A estas alturas de la “civilización occidental” hay muchas mujeres que temen ser menospreciadas si muestran su naturaleza sexual abiertamente. La introyección de muchas mujeres sensuales, a pesar de tener un impulso sexual elevado, terminen acostumbrándose a reprimir sus deseos, lo cual con el tiempo las lleva a no desarrollarse plenamente como seres sexuales.

La vida sexual de las mujeres no se define únicamente en términos de una respuesta sexual “adecuada”, sino fundamentalmente por el hecho de sentir que el encuentro íntimo coincide con las fantasías de cada mujer, en particular. Este hecho permite sentirse plena, relajada y complacida.

El acto sexual es, entre otras cosas, un espacio de desarrollo personal donde ambos miembros de la pareja expresan y comparten sus deseos, nutren su autoestima y ponen en juego la creatividad de afectos, ternura y amor.

El sexo femenino y los prejuicios

Los prejuicios nacen de la ignorancia y se muestran como opiniones ajenas al conocimiento. La doble moral, los mensajes subliminales en los medios, la gente sin formación profesional en el entorno y la cultura acostumbrada a aceptar las ideas sin la crítica necesaria, contribuyen a la adopción de juicios erróneos asumidos de manera inconsciente.

En ese orden de ideas, para los estratos conservadores que en muchos ámbitos son mayoritarios, a la mujer erótica y sensual se la endilgan toda clase de epítetos descalificadores que van desde “exhibicionista” hasta “libertina”, pasando por “coqueta” , “indecente”, “desvergonzada”, “loca”, y “degenerada”, entre otros.

Las descalificaciones de esos presuntos guardianes de la moral devienen de confundir a las mujeres liberadas con las adictas al sexo a quienes en vez de entender, comprender y ayudar, con el apoyo de la ciencia, prefieren condenar con su palabrería.

En franca contradicción con el refrán popular: “La suerte de la fea la bonita la desea”, entre las mujeres latinas existe el prejuicio de que la mejor apariencia física (arreglo personal, buena ropa, cuerpo sin celulitis ni sobrepeso, cirugía plástica, etc.) resulta un atractivo fundamental para los galanes en todos los estratos sociales.

Desafortunadamente, vestir bien, ser bellas y tener cuerpos esculturales (con senos y glúteos firmes) no garantiza intimidad plena si la mujer tiene baja la autoestima. Uno de los rasgos de personalidad que los hombres consideran muy atractivos es la seguridad en sí mismas. Por eso muchas mujeres despampanantes permanecen en la soledad.

En otro plano, algunas culturas consideran que las mujeres con tetas grandes cuentan con más atractivo visual y psicológico para su pareja durante la relación sexual. En realidad, la magnitud de los senos no constituye un recurso crítico para la calidad de la vida íntima dado que cada pareja se estimula a su manera. Por consiguiente, cualquier mujer, al margen del tamaño de sus glándulas mamarias, tiene el mismo potencial para sentir y hacer sentir placer.

Complejos sexuales y liberación femenina

Según los sexólogos, entre los complejos sexuales físicos y emocionales destacan: suponer que el cuerpo femenino no va a ser suficientemente atractivo para el refinado gusto del señor quien casi nunca tiene figura de atleta; postergar el momento de la intimidad tanto como sea posible para que la pareja no vaya a creer que se es una chica fácil o de mala reputación; ceder la iniciativa en todo tipo de juegos en la cama, aunque ciertas cosas no resulten agradables para la mujer, por temor a parecer sexualmente inadecuada o incapaz de complacer al otro.

Tomar la iniciativa o dar el primer paso en los encuentros sexuales ha dejado de ser rol exclusivo de los hombres desde hace décadas. Asimismo, las mujeres con madurez emocional no se imponen reglas basadas en el “qué dirán”, apelan a su sensatez para sus actividades sexuales a partir de la primera cita. De manera similar no se acomplejan por la estética exuberante o modesta de su figura. Entienden que la plenitud en la intimidad empieza con la aceptación de las características del cuerpo propio.

Si las mujeres asumen los valores y derechos sexuales ganados en las grandes luchas por la liberación femenina y se animan a expresar sin inhibiciones todo lo que su fuero interno moviliza durante sus encuentros íntimos, los complejos de este tipo pronto serán historia.

Sexualidad sana sin mordaza

Si la mujer no es capaz lograr que sus sentimientos y valores contribuyan a elevar la sensualidad, la pasión y el erotismo en las relaciones de pareja, los prejuicios y complejos seguirán operando como férreos impedimentos para disfrutar de la vida sexual.

En contraste, en la medida que las mujeres se van liberando y aprenden a sacar partido de su inteligencia erótica potencian la calidad de la intimidad, permanecen en el interés emocional de la pareja y dan sustento a una vida feliz en común.