"Se agradece a toda persona que pueda disponer un recipiente con agua fresca en ventanas, balcones, patios o terrazas, para que los pájaros puedan beber. ¡El calor intenso y la sequía los está matando!" Esta simple frase colocada en el perfil de Facebook, mejor dicho, los cálidos comentarios recibidos a partir de la frase, motivaron la realización de este artículo.

La mirada de los otros

Puede resultar extemporáneo, para los habitantes del Hemisferio Norte que lean estas líneas, que alguien se ocupe de calores intensos y sequías cuando las condiciones climáticas que allí viven son extremadamente opuestas al sentido de la frase de inicio. Esperamos que sepan disculparnos. Es que escribir sobre lo que nos pasa y sobre nuestro derredor es nuestra identidad. Somos del Sur, del extremo Sur de América, de ese irredento sur donde ocurren sequías, inundaciones, terremotos y otras tristes calamidades. Se nos mueren los pájaros, pero también los pingüinos, los peces y los pumas y a casi nadie parece importarles. Ni siquiera a la mayoría de nosotros, esto también debe decirse.

Es que parece que por aquí estamos acostumbrados, (mal acostumbrados), a mirar con el ojo de los noticieros internacionales. Nos asombra y subleva que maten delfines en Japón o Noruega, pero somos incapaces de poner un cuenco de agua para los sedientos y desesperados pájaros que acuden a nuestras áridas ventanas. Los vemos caer de los árboles, ya muertos, sin reparar que esa muerte se pudo haber evitado. Esa muerte, como tantas otras.

Inquietante realidad

Si esto es lo que ocurre en nuestras ventanas, resulta inquietante el solo pensar en lo que puede estar ocurriendo en las lejanas y desprotegidas áreas naturales de nuestros países. En algunas de ellas, las que han obtenido el estatus de protección, las dotaciones de guardaparques siempre resultan insuficientes y su equipamiento técnico es por lo menos exiguo, debiendo cubrir decenas de miles de hectáreas de selvas, bañados y planicies, con tan solo un puñado de personas.

La legislación vigente, tanto nacional como internacional, es muy clara con referencia a la protección del ambiente y su biodiversidad. Pero su fuerza de ley es prácticamente inexistente y en muchos casos nula. Es que por aquí, las leyes, siempre fueron severas para castigar a los “ladrones de gallinas”. Eufemismo popular para calificar a los delincuentes de poca monta. Sin embargo, para los que arrasan miles de hectáreas de la Selva de Yungas en el norte de Argentina para sembrar soja o para los que pulverizan cerros y montañas extrayendo minerales, las leyes parecen ser por lo menos “amoldables”, si se nos permite el término.

Que decir de las modalidades de pesca depredatorias, que flotas extranjeras practican en el mar Atlántico de la región. Flotas que ya han agotado en sus costas de origen los recursos pesqueros, y que ahora, como modernos bucaneros se llevan el oro, el moro y la merluza.

Quizás sea de utilidad mencionar también a las cuantiosas inversiones en forestación dañina de pinos y eucaliptos, especies que degradan e inhabilitan a las praderas para otras actividades productivas, y todo esto solo para producir pasta de papel, es decir, materia prima casi sin valor agregado. Situación similar a los millones de toneladas de soja a granel que se exportan a costa de arrasar enormes superficies de montes nativos, selvas y humedales.

No todo está perdido

El cantante y compositor argentino Fito Páez escribió hace un tiempo atrás, en una de sus obras, una frase muy apropiada para este estado de situación; “...cuando todo esté perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Es que si bien de este lado del Sur, las mayorías miran asombradas por televisión y envueltas en su aire acondicionado, como las nevadas bloquean las rutas europeas, hay una minoría creciente que suele ofrecer su corazón. Son aquellas ciudadanas y ciudadanos que ponen un cuenco de agua fresca en su ventana. A ellos, ¡Muchas gracias!