El Realejo es el antiguo barrio histórico de la Judería de Granada, uno de los más pintorescos y encantadores escenarios de la ciudad, junto con el Albaycín y la Alhambra. Sus fascinantes callejuelas y plazoletas están plagadas de arte, belleza y gracia propia, que han sabido atraer la atención de innumerables visitantes de todo el mundo, entre ellos muchos notables personajes como escritores (Théophile Gautier, Lorca, Fray Luis de Granada,...), artistas (Mariano Fortuny, Siloé, Madrazo, Rodríguez-Acosta,...) y músicos (Manuel de Falla, Agustín Lara, Miguel Ríos,...).

El Campo del Príncipe es el centro neurálgico por excelencia del Realejo, desde que esta antaño zona de almunias árabes fuera remodelada y allanada para convertirse en la gran plaza que hoy es. Tales reformas urbanísticas fueron iniciadas en 1497, por orden de los Reyes Católicos, con motivo de la celebración de la boda de su hijo el Infante Don Juan con Margarita de Austria.

Lamentablemente, el príncipe jamás pudo disfrutar de su plaza, pues seis meses después murió en Salamanca (de agotamiento sexual, se rumorea). No obstante, la tradición popular local acabó creando la leyenda de que el nombre de Campo del Príncipe viene de la muerte, en este lugar, de Don Juan, tras caerse fatalmente de un caballo.

Hoy es una de las plazas con más solera del Realejo y uno de los principales lugares de tapeo de Granada, gracias a sus amenos bares de coloristas fachadas y típicas terrazas abarrotadas.

Vírgenes desmelenadas

La Virgen de la Misericordia, cuya imagen se custodia en la preciosa Iglesia de San Cecilio, en el Campo del Príncipe, es una de las tallas y advocaciones marianas más queridas en Granada. Pero, sobre todo, es más conocida por el peculiar sobrenombre que le dieron, hace décadas, los habitantes del Realejo: "La Greñúa".

Mote sin duda original -pese a que suene a priori a blasfemia-, se trata sin embargo de un nombre cariñoso que los lugareños dieron a su Virgen más adorada, a raíz de algún suceso antaño acaecido a su imagen. No obstante, se desconoce a ciencia cierta su verdadero origen, y la tradición, mezclada con un poco de mitología popular, recoge al menos dos versiones.

La primera dice que, durante una procesión de Semana Santa, la Virgen fue "bailada" con tanto fervor por los costaleros, que se le cayó la corona y una ráfaga de viento hizo que los cabellos -naturales, por cierto- de la talla se despeinaran, convirtiéndose en "greñas".

Otra versión, probablemente más verídica, recogida en el libro El Realejo, de José Miguel Álvarez de Morales Mercado (Col. Granada en tus manos, Ideal, Granada, 2006), asegura que las "greñas" de la Virgen vienen de un desafortunado accidente sucedido el 22 de diciembre de 1969, en la iglesia.

Un cortocircuito en un belén navideño provocó un incendio que casi arrasó enteramente el templo. De puro milagro se salvaron algunas imágenes, entre ellas la de esta Virgen, aunque sufrió algunos daños al quemársele los cabellos, que asomaban, totalmente desmelenados, "fuera de su tocado a modo de greñas" (pág. 86).

Desde aquel momento, a los habitantes del Realejo se les conoce popularmente como "greñúos", apelativo que tienen en mucha estima, por cierto.

Fuentes milagrosas y baños árabes

En la cercana Cuesta del Realejo, se conserva un bello pilar renacentista (S. XVI) de donde mana, desde siempre, una de las aguas más frescas y dulces de Granada. La tradición cuenta que hasta esa fuente pública iban antiguamente las jóvenes mozas a beber, lavarse y refrescarse, convencidas de que sus aguas milagrosas las harían más bellas y lozanas, pudiendo encontrar fácilmente un buen novio.

La proverbial riqueza regional en agua -uno de sus eternos tesoros-, gracias a las cumbres de Sierra Nevada y la fabulosa red de acequias (canales de riego) y aljibes (pozos) que dejaron tras de sí los árabes andalusíes, explica la abundancia de este tipo de fuentes públicas por toda Granada, y de manera sobresaliente en el Realejo, cuyo abastecimiento de agua de excelente calidad, viene asegurado desde el siglo XI, gracias a sistemas tan importantes como la Acequia Gorda o Real.

Ramificaciones de esta acequia iban a parar, además, a numerosos hammam, baños árabes públicos omnipresentes en la Granada islámica pero desafortunadamente perdidos tras la llegada de los cristianos (1492), cuyo concepto -más bien pobre- de higiene distaba mucho del musulmán.

Restos arqueológicos de los dos principales baños árabes se pueden, al menos, contemplar aún hoy en algunos puntos del Realejo: uno es el Hammam al-Fajjarín (Baño de los Alfareros", siglo XIII) cuyas ruinas se encuentran en Moral Alta, angosto callejón de la calle Seco de Lucena.

El otro, más grande en dimensiones e importancia, es el Baño de la Antequeruela o "de la Judería", del siglo XII, situado en el interior del Colegio de las Mercedarias, un precioso palacio decimonónico de la Plaza Padre Suárez, y visitable, previa petición al personal. Se trata de los restos más antiguos de un hammam del Realejo, y presentan la particularidad de haber sido utilizados antaño indistintamente tanto por árabes como por judíos.

Dos tesoros barrocos

El Camarín de la Virgen del Rosario, en la Iglesia de Santo Domingo -una de las más antiguas y bellas de toda Granada- está considerado globalmente como una obra maestra del Barroco andaluz. De estilo churrigueresco, fue creado en el siglo XVIII para albergar la talla de dicha Virgen, y supone todo un delirio de formas, detalles y esplendor ornamental (gemas, espejos, pan de oro, plata, pinturas, maderas nobles,...), clara expresión física del concepto de horror vacui, tan caro al gusto barroco.

Aunque, en cuanto a horror al vacío, tampoco se queda corto ese otro tesoro arquitectónico del Realejo que es la Iglesia imperial de San Matías. Construida en 1526 por orden de Carlos V en estilo mudéjar y con tal advocación -la de su santo preferido-, en el siglo XVIII el maestre Juan Castellanos redecoró sus interiores con un tinte churrigueresco que le añadió un esplendor deslumbrante, algo visible en su magnífico altar mayor, obra del granadino Blas Antonio Moreno.