La juventud es, para muchas culturas, el estado ideal del ser humano, la etapa de la vida en la que el cuerpo experimenta el máximo de sus potencialidades: fortaleza, vigor, energía, flexibilidad, belleza y salud, es decir, condiciones óptimas al igual que las inherentes a las capacidades intelectuales. En el mundo actual, tales condiciones poseen un altísimo valor, al punto que son parte fundamental del éxito en muchos ámbitos de la vida en sociedad: negocios, romances, y relaciones en general.

De ahí la imperiosa necesidad de mantener una apariencia fresca y juvenil, aun cuando el calendario indique que se transita otra etapa de vida. Tal necesidad es válida pues todo apunta a que después de cierta edad, las personas no tienen nada que ofrecer y menos que buscar en materia de logros profesionales, expansión de negocios, éxitos artísticos, estudios, amores, deportes, en fin, nada que suponga un comienzo, una renovación, un cambio. Antes bien, se espera que la gente madura se ocupe de conseguir una buena jubilación y, a lo sumo, ponga en marcha algún pasatiempo, viaje, apoye a los hijos y a disfrute del merecido “reposo del guerrero”.

Asumir los cambios positivamente

Pero la vida está en constante evolución, y si bien el mundo no está exento de conflictos, existe hoy por hoy en la mayoría de los países, una mejor calidad de vida, de manera que cada día son más las personas de mediana edad que gozan de buena salud, y gracias a los avances tecnológicos y otros factores como la información disponible y al alcance de todos, aumentan las expectativas de una vida más activa de la que llevaban anteriores generaciones.

Sin embargo, el deseo de mantenerse activas por un lado, y por otro lado la necesidad de verse jóvenes, lleva a muchas personas a negarse a sí mismas el hecho real e inevitable de que están envejeciendo. Allí se inicia el conflicto con la edad real y la que se desea aparentar. Lo sano es que exista un equilibrio que le permita al hombre y la mujer maduros, aceptar la vejez como una etapa más de la vida, que puede perfectamente vivirse a plenitud, con intereses renovados, cuidando la salud y la apariencia física, mientras se experimentan los cambios y se hacen pequeños ajustes cotidianos como parte del proceso.

Madurez, divino tesoro

Una forma positiva de abordar el envejecimiento es rechazar el supuesto de que ciertas cualidades y emociones son propias y exclusivas de la gente joven. Es sumamente común escuchar frases como “soy mayor pero de espíritu joven”, o “me siento feliz como si tuviera 20 años”, cuando lo correcto, lo sano y válido es decir:

  • Tengo 50 ó 60 años y soy feliz.
  • Soy un hombre maduro, de espíritu maduro y alegre.
  • A mis 50 ó 60 años me falta mucho por hacer, tengo energía, tengo fe.
La felicidad, la alegría y el entusiasmo pueden experimentarse y se experimentan a cualquier edad, las justificaciones del tipo “como si tuviera 20 años” o “de espíritu joven”, no tienen cabida cuando se valoran las experiencias vividas a través de cinco o más décadas de existencia, afortunadamente es imposible sentirse como de 20 años nuevamente.

Todo tiempo pasado… es pasado

Atrás han quedado la incertidumbre de la adolescencia y la búsqueda de modelos a seguir, el peligro de extraviar el camino, la juventud plena con sus obligaciones académicas y los primeros amores, los errores, los primeros retos labores, la férrea competencia, los horarios, la crianza de los hijos, las decepciones y también muchas alegrías, graduaciones, nacimientos, logros profesionales y económicos, la lucha diaria. Cuando se mira hacia atrás y se da el justo valor a la vida que se ha llevado, a la familia, a los amigos, a los aportes hechos a otras personas, a los éxitos y fracasos, se sabe con certeza que no se tienen 20 años, pero además, si un sortilegio permitiese el regreso momentáneo a esa época, no se tendría la suficiente sabiduría para aquilatar semejante tesoro.

Valorar el camino recorrido

Si bien la vejez para muchos es sinónimo de limitaciones, que las hay sin duda, para otros puede ser sinónimo de libertad. Se es lo que se es, no hay que complacer a nadie, se han ganado los afectos definitivos, quedan descartadas las relaciones impuestas o por conveniencia, no hay que cumplir horarios, se está libre de conflictos sexuales, de luchas y competencias; puede entonces volcarse la mirada hacia adentro para explorar el mundo interior sin distracciones, y agradecer tanta riqueza y oportunidades. Y con esa paz silenciosa, emprender una rutina colmada de lujos.

Y así se llega al punto en que leer, escribir, cocinar, escuchar música, ayudar a otros, pasear, dormir, conversar con los jóvenes de la familia, disfrutar del jardín y del vino, pueden marcar la diferencia entre una vejez vacía y una vida plena hasta el último aliento de vida. Trabajar desde la madurez valorando cada día la propia existencia, es el antídoto contra el temor a envejecer.