Ni siquiera es necesaria la fría y lluviosa noche de un invierno, ni la festividad anual del Día de los difuntos para que, en diversos momentos de nuestra vida, surja la conversación o el silencioso recuerdo sobre las personas que fallecieron, que ya no están con nosotros, que se marcharon para siempre. Da igual el lugar donde vivían porque la distancia que nos separaba de ellos, ahora nos parece corta o mejor aún inexistente, pues todos están al mismo tiempo en nuestro pensamiento con sólo desearlo.

La maravillosa facultad de recordar nos permitirá mantener ese contacto con los difuntos que, en muchas ocasiones, se amplía con un deseado y reconfortable monólogo, dando la impresión de terminar en una animada charla.

Convivir con el recuerdo

Si la vida es una continua serie de etapas que hay que superar con el inflexible freno de los años, siempre permanecerán a nuestro lado los recuerdos como testigos de las vivencias acumuladas. A ellos acudimos en multitud de ocasiones de forma voluntaria, pero otras veces surjen inesperadamente ante una actitud dudosa o comprometida, seguramente para hacernos recapacitar sobre la inquieta situación que nos preocupa y al final, casi siempre, todo se soluciona.

Es como una enciclopedia que manejáramos con frecuencia y que, al conocerla con detalle, nos lleva directamente al capítulo deseado para conseguir la respuesta acertada. Y funciona. Ya lo dijo Miguel de Cervantes en el prólogo de su inmortal Don Quijote de la Mancha, "Tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres el señor de ella como el rey de sus alcabalas".

Recordando a nuestros muertos

Cuántas veces en la tranquilidad de una tarde, sin ruidos ni voces que alteren el sosiego, nos hemos acordado de algún familiar fallecido. En ese momento, con sólo la fuerza de nuestro pensamiento es como si deseáramos que él manifestara su presencia, tranquilamente, sin asustarnos, tan fácil y agradable como tomar un café en la sobremesa de una comida familiar. Si así fuera, podíamos hablar de muchas cosas y con toda seguridad el intercambio de preguntas se haría interminable por ambas partes, si bien el simple hecho de vernos después de tanto tiempo ya sería suficiente para colmar nuestros deseos y su satisfacción, dos sentimientos tan bonitos para unos seres queridos que, por ley o azar de la vida, se truncaron para siempre.

Dice Belline en su sorprendente libro "El tercer oído" que "los muertos siguen siendo de este mundo mientras nuestra memoria conserva su recuerdo" . ¡Ojalá ocupen siempre un poquito de nuestra atención para mitigar la triste soledad que reflejó Bécquer en el poema que a ellos dedicó ... "Dios mío, qué solos se quedan los muertos" !

Deseos irreales, pero bonitos

Ante la hipotética presencia de nuestro familiar o amigo difunto es fácil que se asombrara de nuestro cambio físico por el paso de los años y nosotros, en cambio, celebraríamos poder afirmar que conservamos de él la imagen que tenía cuando se marchó porque su aspecto presencial es idéntico.

¡Qué bonito sería!.

Preguntas, miradas, recuerdos ... tantas cosas que no se dijeron en su día, tal vez por miedo, reparo o vergüenza y sobre todo tantas acciones y palabras que jamás debieron haber tenido lugar. Todo ello podría aclararse, sin la menor discusión, ya que tan grata presencia eliminaría de forma inmediata y ahora, ya para siempre, cualquier vestigio de disconformidad ... y una suave sonrisa acabaría borrando años de inútiles penas o rencores.

Con estos supuestos ¿qué persona no desearía recibir visitas de sus difuntos? Si fuera verdad ... ¡Qué bonita y reconfortante verdad sería!.