Cuando los analgésicos no son la solución

El mercado mundial de las drogas analgésicas antipiréticas antiinflamatorias no esteroides (AINEs), en 1.991 era de 6.000 millones de dólares. Es un mercado en franco crecimiento, indicativo de los estragos del dolor crónico y con las consecuencias de efectos secundarios en detrimento de la salud.

Muchos tienen la creencia (y la esperanza) de que el dolor es algo controlable y pasajero: aplicar analgésicos y esperar el pronto alivio. Pero cabe destacar que el dolor tiene dos componentes: uno físico, o sea la sensación desagradable en sí, y un factor psicológico que incide negativamente en las emociones de quien lo padece. Cuando un dolor se hace resistente y no se aplaca con nada, el mundo del paciente se trastoca, causando un sentimiento de impotencia, frustración y hasta depresión, y puede repercutir en las actividades cotidianas, laborales y sociales del individuo, convirtiéndoles la vida en un verdadero calvario.

En estas bases, algunas condiciones incurables como la fibromialgia, la artritis y hasta algunos tipos de cáncer, no sólo producen una incapacidad funcional ocasionada por la condición en sí y por el dolor asociado, sino que además son causa de sentimientos de rabia, ansiedad o miedo en los pacientes, en sus familias y en sus entornos.

Otra visión del dolor: Cuerpo y mente

La imposibilidad de curación de algunos tipos de dolor es difícilmente aceptado por el paciente; es lógico que se resista a asumir que una determinada dolencia le va a acompañar siempre y que sólo puede aprender a convivir del mejor modo con ella. Lamentablemente esa es la realidad de muchos síndromes asociados al dolor crónico.

Surge la necesidad de abordar el dolor desde otro ángulo, a fin de restablecer un mínimo balance en el individuo: una nueva visión en la que se reconozca la existencia inevitable del dolor, pero en la que se pueda seguir viviendo con ilusión, más allá de la búsqueda de un remedio que, a veces tarda en llegar. Es mejorar la calidad de vida del paciente a través de terapias alternativas con enfoques holísticos que pueden ser considerados, ante la posibilidad de una falta de cura, como estrategias de facilitación para afrontar el dolor.

Las prácticas como la relajación y la meditación son elementos terapéuticos frecuentes en el alivio del dolor, y generalmente están asociados a otras técnicas, tales como la acupuntura y la reflexología, formando parte de programas multidisciplinarios.

Cabe destacar que, aunque estas prácticas no tienen un efecto directo sobre el control del dolor, su acción tranquilizante produce una reducción de ciertas actividades fisiológicas que ayudan a paliar y a comprender el dolor.

La relajación produce en forma genérica, una reducción de la tensión física y/o mental y permite que el individuo alcance la calma, reduciendo sus niveles de estrés causados por el dolor. La relajación de la tensión muscular, junto al descenso de la presión arterial, del ritmo cardiaco y de la frecuencia respiratoria son algunos de sus beneficios que inciden en el manejo del dolor.

La meditación constituye la práctica de atención concentrada ya sea sobre un objeto externo, un pensamiento o la conciencia, y ayuda enfocar a la atención en las zonas afectadas y comprender las sensaciones que las acompañan.

Aunque muchos pacientes han reportado mejoras en sus condiciones de dolor crónico, no se dispone de evidencia científica que apoye la eficacia de algunos métodos.

No perder la esperanza

Cuando se ha probado todo y se ve como la vida y las relaciones se resienten por causa del dolor crónico, se tiende a perder las esperanzas de que éste pase. Pero hay esperanzas para seguir viviendo.

Es importante encarar el dolor crónico desde muchos ángulos en búsqueda de alivio, pero antes de establecer cualquier tratamiento, se debe consultar con el médico para determinar las causas y el tratamiento más conveniente para cada condición particular.

Es importante comprender y admitir que existen sensaciones corporales que no se pueden controlar y cualquier intento de control lejos de ayudar, pueden empeorar la condición añadiendo estrés a la ecuación. Aceptar que hay limitaciones en la capacidad corporal que obligan a restringir la vida, y aprender que se puede seguir luchando por lo que importa, aunque sea de forma un poco más limitada.

Lo importante es no rendirse, ser pacientes pero perseverantes, ser gentiles con uno mismo, y probar diferentes técnicas supervisadas por su médico.