La Chunga tiene en su protagonista el carisma y el arraigo de las grandes heroínas trágicas del teatro universal. El mundo canalla de la prostitución a caballo de la realidad y la fantasía en una poética visión de personajes atrapados en un círculo de miseria y perversión.

Piura, Perú, años 40. El mundo, aquí y ahora.

A diferencia de los complejos conflictos de las mejores novelas del escritor (La guerra del fin del mundo, La fiesta del chivo o ¿Quién mató a Palomino Molero?) donde se entrecruzan la miseria moral de los más débiles con la codicia de los poderosos, aquí se presenta un desfile de sombras humanas con escaso desarrollo pero con un lenguaje teatral muy sugerente, ideal para un director tan creativo como Joan Ollé, quien ha logrado un despliegue de violencia sexual y ternura en el que todo confluye armónicamente.

Un riesgo considerable que conmueve y torna muy actual esta tragedia en torno a la explotación sexual de las jóvenes en Piura, ciudad peruana de la infancia del autor. Transcurre en 1945. Tiempo y lugar que tornan localista la situación, pero con un enfoque escénico tan bien bruñido que aquí y ahora podría suceder en cualquier lugar de los cinco continentes, porque se trata de una tragedia en continua evolución económica,

Lo que pide el cafiche (proxeneta) que las enamora y malvende al burdel en 1945 en el Perú, es hoy día la mayor fuente de ingresos mundial: "Yo tengo ambiciones, carajo. Yo quiero tener plata, tener mi auto, mi casa, mis sirvientes.... Yo me encargo de las chicas. Todas de primera. En la Casa Verde les cobran el cincuenta por ciento, nosotros les cobraremos el cuarenta. Conseguiré las mejores. Hasta virgencitas, ya verás. De quince, dieciséis añitos..."

Pero la Chunga ofrece resistencia. Ella, tan seca, tan amarga, tan reservada, guarda un secreto que a nadie divulgará, excepto a nosotros, los espectadores de su desgracia y su ilusión: el amor por una noche de la jovencita bella, firme candidata a pasar de los brazos de Josefino a putear en La Casa Verde (burdel que tiene una novela homónima del mismo autor).

Un espectáculo fascinante y desgarrador

En el año 1945 en el viejo bar que regenta La Chunga, donde cuatro amigos, Los Inconquistables, beben y juegan a los dados. Uno de ellos, Josefino, pierde gran cantidad de dinero y ofrece en prenda su acompañante Meche, una joven ingenua que se había quedado prendada de ella. Ambas suben a la habitación de la dueña del bar y nunca más se sabe de la muchacha. Sin embargo, en escena se suceden las especulaciones de unos y otros sobre lo sucedido, sus imaginaciones y sus temores...

Cuando la Chunga se quita la abundante ropa que deforma sus líneas femeninas y desnuda abraza el cuerpo de Mechita, sabemos que ya nada será como antes, por mucho que sucedan situaciones terribles entre la imaginación y la realidad de los clientes de siempre. Más adelante se producirá un diálogo clave:

Meche.- Tú podrías ser bonita...

Chunga (Gritando).- ¡No quiero ser bonita! ¡Nadie me respetaría!

Alrededor de las dos mujeres están el cafiche, el romántico, el pedófilo y el onanista: cada uno con su mejor pesadilla o dulce obsesión. Pero las escenas claves están en manos del cafiche y la Chunga: Asier Etxeandia y Aitana Sánchez Gijón, ambos en personajes rudos en los que no les habíamos visto, necesitados de una energía enorme y una concentración muy grande para mantener tan alto no sólo la rudeza de sus postulados, sino las contradicciones de personajes trágicos, y por lo tanto sin salida, es decir, extraordinarios.

Mucho de esta revelación de la obra original está en las manos de un director como Joan Ollé, que ha resuelto, pulido y mejorado zonas que, en el papel, no parecían dar mucho de sí.

Y todo con un reparto impecable en el que:

  • Tomás Pozzi (Hay que purgar a Totó, Coriolano) hace un bufón excesivo hasta que le da la vuelta y compone una brava secuencia en el desenmascaramiento del pedófilo;
  • Jorge Calvo es un romántico muy tierno, un actor notable que nos brindó recientemente dos trabajos muy opuestos: fue Rubén Darío en Luces de Bohemia, y un dechado de diversión múltiple en El inspector, de Gogol-Del Arco;
  • Rulo Pardo trabaja con precisión el personaje menos desarrollado y libra su mejor victoria en la situación menos agradecida: la de la masturbación a los pies de la Chunga;
  • Asier Etxeandia (La avería, El intérprete) se lanza en su bárbara escena de confrontación, violación y fracaso, y la domina con la fuerza de un canalla sin remisión y a la vez la debilidad de un miserable borracho que quiere ser poderoso.
  • Irene Escolar (Oleanna, De ratones y hombres, Agosto) continúa dando mucho talento en la órbita de su madre y tía, Irene y Julia Gutiérrez Caba: recuerdo emocionado para dos sensacionales actrices, la primera fallecida hace tiempo, y la segunda muchos años retirada del teatro. Esta Meche le exige una sexualidad apetecible en el ensueño de la ingenua muchacha que quiere ser como las chicas de las películas... mientras se encamina hacia el infierno.
  • Aitana Sánchez-Gijón (Un dios salvaje, Babel): eminente, en una dimensión nunca antes vista. Muchos pensaron que no podría con la tesitura de este bronco personaje. Entre ellos el autor, que le pidió disculpas la noche del estreno por habérselo dicho. Más mérito aún tiene su triunfo final porque es evidente que lo ha creado con un estrés mayor de lo habitual, a contracorriente, con el apoyo incondicional de un gran director.
Mención aparte para la escenografía de Sebastià Brosa y el movimiento escénico de Andrés Corchero, quien ha logrado que los intérpretes resuelvan con seguridad situaciones físicas muy comprometidas. Y la turbadora canción final, "Mechita", interpretada por Silvia Pérez Cruz con la cadencia singular que la caracteriza.

La Chunga, Teatro Español, del 25 de abril al 30 de junio.