En mitad de una crisis económica como la actual, un pequeño empresario se quejaba a un amigo: “Tengo que cuidar de mi negocio para cuidar de mi familia, pero en mi familia invierto un dinero que necesitaría para sacar a flote mi negocio. Y con esta crisis, me asusta cómo salir bien de todo”. El amigo le recomendó que sopesara sus prioridades. Después de un tiempo, volvieron a encontrarse y el empresario dijo a su amigo: “Me divorcié de mi mujer, dejé de pasar dinero a mis hijos para salvar mi negocio; pero ahora resulta que no tengo casa, tengo que costear un alquiler, más lo que un juez me impuso pagar a mi ex mujer, y el negocio sigue yendo mal. Tengo miedo de lo qué será de mi, en el futuro”. El amigo le aconseja que minimice gastos en el negocio; el empresario despide a sus empleados, recorta en lo que puede, pero entonces no tiene lo que necesita para su trabajo, y pierde clientes al no poder atenderles. Vuelve a encontrarse con su amigo tiempo más tarde y le dice:” No tengo familia, ni casa, ni trabajo; de lo que tenía anteriormente solo me queda el miedo”.

Lo anterior, que podría parecer solo una fábula más, es lamentablemente una realidad en muchos casos. El miedo al futuro, el pánico generado por la falta de trabajo y de expectativas, bloquea muchas mentes, paraliza empresas y destruye muchas familias. De hecho, está siendo considerado como una alteración mental más, con características de fobia.

La lucha por la supervivencia

Huir de las responsabilidades solo suele crear nuevas responsabilidades y mucho dolor. Encararlas, además de más satisfactorio personalmente, a medio o largo plazo, es más efectivo. Hay veces en que demasiadas cargas personales abruman tanto a una persona que no sabe delegar, compartir o expresar su angustia, que piensa que la única solución es huir de lo que le agobia como si tratara de “echar lastre”.

La incertidumbre ante el futuro ha sido algo que ha asustado principalmente a los jóvenes de todas las épocas; qué hacer con los estudios si no marchan bien, qué profesión elegir, o cómo emanciparse de la familia, son temas que solían inquietar el ánimo del joven inexperto.

Pero, hoy en día, por motivos sociales y económicos que todos conocemos, ese temor que la juventud ayuda a soportar y combatir, se ha instalado entre la población general provocando unos índices alarmantes de trastornos de la personalidad, ante la competitividad por la supervivencia y el bienestar. A esta psicopatología se le llama también trastorno de evitación existencial.

El miedo es un alto condicionante de la conducta. Los psicólogos saben que una persona con miedo a algún factor supuestamente externo, lo interioriza tanto que suele convertirlo en su principal obsesión. El temor incontrolado a volar, a alguna clase de animal, a los lugares cerrados o a espacios elevados o abiertos, por ejemplo, son considerados fobias que precisan de una larga y cuidada terapia para ser superadas.

Quien padece una de estas fobias, acaba temiendo al objeto que la provoca y a los efectos de la propia fobia, inconscientemente. Para protegerse, solo intentará la evitación, con lo que se recrudece el problema.

Tener miedo al futuro que nos aguarda no es propiamente antinatural, siempre y cuando se afronte ese temor mediante la acción y la no evitación del día a día. Todos tememos por nuestro futuro en algún momento, lo enfermizo es llegar a tener miedo del miedo, miedo de vivir por lo que pueda pasar.

El miedo que viene de dentro

Las circunstancias difíciles suelen agotar y atemorizar. Pero el principal problema se crea en la mente de la persona agobiada. Son esos pensamientos negativos que se instalan en la cabeza del afectado, martirizándole obsesivamente con ideas de desastre e incapacidad. Se ha comprobado científicamente que un pensamiento negativo repercute de seis a siete horas en el organismo, pudiendo provocar alteraciones de distinta índole.

El miedo suele atacar a la zona del estómago, donde se localizan las primeras molestias, extendiéndose con el tiempo al pecho y músculos de la espalda, cuello y brazos. La sensación de estar enfermos, unido al temor inicial a qué nos deparará el futuro, puede provocar numerosas enfermedades reales.

El miedo paraliza, obsesiona y se contagia. Un estudio, realizado en Estados Unidos, demostró en las resonancias magnéticas de cuarenta voluntarios que la angustia por lo que puede suceder se graba en el cerebro con la misma intensidad que una experiencia negativa real.

Racionalizando y razonando

El miedo es una emoción que no puede controlarse con la voluntad de ignorarlo. Luchar contra él, intentando apartarlo, solo provoca que se intensifique. En lugar de rechazar el temor, es mejor aceptar que se tiene, en primer lugar, para luego afrontarlo racionalizando los pensamientos.

El futuro es aún un fantasma, algo inexistente en el momento presente. Lo absurdo de temer algo que no ha sucedido, y probablemente no tenga por qué suceder, es ya una idea que la mente puede comprender igual de bien que el concepto autodefensivo del temor. Preguntarse por qué tenemos miedo, y por qué imaginamos que el futuro puede ser desastroso y no una oportunidad de cambio, es un paso hacia el razonamiento positivo y la esperanza.

Lo que el miedo al futuro presenta es una falsa evidencia que parece real, pero que ni siquiera ha ocurrido. Reconocer ese miedo, acercarse a la sombra que proyecta en nuestra mente y nos paraliza, es empezar a disolverlo.

Por acción u omisión, el futuro personal lo forja cada uno con sus actos. Racionalizar esos actos, ocupándose de mejorar u explotar nuestras posibilidades con lo que tengamos al alcance en cada momento, hará que veamos nuevas salidas donde antes solo veíamos barreras creadas por el temor.

Una vieja máxima, atribuida a Julio César, dice: “divide y vencerás”. El miedo nos encarcela, apartándonos de los demás, segregando. Si, por el contrario, buscamos ayuda en quienes nos quieren, trabajan con nosotros y/o pueden dar un nuevo enfoque a nuestra vida, uniremos fuerzas y evitaremos esas desgracias que tanto teme quien teme al futuro. Y no sufrirán las consecuencias de nuestro miedo y decisiones equivocadas ni quienes nos rodean, ni nuestra personalidad.