Al hablar de la primera civilización de la historia de la humanidad, conviene distinguir los aspectos fundamentales que la diferencian de los periodos anteriores que conforman la prehistoria.

La prehistoria humana, siempre susceptible a las modificaciones que aportan los nuevos descubrimientos, abarca un periodo de dos millones de años. Dentro de lo que se conoce como la Edad de piedra, el paleolítico fue el periodo más extenso, dividido a su vez en superior, medio e inferior. Al Paleolítico le siguió el mesolítico y, hace unos diez mil años, el neolítico.

La Edad de piedra daría paso a la Edad de los metales, también subdividida en tres periodos: Edad del cobre, Edad del bronce y Edad del hierro. Esta última ya nos introduciría en periodos históricos.

Los elementos que, en definitiva, permiten constatar la transición hacia la historia, son los asentamientos urbanos y la aparición de la escritura como medio para comunicarse. Los sumerios, en el IV milenio a.C., fueron los primeros en hacerlo y en sentar las bases de las futuras civilizaciones.

Mesopotamia: la cuna de la civilización

El territorio donde prosperó esta sorprendente civilización estaba situado al sur de la actual Irak. Mesopotamia, ubicada entre los ríos Tigris y Éufrates, y cuyo significado es, precisamente, “entre dos ríos”, floreció al abrigo de la agricultura, de ahí que también fuera conocida como “creciente fértil”, debido a su forma de media luna y a sus condiciones excepcionales para el cultivo.

El agua hizo de Mesopotamia un lugar privilegiado, sin embargo carecían por completo de materias primas. De esta necesidad nacería el comercio. Conocidos son sus contactos con lugares como Anatolia, Siria, el Cáucaso o Líbano.

Con las necesidades agrarias cubiertas aparece la especialización y el intercambio. Esta nueva realidad encuentra su mejor hábitat en las novedosas ciudades, convertidas posteriormente en ciudades-estado, y que además resultaron ser mucho más eficientes a la hora de defenderse de los ataques de otros pueblos invasores.

La aparición de las ciudades supone una auténtica revolución a diferentes niveles. Nacen las clases sociales, surgen nuevos productos que incentivan el comercio y aparecen reyes y sacerdotes que acaparan el poder.

Sumeria

No hay consenso sobre la procedencia de los sumerios ni tampoco se ha hallado prueba alguna que vincule su lenguaje con la de otros pueblos o culturas. Sea como fuere, a principios del cuarto milenio a.C. llegaron a Mesopotamia para instalarse y forjar una de las civilizaciones más extraordinarias.

Es importante señalar que Sumeria en raras ocasiones pudo considerarse un país unido, sino que se constituyó como un grupo de ciudades-estado independientes que, no pocas veces, entraban en conflicto.

La historia de los sumerios engloba tres grandes periodos; el predinástico, que va de 2900 a 2300 a.C. y que finalizó con la aparición de los acadios. Precisamente el siguiente periodo, que va de 2300 a 2200 a.C., se conoce como el imperio de Akad, en el cual, Sargón, reconocido como el primer emperador de la historia, tras múltiples batallas, lograría hacerse con el mayor imperio de la historia sumeria.

Pero el gran imperio heredado de Sargón no tardó mucho tiempo en desmoronarse. Se inicia la época neosumeria. Estos últimos 400 años estuvieron marcados por guerras constantes que pusieron en jaque la estabilidad sumeria. Fue en 1800 a.C., con la incursión de los amorreos, que la etapa sumeria tocaría definitivamente a su fin.

La escritura en tablas de la antigua sumeria

De Sumeria proceden los primeros textos conocidos. A finales del IV milenio a.C. se desarrolló un tipo de escritura conocida como cuneiforme (en forma de cuña). Las tablillas de arcilla eran el material originario sobre el que se empezó a escribir, al principio con pictogramas que representaban los objetos. Posteriormente la escritura adquiriría su concepto abstracto que conocemos en la actualidad. Acadios o hititas, entre otros, serían los depositarios, no solo de la escritura, sino de buena parte de la cultura sumeria.

La religión en la antigua sumeria

Hay algunas cosas tan antiguas como la propia humanidad. La religión es una de ellas, y para los sumerios supondría uno de los principales ejes vertebradores de su civilización. Puede afirmarse que la herencia sumeria ha transitado ininterrumpidamente por la historia de las civilizaciones hasta llegar al día de hoy. Así pues, muchos aspectos que se asocian a nuestra propia cultura, de hecho provienen de Sumeria. Y la religión no es en absoluto ajena a esta realidad.

El primer libro de la Biblia, el Génesis, ya deja testimonio de que el patriarca Abraham procedía de Ur; una de las ciudades estado de Sumeria que, si nos circunscribimos a la época que hace referencia, podría inferirse que tal vez huyera de las constantes invasiones que, a la postre, terminarían con la hegemonía sumeria.

Los paralelismos también incluyen algunos episodios por todos conocidos, como por ejemplo Adán y Eva. El original sumerio nos relata: “Ki creó con la costilla de Enki una diosa, Nin-ti, que significa mujer de la costilla”. Las referencias al paraíso también son evidentes: “Enki creó un lugar donde el hombre podía vivir sin miedo a los animales; un lugar sin terror, pero Enki descubrió un comportamiento inadecuado en los humanos y los expulsó.

Existen múltiples ejemplos que no dejan lugar a dudas respecto a la inspiración de la Biblia, como el que hace referencia al diluvio: “Durante 7 días y 7 noches llovió sin parar pero Ziusudra, avisado por el dios Utu, creó un barco donde guardó ejemplares de semillas y animales. Cuando dejó de llover, y apareció el sol, Ziusudra hizo el sacrificio de una oveja al dios Utu”.

Y para terminar, otra referencia que nos trae a la mente los hechos protagonizados por Caín y Abel: “Dos dioses, Emesh y Enten, que inicialmente fueron encargados por Enlil , uno de las cosechas y la agricultura y otro de los animales y el ganado, tuvieron una gran disputa”.

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