Se busca vivo o muerto. WANTED DEAD OR ALIVE. En las películas del "salvaje Oeste" , en el Far West, a los forajidos, fueran de leyenda o no, se les ponía precio a su cabeza. Recompensa de 500 dólares por Billy "El Niño". Una fortuna para la época. Al forajido más buscado en la última década, Bin Laden, el terrorista fundador de Al Qaeda, también se le puso precio. Por su captura, muerto o vivo, un millón de dólares.

Capturado por un comando de élite

Pero al final ha sido el sheriff de los sheriff, el premio Nobel de la Paz, el presidente Barack Obama, quien ha cazado al asesino más buscado. El "Wanted dead or alive" no es sólo un recurso de las películas del Oeste, es un componente de la cultura popular norteamericana. Por eso no han sido tan extrañas las muestras de alegría y euforia que se dieron en las calles de los USA por la muerte de este tan escurridizo criminal.

Es evidente que la principal motivación para salir a la calle y celebrar esa muerte ha sido el alivio, el desahogo por ver exterminado al culpable de tantos asesinatos de inocentes, sin embargo, no es menos importante el carácter de "ojo por ojo", de ajusticiamiento a lo pistolero, tan propio del acervo popular que forjo a ese país de pioneros, colonos y tramperos durante el siglo XIX, cuando se convirtió en los Estados Unidos de América de costa a costa del continente. Es el único país del mundo con una "Asociación del Rifle".

El sheriff se ha servido de un comando especializado, de los cuerpos de élite del ejército y de la CIA para acabar con su principal enemigo. La polémica ahora está en saber si se disparó antes de dar el alto; es decir, si en realidad a los pistoleros justicieros se les había dado la orden solamente de "dead", sin que hubiese ninguna intención de atrapar y dar un juicio o algo similar al forajido más odiado. Parece que la horda de respetables ciudadanos de la"town" mundial no hubiera salido con las antorchas pidiendo el linchamiento del sujeto y la "patada" a su caballo con el tipo untado en brea y emplumado, expulsándolo de la comarca; ¡ qué va!, la horda de respetables ciudadanos quería verle ahorcado.

Debate sobre la legalidad de la operación

¿Ejecución sumarísima? ¿Acto de guerra? Política de altos vuelos, geopolítica de grandes hombres y mujeres. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, se tapa la boca - ¿horrorizada? ¿resfriada?- mientras contempla en directo el duelo "Ok Corral" que sus pistoleros mantienen, en supuesto, con los malos de la película, con los "indios". Porque, para colmo de polémicas, la operación llevaba el políticamente incorrecto nombre de "Geronimo".

Gerónimo fue un apache, un nativo de Norteamérica, que tuvo a finales del XIX en jaque al ya todopoderoso ejército yanqui con sus acciones de guerra, de guerrillero de la resistencia india. Una resistencia a ser confinados en las reservas, los" territorios libres", porque los colonos blancos sistemáticamente incumplían los acuerdos alcanzados entre los jefes de las tribus y el gobierno de Washington, los "rostros pálidos" no respetaban los límites y cazaban a los búfalos, sustento elemental de los indios.

¿A qué lúcido licenciado en Harvard colaborador de la CIA se le ocurrió ese apelativo para la operación? Debió ser al más aficionado al Western. Por mucho que les moleste la crítica a los amables ciudadanos de "Ok Corral" , la elección del nombre es la peor posible. Los indios norteamericanos ya han hecho llegar sus protestas a la Casa Blanca. No se le puede dar el nombre de un luchador por algo justo a un forajido, un luchador injusto que empleaba las artimañas más viles para sus propósitos: el terrorismo internacional.

Mejor muerto que vivo

En esta ocasión el orden de los factores sí que importa en el producto. En el "Lejano Oeste" era por este orden: "Dead or Alive". Es decir, muerto antes que vivo. Se prefería llevar el cadáver para cobrar la recompensa, mejor que llevar al tipejo ante el juez, que muchas veces era el mismo Marshal, harto de perseguirle y muy preocupado por si volvía a escaparse. Acribillado a balazos o con un tiro en al cabeza, como Bin Laden, no iba a fugarse.

Esa es la impresión general sobre el terrorista enemigo público número uno: mejor muerto y bien muerto, con su cadáver en las profundidades de un océano, que vivo y con la posibilidad de seguir maquinando maldades en un mundo lleno de voluntarios del mal, de fugitivos sanguinarios que burlen a los marshal del otro lado del río Bravo.