
- Tonatiuh, el Quinto Sol azteca - wikipedia
Se estima que cada año eran sacrificadas en Tenochtitlán unas 20.000 personas, y se cree que no era la única ciudad donde se celebraban estos ritos, ya que había templos parecidos al de Huitzilipotchli en otros asentamientos aztecas.
Este acto, que la mentalidad occidental condena como muestra de barbarismo y crueldad, sin embargo para la mentalidad azteca representaba un acto sagrado de vital importancia, ya que de su realización correcta dependía que el mundo siguiera existiendo.
El cruel Tonatiuh
Para los aztecas el acto del sacrificio era una ofrenda muy importante a los dioses debido a que según sus creencias ellos se sacrificaron para que el Quinto Sol (la era en la que nos encontramos) recorriera el mundo y lo llenara de vida.
Cuando la era del Cuarto Sol llegó a su fin, tras una apocalíptica inundación, cuatro dioses se reunieron en Teotihuacán para decidir cuál de ellos debía arrojarse a una pira encendida para que de ella naciera el nuevo sol.
Tras unas primeras pruebas, de los cuatro quedaron dos candidatos, Tecaziztecatl, un dios vanidoso y bello y Nanahuatzin, que por el contrario era humilde, feo, y andaba siempre mirando al suelo, temeroso de la vista de los demás dioses.
Para decidir cuál de los dos sería el elegido para el sacrificio los demás dioses decidieron que sería el que llevara ante ellos el objeto más bello que encontraran. Los dos partieron y al término de la prueba Tecaziztecatl regresó con un puñado de bellas plumas de quetzal, mientras que Nanahuatzin lo hizo con un puñado de cañas, por lo que fue el vanidoso Tecaziztecatl el elegido para el rito.
Sin embargo, ante la pira, este dios sintió pánico y dudaba en arrojarse a ella, pese a las exhortaciones de los demás dioses. Cuando por fin cogió ánimos, Nanahuatzin se le adelantó lanzándose apresuradamente sobre el fuego. Avergonzado y para salvaguardar su honor, Tecazitezcatl lo hizo después de él, pese a que ya no resultaba necesario.
Los demás dioses aguardaron expectantes el resultado del doble sacrificio. Primero emergió Tecaziztecatl convertido en la luna, y después de él surgió Nanahuatzin convertido en un imponente sol que después sería conocido bajo el nombre de Tonatiuh.
Pero antes de iniciar su recorrido por el cielo, Tonatiuh exigió que los demás dioses se sacrificaran derramando su sangre. Estos en un principio se opusieron y le hicieron frente pero al ver que no podían vencerle, y dada la necesidad de que el Quinto Sol realizara su trayecto diario por el universo para la existencia de la vida, aceptaron tal propuesta.
Y, así pues, unos 1.600 dioses derramaron sus vidas y su sangre para que el mundo siguiera existiendo.
Un tributo insalvable
Por lo tanto para los aztecas, y otros pueblos mesoamericanos de creencias similares, el acto del sacrificio humano constituía más una ofrenda insalvable que un cruel acto ritual. De hecho las víctimas para los sacrificios se elegían de entre los voluntarios para el sacrificio, o en las guerras florales, disputas rituales con pueblos vecinos cuyos prisioneros eran destinados al sacrificio.
Y, con ello, los aztecas consideraban que saldaban la deuda que habían contraido con los dioses que se sacrificaron para que Tonatiuh consintiera en efectuar su trayecto diario que habría de renovar la vida. Por ello, los sacrificios eran tan sangrientos, y tan crueles para los ojos de los europeos. La sangre y la vida era el don más preciado del ser humano, y su ofrenda a los dioses significaba la renovación.
