
- Símbolo de un pais - Roberto Candia
En toda tragedia se observan los extremos de la naturaleza humana. El egoísmo versus altruismo, saquedores y samaritanos, discursos y acciones.
Chile es un país que ha sido azotado muchas veces por la naturaleza. Es en dichos momentos donde se puede observar la verdadera cara de la humanidad.
Hay algunos gestos que se dan sin premeditación, como la historia del artesano Bruno Sandoval levantando desde los escombros del pueblo de Pulluhue la bandera chilena arrugada, sucia, rasgada, y que se ha convertido en el símbolo de todo un país. Otras son la síntesis de una vida, un atisbo de la trayectoria de gente que en momentos de catástrofes muestran su verdadera esencia.
La mujer que "jamás podría robar"
Marcela del Carmen Torres, hasta antes del terremoto era una modesta dueña de casa que ocupaba parte de su tiempo en trabajar haciendo aseo en una empresa. Vive en Hualpen, una ciudad de obreros y gente de clase media, entre Concepción y Talcahuano. Sintió en carne propia el terremoto en toda su magnitud.
Supo por radio que en un lugar determinado entregarían comida para los danmificados. Al llegar se encontró a cientos de sus compatriotas dedicados al saqueo y al pillaje. Ella se quedó a un lado con su hija intentando regresar a su casa.
Un periodista la abordó y le preguntó en directo para la televisión por qué no estaba en el grupo y ella, con su modestia respondió que "jamás podría robar, vine porque dijeron que darían alimento, pero no esto, nunca vi una cosa así". Con su gesto mostró la otra cara de la moneda. La de gente con necesidad que se niega a ser parte de la masa. La de personas honradas que no sucumben ante la presión de la turba. Ella dijo con su actitud que puede tener hambre, pero seguirá siendo honrada y con la fe de alguien con principios remató: "No faltará".
Lo que ella no se enteró, por no tener luz en su casa por casi una semana, es que animados por su actitud surgieron en Facebook varios círculos de fans que en pocos días tiene más de 53 mil personas que alaban su gesto. Se ha iniciado una campaña para que todos lo que admiran su valor, donen mil pesos (1 dolar y medio), y ya hay miles dispuestos para ayudarla.
Una persona que se atreve a decir no a una turba enceguecida y que no acepta la presión de otros en momentos tan difíciles, es digna de respeto y admiración.
El anciano sabio
Peralillo, hasta hace pocos días era un pueblo poco conocido en Chile. No obstante, una alusión de la presidenta de Chile, Michele Bachelet, lo ha puesto en el mapa de la conciencia de todo el país y el mundo.
Después del terremoto, Gerardo Cornejo alcalde del pueblo, constató que su propia casa, la municipalidad y casi todo el pueblo estaba derrumbado. En ese momento se sentó en el suelo y se puso a llorar.
Sin embargo, se le acercó su padre, un hombre de 93 años que le dijo: "Hijo, a un lado hay que poner a los que lloran, al otro lado hay que poner a los que quieren trabajar en la reconstrucción. Usted tiene que elegir donde va a estar".
A esa edad se han visto suficientes cosas como para entender que las lágrimas y la depresión en poco ayudan. Un sabio anciano se convirtió en la voz de los que creen que siempre detrás de la tormenta viene la bonanza.
Sin órdenes superiores
En ocasiones, en grupos tan férreamente jerarquizados como las fuerzas armadas, gestos como los del policía Moisés Molina son alentadores. Hasta el día del terremoto servía cerca de la localidad de Iloca, un pueblo frente al mar, en la costa del Maule, una de las zonas más afectadas.
Junto a su compañero Juan Carlos Ovando, vieron como el mar comenzaba a cambiar. Sin tener conocimientos técnicos sobre Tsunamis, y con la consigna de "es mejor prevenir que lamentar", dio la orden de abandonar el pueblo, sin haber recibido ninguna indicación en tal sentido de sus superiores.
Comenzaron con megáfonos a gritar a la gente que abandonara sus casas y se fueran. Las personas al saber que eran policías obedecieron en el acto. Al rato vino la primera de tres grandes olas que arrasaron el pueblo que hoy está completamente destruido. Su acción salvó muchas vidas y los habitantes reconocen en él a alguien que prefirió arriesgar una reprensión de sus superiores antes que lamentar la pérdida de una vida humana. En ese pueblo no hay ningún muerto ni desaparecido.
Este hombre demostró que a fin de cuentas la única orden superior que cuenta es la propia conciencia.
El paramédico que continuó ayudando
Constitución fue una de las zonas más afectadas. Allí murió la mayor cantidad de personas por el terremoto en Chile. Entre ellos, la esposa y la hija del paramédico Luis Gatica.
Cuando vino el terremoto estaba con su familia disfrutando de vacaciones en la zona. En ese momento fue arrasado por las olas del Tsunami que azotó el lugar y fue arrastrado en medio de la oscuridad. Trató de sujetar a su esposa e hija, pero la fuerza de las aguas se las arrancaron de los brazos. No las volvió a ver.
Logró sobrevivir aferrado a botellas plásticas y a un tronco con el que se mantuvo a flote.
Sin vivir su duelo y sin dejarse vencer por el dolor, se dedicó luego a ayudar a conocidos y desconocidos, en el albergue donde fueron trasladados algunos de los sobrevivientes. El afán de servicio pudo más que su tristeza.
Conclusión
Seguramente seguirán surgiendo otras historias que le dan una dimensión diferente a esta catástrofe. Es difícil elegir entre tantas que se narran, y que lo único que hacen es darnos la seguridad de que siempre en medio del dolor y la tragedia surge la solidaridad y la esperanza.
