La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela en teatro, 70 años después de su publicación. Un empeño muy difícil que se ha logrado con humildad y mucho teatro del bueno: los actores a la intemperie, en un decorado fijo, a merced de sus posibilidades recreando personajes muy ajenos a su vida y estilos habituales: la España rural de 1887 a 1937, localizada en una zona de Extremadura, pero reflejo al fin y al cabo de un mundo miserable que se ha dado en muchas regiones recónditas.

Una confesión cara a cara con el público

En esta versión escrita por el productor y director Tomás Gayo se va a lo esencial de las encendidas pasiones de los personajes, en realidad madre-hijo y forastero, con tres mujeres que aman al protagonista cada una a su manera, todos víctimas de una espesa claustrofobia en el campo, entre cerdos que devoran lo que encuentran, incluso seres humanos desvalidos, y buenas yeguas que voltean embarazadas muy a su pesar.

El gran acierto de la versión es la manera de interpretar el precioso lenguaje castellano del libro original, lo que se aprovecha muy bien para recrear al clima tremendista desarrollado con apenas nada en escena; un viento cuyo sonido estremece, "y el mal aire" que mata bebés en un contexto de miseria social y moral donde la violencia de los padres entre sí y con los hijos es una constante como si la vida pudiera resolverse a golpes, como si a golpes pudiera llegarse a ese poco de amor que de pronto les arrebata.

Pascual Duarte está en la cárcel no más empezar la función y habla con el cura bueno, comprensivo, de sotana sucia y barriga prominente que pasea con indiferencia y resignación su fe repetitiva y vacía de contenido. Pascual Duarte se dirige al público para contar su historia, su primer homicidio y la segunda vuelta una vez que tuvo la desgracia de que le liberaran de la cárcel a pesar de su larga condena.

Miguel Hermoso, excelente Pascual Duarte

El final de la representación crece a muy buen ritmo y tiene gran capacidad de sorpresa electrizante, muy especialmente para quienes no conocen o no recuerdan la novela. La carga dramática está muy bien distribuida y el director siempre ha sabido poner un toque de distanciamiento en la constante representación junto al relator: un Pascual Duarte que narra e interpreta su propia experiencia. Todo un acierto de dirección e interpretación.

Miguel Hermoso, como Pascual Duarte, logra un trabajo admirable, siempre descubierto ante el espectador en un relato alejado de todo melodrama descarnado, prestando voz y expresión corporal adecuados para entrar y salir de muchas situaciones: triste, formal, simplemente serio, felizmente enamorado con sus tres días mágicos en Mérida, aquella luna de miel a la que llegaron montados en la yegua de la casa familiar, y en definitiva brutalmente violento contra un hombre siempre odiado y un familiar temido y odiado también a lo largo de toda su vida.

Del amor supo mucho, pero nunca suficiente como para enseñarle caminos diferentes. La familia de Pascual Duarte ofrece un panorama muy estricto, sin matices: incapacidad de amar en madres terriblemente amargadas y dolidas por una vida de extrema dureza, y dichosas mujeres que se contentan con un poco de ternura a la hora de liberar su deseo sexual. Pascual Duarte es amado por la irresistible vitalidad de su hermana, y sus dos mujeres, pero la muerte brota de sus peores "imaginaciones" para hacerse eco matando a sus hijos antes y después de nacer.

La violencia y la muerte como una presencia monstruosa que todo lo carcome arrastrada por el viento de una región que golpea la miseria hasta hacerla imposible de sobrellevar.

Emocionante calidad interpretativa

Junto a Miguel Hermoso (a quien recientemente se aplaudió en La avería), Tomás Gayo, autor a su vez de la versión teatral de la novela, es el cura manso pero a la vez impotente para corregir un destino irresistible, una rueda visceral de la que apenas sabe nada. Ángeles Martín aporta una vitalidad arrolladora en su persona de joven díscola y libertina, capaz de salvarse contra viento y marea de tanta miseria y de acomodarse "con el hijo del señorito".

Lola Casamayor y Sergio Pazos han de lidiar con los personajes más duros y menos atractivos de la función. Para ello el director sirve bien un plan de trabajo en que no se acentúa el carácter de malos o perversos, sino las características precisas de comportamientos de marcado carácter social.

En un marco de gran riqueza interpretativa destaca ampliamente Ana Otero: calidez, ingenuidad y sexualidad desbordante del mundo rural, sin prejuicios ni melindres, luego madre protectora y después desesperada ante la muerte de la criatura. También muy encantadora Lorena de Val en breve personaje, portadora de la posibilidad de un mundo nuevo para un Pascual Duarte incapaz de remontar su tragedia original.

Con dirección de Gerardo Malla, actor y director de justo prestigio y rigurosos conocimientos escénicos, La Familia de Pascual Duarte permanecerá en cartel en el Fernán Gómez hasta el 4 de marzo. Se producirá un Encuentro con el público el jueves 23 de febrero con la presencia del equipo artístico de la obra. Entrada libre hasta completar aforo. Después de la función, alrededor de las 22 horas.