La tarde del sábado 18 de noviembre de 1978 en la “tierra prometida” de Jonestown (Guayana) se produjo el mayor suicidio colectivo de la historia moderna, si bien es cierto que se puede modificar el término “suicidio” por “asesinato” o “genocidio”. A la triste historia de Jonestown se vincula el lado más maléfico del hombre, encarnado éste por un auténtico líder criminal: Jim Jones.

La utopía de James Warren "Jim" Jones

Este reverendo estadounidense inteligente, histriónico y controlador hasta la médula, simpatizó con personajes ideológicamente dispares aunque con un ADN criminal parecido como fueron Stalin o Hitler. Jim Jones fue el fundador del movimiento el Templo del Pueblo y destacó por su apabullante carisma, la cual utilizó sin impunidad para abusar de un conjunto de sumisos seguidores y así conseguir sus paranóicos objetivos.

Con una capacidad innata y peculiar para persuadir, pronto convenció a miles de seguidores, en su mayoría afroamericanos, los cuales se unieron al movimiento del Templo del Pueblo. Éstos lo contemplaban como si del auténtico “salvador” se tratase quien lucharía contra las diferencias de clases, el racismo, etc. Otro de los motivos de su fulgurante popularidad fue el propio contexto social que se vivía en los Estados Unidos ya que en aquellos años, sesenta y setenta, el movimiento de los derechos civiles y el avance de las ideas progresistas iban calando entre los ciudadanos con mayor fuerza.

Paranoia y locura

Jim Jones cada día era más conocido y los medios de comunicación se hicieron eco de ello. Su extrema y enferma personalidad propició que se sintiera acosado además de imaginarse conspiraciones por parte del gobierno en contra del movimiento. Así que en 1977 emigró junto a sus adeptos a Guayana y fundó Jonestown tras alquilar 3582 acres en la cuenca del río Orinoco. Los propios miembros del Templo del Pueblo criaban su ganado, cultivaban sus frutas y verduras, e iban construyendo el “paraíso terrenal” libre, justo y multirracial.

Pero el idílico paraíso de Jonestown escondía una oscura realidad. Con el tiempo a los ciudadanos de la tierra prometida se les prohibió salir y comenzaron a padecer maltratos e incluso abusos sexuales. Esta situación comenzó a darse a conocer gracias a los desertores que pudieron huir, a los familiares de los seguidores que denunciaban la conducta de Jim Jones y sus prácticas nocivas, y a la prensa. Ante ello, el paranoico de Jim Jones inició la estrategia del final apocalíptico.

Jim Jones afirmaba que existían traidores, invasores y demás enemigos que deseaban acabar con la comunidad de Jonestown. Su locura era tal que una o dos veces al mes obligaba a sus seguidores a realizar “pruebas de lealtad” conocidas por las “noches blancas”. Estos ensayos consistían en simulacros de suicidios colectivos donde los adeptos a Jim Jones ingerían falsos brebajes de veneno.

Trágico devenir

La gota que colmó el vaso fue la llegada del congresista demócrata californiano, Leo Ryan, junto con un equipo de periodistas y el grupo de Familiares Preocupados de Jonestown. El objetivo del viaje era investigar las acusaciones que se habían vertido en contra de Jim Jones y el Templo del Pueblo: tráfico de drogas y armas, lavado de cerebro, fraude, etc. Todo iba bien hasta que unos seguidores pideron al congresista volver a los Estados Unidos. Ello desató la furia de Jim Jones y sus miembros más incondicionales los cuales asesinaron a balazos al congresista y a cuatro de sus acompañantes. Horas más tarde se iniciaría uno de los acontecimientos históricos más perversos que se recuerdan.

Aquella tarde del sábado 18 de noviembre de 1978 Jim Jones llegó al clímax de la persuasión arengando a sus seguidores con frases lapidarias: “Debemos suicidarnos”; “Nos volveremos a encontrar en otro lado”; “Esto no es un suicidio, sino un acto revolucionario”. Sus más allegados comenzaron entonces a servir una bebida afrutada combinada con cianuro. La pócima envenenada fue tomada por niños y ancianos. A los bebés inyectada. Unos la tomaban voluntariamente mientras que otros a punta de pistola.

En total fueron 914 personas las que perecieron aquella fatídica tarde aunque todavía existen fuentes que apuntan a más. El predicador Jim Jones también falleció pero no por la ingesta de cianuro sino por una disparo en el corazón cuya mano ejecutora se desconoce (posiblemente fuese él mismo)

De esta manera, Jonestown pasaba de ser la utopía ejemplar de sociedad libre y justa a convertirse en el peor y más sucio suicidio masivo de la historia moderna.

Otros casos que se recuerdan

Desgraciadamente a lo largo de la historia y paradójicamente en el democrático, concienciado y desiquilibradamente desarrollado siglo XX, se han producido más casos similares al de Jonestown a partir de las atrocidades de diversas sectas destructivas. En 1993, 80 seguidores de la secta Los Davidianos se suicidaron en Texas junto a su líder, David Koresh. 48 personas en Suiza y 5 en Canadá, perdieron su vida por mandato del líder del Templo Solar, Luc Jouret. En Japón Shoko Asahara líder de la secta Verdad Suprema gaseó con sarín el subterráneo de Tokio causando 12 muertos. Marshall Applewhite se suicidió en 1997 con 38 de sus seguidores de la secta Puerta del Cielo mientras esperaban la llegada del cometa Hale-Bopp.

Existen pues un sinfín de casos trágicos todos ellos bajo la orden de las sectas que ejemplifican la sumisión más absoluta a un líder y su mensaje. Jonestown posiblemente sea el caso más cruel donde más de 900 personas otorgaron el control de sus vidas a alguien que los guió hasta un final mortal.