Los medios de comunicación occidentales presentan la represión del ejército sirio sobre la población como el intento del régimen de Bashar al Assad de sobrevivir a la ‘primavera árabe’. Sin embargo, la entrada en escena de intereses como el de Irán, inquebrantable apoyo para el Asad, o los de Rusia o China, respaldando a Siria con sus vetos en el Consejo de Seguridad de la ONU, exige que tal conflicto civil deba ser contextualizado en un marco de compresión política que trascienda de sus fronteras territoriales.

La 'estrategia de los cuatro mares'.

Bashar al Assad anunciaba hace unos años que su gobierno emplearía un gran esfuerzo en el proyecto internacional denominado “estrategia de los cuatro mares”, llamado así por tener el objetivo de crear nexos político-económicos dentro de la zona comprendida entre los mares Mediterráeno, Negro, Caspio y el Golfo Pérsico. Empleando su diplomacia con los países directamente interesados (Turquía, Irak e Irán) y con Rusia, potencia que ejerce su influencia en la zona, pretendía conseguir una zona para el libre tránsito de hidrocarburos (gas natural y petróleo) y otras mercancías que uniría Europa con Asia Central y, ya vía marítima, China. Es decir, una reedición de la antigua ruta de la seda.

Siria jugaría un papel crucial en la formación de tal consorcio político-económico al tener una estratégica salida al Mediterráneo y colindar con Turquía, el puente con Europa. Quedaron enmarcados en tal contexto proyectos que unirían las zonas petrolíferas del Golfo Pérsico con el Mediterráneo mediante un oleoducto y los que harían lo propio entre las reservas de gas natural del norte de África e Irak con Nabucco, el gasoducto que, partiendo de Turquía, abastecería a Europa haciéndola liberarse del monopolio ruso.

De tal estrategia hoy día queda solo el horizonte propuesto antaño; la inestabilidad que ofrece el gobierno de Bashar al Assad con la brutal represión de la primavera árabe de su país no es, desde luego, el mejor escenario para su realización. Pero sí es cierto que el mencionado horizonte ha creado los suficientes intereses económicos como para intentar por los actores intervinientes que la distancia a la que aquél se halla se vaya reduciendo. También, eso es cierto, para que los actores con intereses contrapuestos ejerzan su influencia en sentido contario.

El apoyo de Irán. La presión sobre Israel.

El régimen sirio cuenta con el inquebrantable apoyo iraní. Tal se debe entender dentro de la enquistada pugna entre Irán e Israel, las dos potencias regionales, por hacerse con la hegemonía política de la misma. No solo Siria, colindante con el país hebreo, cuenta con un poderoso ejército que representa una amenaza nada desdeñable para la maquinaria bélica israelí, sino que se mantiene como protectora de las organizaciones Hamas y Hezbolá. Asimismo, entre sus objetivos en política exterior, se halla el de seguir ejerciendo el protectorado respecto de Líbano.

Teniendo Israel la amenaza siria en la puerta, ya sea directamente por su ejército o por las organizaciones sobre las que ejerce influencia, no puede emprender un conflicto directo contra Irán sin dejar su flanco descubierto. El gobierno de Netanyahu debe sopesar los pros y los contras de tal conflicto abierto con el régimen de Ahmadineyad pues podría quedar atenazado entre un ataque directo sirio y atentados terroristas en su propio territorio.

El apoyo de Rusia. La geopolítica energética.

El territorio sirio, según la ‘estrategia de los cuatro mares’, se convertiría en lugar transitado por gasoductos que conectarían las reservas de gas natural del norte de África e Irak con Nabucco, el gasoducto que uniría Turquía y los países del centro de Europa, y mediante el cual la Unión Europea, promotor del proyecto, espera desembarazarse del monopolio energético ruso. En efecto, si la UE lograr tener acceso a las grandes reservas de gas natural de Oriente Medio y el norte de África, Rusia perdería su influencia sobre la economía del viejo continente y su correlativo peso sobre Alemania, país que más cuantía de gas consume en Europa.

El apoyo de Rusia al régimen de Bashar al Assad puede ser analizado en este contexto. No es de extrañar que la superpotencia energética pretenda controlar el tránsito de gas natural por los gasoductos proyectados desde el norte de África e Irak hacia Nabucco con el fin de seguir manteniendo una suerte de monopolio energético sobre la Unión Europea.

Estados Unidos e Israel. La pérdida de influencia.

Un proyecto como la ‘estrategia de los cuatro mares’, que consolidaría un espacio político-económico con importante trascendencia mundial, repercutiría en notable detrimento de Israel, en cuanto potencia regional, y de EEUU, como potencia mundial que centra sus esfuerzos en política exterior en el control de la zona. Tales países no tienen en su agenda internacional la resolución del conflicto civil sirio: para el primero, como se ha visto más arriba, el gobierno de Bashar al Assad no es más que un tentáculo del régimen iraní y, para el segundo, el verdadero núcleo gordiano del entramado de Medio Oriente es la consolidación de Irán como potencia regional, lo que conllevaría el control indirecto de la zona por China y Rusia.

¿’Primavera árabe o ‘Guerra Fría’?

Desde luego, la revolución democrática en Siria adquiere unas notas características que han sido ajenas a otros procesos como el paradigmático de Egipto. El valor estratégico del territorio sirio, ya sea como punta de lanza de Irán frente a Israel, ya sea como lugar de tránsito de hidrocarburos por oleoducto o gasoducto, hace que sobre él recaigan intereses políticos y económicos que superan la situación de mera guerra civil que sufre su población. La presencia de intereses de potencias internacionales, Estados Unidos, por un lado, y, Rusia y China, por otro, unida a la rivalidad regional entre Irán e Israel, hacen que tengamos que preguntarnos si lo que se conoce por ‘primavera árabe’ en Siria no sea más que un fenómeno de la reactivada ‘guerra fría’.