La imagen de un escritor a la luz de una chorreada vela que parpadea en un herrumbroso candil de un mísero cuarto con un catre arrinconado contra una de las paredes húmeda y salitrosa por las constantes lluvias, sería la estampa perfecta para evocar al poeta Gustavo Adolfo Claudio D. Bécquer.

Poesía española de finales del siglo XVIII

Su existencia fue simple y sencilla; la pobreza material siempre fue algo cotidiano pero indiferente cuando el corazón se encontraba pletórico y de rebosante abundancia para escribir con la métrica y significado exactos. Con la cabeza llena de ideas y el corazón dispuesto a transformar las ideas en letras, desde temprana edad Bécquer en su natal Sevilla, comienza a escribir sus primeras obras mientras desarrolla una especial sensibilidad para la música y la pintura.

Escribe sin más un poema póstumo para su maestro Alberto Lista y en poco tiempo empieza a definir el gusto por autores como Rioja y Herrera, poco a poco va convenciéndose de que su destino es ser escritor y a los 18 años abandona Sevilla y parte a Madrid a finales de 1854.

Ganarse la vida no resulta fácil, menos cuando tiene que hacerlo escribiendo cualquier cosa para diferentes periódicos o trabajando eventualmente como oficinista. Asiduo visitante del "Café Suizo" en donde se reunían diferentes literatos para participar en las charlas y debates.

Las rimas de Bécquer

Su primera rima se ve publicada en "El Nene" bajo el título de "imitación de Byron" en el año de 1959, de ahí en adelante publica un poco de prosa en "El Mundo" y en algunos periódicos de menor circulación, lo que se traduce en una absoluta austeridad para alimentarse y por consecuencia a menudo tiene problemas de salud, lo que le obliga a buscar ayuda en el Monasterio de Veruela.

En Veruela escribe acerca de su condición física y espiritual en nueve cartas que manda para su publicación en el periódico "El Contemporáneo", la serie se titula "Desde mi celda" y refleja el carácter melancólico y resignado del poeta.

Las leyendas de Bécquer

Regresando a Madrid, a veces acompañado de su hermano Valeriano, colabora en revistas y periódicos escribiendo como siempre sobre cosas que no le interesan en lo mínimo; probablemente entre los años de 1860 y 1864 escribe las célebres "Leyendas" que nunca vería publicadas.

De su vida familiar se sabe muy poco, procrea tres hijos con Casta Esteban, pero su ideal de amor era diferente a la realidad por lo que su relación con Casta se vuelve inestable a pesar de todo.

Buscando inspiración viaja en varias ocasiones a Toledo, para escribir leyendas, viaja a Veruela cuando está enfermo y a Soria, aunque las leyendas las sitúa muchas de las veces en Castilla.

En 1870 muere su hermano Valeriano, quien era un soporte insustituible para el poeta, sumido en una profunda depresión busca a su amigo Narciso Campillo y le entrega los manuscritos de la rimas para que disponga de ellas. Bécquer muere en la pobreza total el 22 de diciembre de 1870 en Madrid, cuando tenía 34 años de edad.

Tras su muerte inicia su propia leyenda

Su obra definida en dos partes que son las rimas y las leyendas, jamás fueron vistas publicadas por el poeta, sus amigos cercanos se encargaron de hacerlo después de muerto; En la Biblioteca Nacional de Madrid se guarda el primer original de las rimas, aunque este ha sufrido varias restauraciones, correcciones y reconstrucciones y que además se dice que no guarda similitud con las diferentes ediciones publicadas oficialmente.

Con ese halo de misterio e incertidumbre que rodeaban al poeta, su obra se ve de la misma forma en ocasiones hasta obscura, dividida quizás en un antes y después del amor, de ese amor de metáforas y versos, de ese amor de ojos verdes, de esa eterna promesa de una perpetua poesía, de la atmósfera sobrenatural de un monte con una paradójica imagen de una cruz y un diablo.

Siempre habrá poesía

El escritor acomoda sus folios mientras en la salitrosa pared del lúgubre cuartucho danzan las sombras estiradas, su alma está en paz después de escribir, su mirada melancólica echa un último vistazo antes de apagar el cabo de la vela casi consumida, similar a su vida, dormirá pensando: ¡Siempre habrá poesía!