''Basta la más ligera investigación para comprobar que las matanzas de indios en América las llevaron a cabo igualmente los anglosajones y los españoles, con la única diferencia de que mientras los anglosajones las continuaron hasta 1900 y en los Estados Unidos apenas sobreviven cien mil indios, los hispanos las interrumpieron en 1800 y en la América española quedan cincuenta millones. Al alcance de todos está la prueba de que la esclavitud fue abolida en las colonias españolas mucho antes que en las colonias inglesas [...]''. Manuel Ugarte (1878-1951), ''La Patria Grande: mi campaña suramericana. Antología'', Buenos Aires, 1990.

¿Hubo un genocidio de la población indígena americana?

A la hora de responder esta pregunta hay que tener presente que hasta 1750, cuando Gottfried Achenwall creó la Estadística como una rama de las Matemáticas, no existían las estadísticas de población tal como las conocemos ahora. Además del método matemático, se necesitó también el desarrollo de un tipo de Estado de corte moderno, capaz de garantizar mayor cobertura y confiabilidad en el tránsito del estadio preestadístico al protoestadístico. Asimismo se necesitaron criterios de demografía cualitativa que permitieran establecer el origen étnico.

Al principio, el Estado confió esta tarea a la Iglesia; pero la Iglesia no pudo cumplirla hasta que no estuvo presente en todo el continente y organizó registros parroquiales permanentes en función de criterios como bautismos, matrimonios y defunciones. La primeras esfuerzos del Estado datan de 1540-1580 en México y de 1572 en Perú, cuando se produjo la Visita General de Francisco de Toledo. En este periodo se realizaron encuestas, matrículas y empadronamientos. De 1573 son las primeras Ordenanzas e Instrucciones en la materia, que todavía se confían a la Iglesia.

En cuanto al origen étnico, Hispanoamérica llegó a desarrollar una elaborada grilla: morisco; albino; chamizo; mestizo, que podía ser prieto, anegrado o amembrillado, etc. Estos criterios nos permiten determinar quiénes no eran ni europeos ni ''indios'', es decir, originarios de las Indias.

Hubo que esperar hasta 1776 para que pudiera implementarse en Hispanoamérica el primer censo moderno, a iniciativa de Carlos III. En ese año se ordenó la realización de uno general en todos los dominios americanos y filipinos. Fue la obra estadística más prolija y de mayor cobertura de todo el periodo. Insumió cuatro años. Los datos requeridos fueron nombre y apellido; sexo; edad; parentesco con el jefe de familia (hijo, yerno, biznieto, huérfano, etc.); origen migratorio (''español europeo'', ''español canario'', portugués, etc.); estado civil (casado, soltero, viudo, etc.); condición social (libre, esclavo, etc.); y el origen étnico-estamental (criollo o ''español americano'', indio, mulato, pardo, zambo, chino, etc.).

Los resultados del censo de 1776-1780

Al finalizar los cómputos, se llegó a las siguientes cifras: había 15.258.483 de habitantes en Hispanoamérica, de los cuales, 6.925.000 eran indios (46,14% del total); 3.057.193 eran europeos o criollos americanos (20%); de los cuales solo 150.000 eran ''españoles europeos'', es decir, el 1,05%.

1.189.000 eran negroafricanos o sus descendientes directos (recordar que no era y no es lo mismo en América Latina un ''negro'' que un ''pardo'', ''merino'', ''mulato'', ''anegrado'', ''zambo'', ''amembrillado'', y un largo etc.), en total, el 8%; y 4.087.000 eran mestizos o mixtos, es decir, el 26%. En la determinación del grupo étnico-estamental no intervenía solo el componente biológico, sino la cultura, el grado de aculturación, y la jerarquía social.

Hay que tener presente, además, que la forma de calibrar el origen étnico en América Latina era y es diferente que en los E.E.U.U.: como reza el célebre proverbio, ''aquí una gota de sangre blanca, hace un blanco; allí, una gota de sangre negra, hace un negro'', y lo mismo sucedía y sucede con el indio. En el siglo XVIII, en Nuestra América, los escribanos, ante la duda, certificaban ''que se dé por blanco''.

La región de origen de los afro-latinos se sitúa en los golfos de Guinea y Benguela, y en menor medida, en Sudán, siendo la mayoría del tronco bantú: yoruba, kikongo, kimbundu, etc. Una parte de nuestro vocabulario y creencias religiosas provienen de allí.

Unos 160.000 hombres formaban la milicia; 30.000 el clero; 20.000 la administración; había unos 4 millones de agricultores; 180.000 laboraban en la minería; 700.000 eran artesanos; 20.000 se dedicaban a actividades industriales; 30.000 al comercio y 1.085.000 a otras actividades; había 1.525.000 vagos y marginados, y 7.500.000 mujeres, niños o menores de 13 años y ancianos o mayores de 65 años. Como se puede observar, no hay una correspondencia precisa entre origen étnico y actividad económica.

La población anterior al siglo XVIII

Antes del siglo XVIII, las primeras estadísticas más o menos fiables son de 1573. Permiten afirmar que por esa fecha habría en total 120.000 europeos y criollos americanos; 230.000 negros, mestizos y mulatos; y 8.950.000 indios. Al llegar el año 1650 tendríamos 655.000 europeos y criollos americanos; 715.000 negros; 350.000 mestizos; 240.000 mulatos y 8.400.000 indios, según Vicens Vives. Se observa un estancamiento de la población indígena, incluso si sumamos los mestizos. En el siglo XVIII se observa un importante crecimiento de los mestizos y criollos.

Antes de 1492

Los datos sobre la población americana antes de Cristóbal Colón se calculan a partir de inferencias arqueológicas y algunos registros contables. Luego de 1492 aparecen los primeros ''empadronamientos'' y registros parroquiales. De aquí surgiría la cifra de 11.300.000 indios siguiendo la tendencia anterior, pero de forma retrospectiva. Sin embargo, para esta fecha ya no tenemos hechos sino teorías y especulaciones. Las maximalistas (Dobyns, 1966) calculan hasta 90 millones.

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