está la Justicia? ¿Por qué no existe una orden de alejamiento", se pregunta mil veces al día una de sus vecinas que tampoco se llama Joaquina, pero que está empeñada en que nadie la reconozca. No se imagina que su verdadero nombre sólo sería una mosca aquí en el ciberespacio.

Es difícil sacar una historia en la que nadie quiere hablar. Pero aún resulta más irrisorio, que este hombre de mirada de culebras, que tiene antecedentes (más palizas a otros vecinos del pueblo) haya permanecido unos meses en la cárcel, ahora tenga la libertad en sus manos y pueda seguir golpeando a su madre como si nada hubiera pasado.

"Lo triste es que ella lo aguante", acierta a decir un hombre del barrio, sin caer en la cuenta de que lo verdaderamente triste es que mientras se escriben estas líneas, Rosa se crea que es una puta, una mala madre y que quien le ha clavado en los muslos los cristales de un cenicero, en el fondo, es una buena persona que la quiere y que se merece una oportunidad. Lo triste es que se mire para otro lado y que la casa de Rosa siga oliendo a miedo.