Si se hiciera una retrospección en el tiempo se podría observar que el papel de la mujer en la sociedad ha estado relegado a un segundo plano durante la mayor parte de la historia. Quizás muchos catalogarían esta afirmación de anacronismo, sin embargo, no hace falta irse tan lejos como parece pues, a tan solo unos pocos kilómetros de la península ibérica, existe una cultura misógina que data ya de 1388 años de existencia. A pesar de todo, el ámbito religioso debe dejarse de lado puesto que el germen que azotaba la situación de la mujer se remonta a un tiempo muy anterior.

Fue en las primeras civilizaciones cuando el estigma de la mujer comenzó a nacer. Su naturaleza parecía sorprender, con mucho, la visión del hombre que, extraño a la sabiduría, no sabía explicar muchos de los fenómenos que le rodeaban.

Es cierto que en las culturas politeístas existían figuras divinas con forma de mujer, sin embargo, o eran divinidades menores como las musas griegas o bien, las historias respecto a su figura eran despectivas y vituperantes. Esto se puede observar en mitos tan famosos como el del ánfora de Pandora, similar al génesis bíblico (la mujer, intrigada por su curiosidad, abrió el ánfora/ comió la manzana esparciendo las desgracias/ el pecado por el mundo).

Muchos relegarían el nacimiento de la mujer como figura independiente a principios del siglo XX; sin embargo, encontramos esparcidas a lo largo de la historia figuras femeninas que dieron lugar a pequeños conatos de rebeldía frente al poder patriarcal impuesto. La poetisa griega Safo de Lesbos, Cleopatra, Ana Bolena o, en el panorama castellano, Isabel, la católica, han sido algunas de las más representativas.

La mujer española en el sufragio universal

Desde principios del siglo XX existen en Europa y Estados Unidos movimientos feministas en pro del sufragio universal. A pesar de las grandes disputas que tuvieron las sufragistas en Inglaterra, el panorama español quedó en un segundo plano debido a la ingente fuerza que tenía el sistema patriarcal.

El sufragio femenino fue otorgado en la carta magna del año 1931, en plena época republicana. Fue este movimiento político el que, haciendo gala de su defensa de los derechos humanos, se obligó a sí mismo a la revisión y conversión de las leyes discriminatorias. Así pues se añadieron artículos, como los que aparecen a continuación, en los que se reconocía ese derecho:

  • Artículo 25
No podrán ser fundamentos de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas. El Estado no reconoce distinciones y títulos nobiliarios.

  • Artículo 36
Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismo derechos electorales conforme determinen las leyes.

El proceso fue arduo ya que las matizaciones de muchos vinieron dadas por el poder que la Iglesia podría mantener sobre el voto femenino. Entre otros muchos críticos, encontramos figuras como las de Margarita Nelken o Victoria Kent que abogaban por que la mujer aún no estaba preparada para sobrellevar esa responsabilidad.

En el otro extremo, Clara Campoamor, frente a las cortes constituyentes, hizo gala de una defensa férrea del sufragismo argumentando que los derechos del hombre prometían un tratamiento igualitario para ambos sexos.

“No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre"

Muchos fueron los logros de la mujer durante la II república, sin embargo, la sombra que cubrió a España en los años posteriores, hizo que ésta retrocediera hasta su situación anterior. La Iglesia volvió a resurgir, tornándose como una parte esencial del régimen conservador y autoritario del General Franco, que se sostenía en una idea común religiosa, nacionalista y antidemocrática.

La mujer volvió a la vida familiar. Esto le procuró que estuviera incapacitada para muchas actividades como fueran abrir una cuenta bancaria, comprar bienes o ser tutora. La mujer, después de casada, debía abandonar su trabajo. Además de que, en cualquier caso, no podía optar al puesto de juez, inspector de trabajo, notario, agente de cambio y bolsa, diplomático, técnico de aduanas, inspector de hacienda, abogado del estado.

Solo en el año 1957 vemos la primera aceptación de la mujer en el sistema educativo normalizado, lo que se verá fomentado, años después, con el programa de becas y la Ley General de Educación de los años setenta que permitirá la entrada a la universidad de estudiantes de clase media.

A pesar de los cambios, la mujer ha sido y aún es presa de una ideología patriarcal que, en muchas ocasiones, y llegado a este punto resulta denigrante no solo para la figura de la mujer, sino para la del propio hombre que la sostiene.