Decir la verdad es una actitud que, al menos de puertas hacia afuera, todo el mundo valora de forma positiva. Cabría preguntarse, no obstante, si decir la verdad es siempre la mejor de las opciones. ¿No sería posible que en ocasiones fuera aconsejable no decir la verdad? Aunque habría que empezar por preguntarse ¿qué es la verdad?

Quizá decir la verdad no deba consistir en la obligación de decirlo absolutamente todo bajo el prisma de la sinceridad, pero al menos, sí se debería tratar de ser consecuente con lo que se piensa y lo que se dice.

E incluso más allá de las palabras, la sinceridad aumenta mucho más su valor cuando se demuestra mediante las acciones.

Mentiroso patológico o compulsivo

La otra cara de la sinceridad la encarna el mentiroso patológico o compulsivo. Del mismo modo que para algunas personas, decir siempre la verdad es una actitud ante la vida a la que no quieren renunciar, para otros la mentira, que en muchas ocasiones va unida a la manipulación, también puede ser un estilo de vida; aunque más que un estilo deberíamos hablar de una adicción, con las connotaciones negativas que entraña este tipo de patología.

La obsesión por mentir puede parecer una actitud extraña y difícil de comprender para la mayoría, sin embargo resulta una conducta bastante común. El gran problema del mentiroso patológico es que cada mentira termina convirtiéndose en una red que requiere de otras muchas mentiras para sostenerse. También es bastante frecuente que tras la patología de la mentira se escondan –o sean evidentes– otras patologías más o menos graves que suelen tener sus raíces en la infancia.

Ventajas e inconvenientes de decir la verdad

Decir la verdad es para muchos una premisa que se antepone a otras consideraciones. Decir la verdad, por lo que respecta a la integridad personal; es decir, desde la perspectiva individual y a los efectos que esta tiene, siempre está relacionado con la honestidad y es difícil ponerle objeción alguna. No hay argumentos para rebatir este planteamiento. Sin embargo, todos sabemos que en algunas ocasiones es mejor no decir la verdad. A partir de ahí cabría cuestionarse hasta qué punto tal cosa es cierta. ¿Realmente hay veces en que es mejor no decir la verdad? O tal vez el problema tenga más relación con la sociedad hipócrita en la que nos ha tocado vivir.

En cualquier caso la sinceridad está íntimamente relacionada con la confianza, y la confianza es un pilar básico en cualquier tipo de relación.

La hipocresía social

La hipocresía en la sociedad se da en todos los ámbitos, y desde luego también en las más altas instancias. De hecho es probable que sea ahí donde más arraigada esté y donde mejor prospere. Es lógico, entonces, que en un escenario de estas características, decir la verdad no siempre sea la mejor alternativa, al menos no lo es si consideramos las consecuencias que muchas veces nos puede reportar la sinceridad.

La sinceridad es, en ocasiones –que no siempre– es más fácil de vivir en soledad. El problema es cuando aparecen más personas, o simplemente una más, tal y como decía el pensador y poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson: “Todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona empieza la hipocresía”.

Más allá de la sentencia de Ralph Waldo Emerson, la hipocresía –probablemente la peor– también tiene mucho que ver con engañarse a sí mismo. De hecho es la forma más convincente de engañar a los demás, aunque al final el hipócrita siempre es quien sale perdiendo.

Un claro reflejo de lo que significa la hipocresía social lo encontramos en la política. Y no es nada nuevo. Ya en su momento Francisco de Quevedo nos dejó escrito: “La hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política”.

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