Para Martine Déotte, todas las culturas han rendido los últimos homenajes a sus difuntos y esto, desde siempre. Enterrar a los muertos siempre fue una labor primordial, y un ejemplo clásico de este fervor lo encontramos en Antígona, quien esta dispuesta a morir por ver enterrado a su hermano, pues "es más largo el tiempo durante el que debo agradar a los de abajo que el tiempo durante el que debo agradar a los de aquí arriba, pues allí yaceré por siempre".

Ritos funerarios prehistóricos

Los enterramientos de este período, consistían en suministrar al difunto con objetos que le eran necesarios cuando vivía, lo que implica su creencia en una prolongación de la vida con necesidades similares a ésta.

En las tumbas descubiertas, se ha podido constatar que en tiempos muy remotos los cadáveres se enterraban con adornos y accesorios de caza. A través de los siglos las costumbres cambiaron poco, pero los bienes personales, las imágenes de la Diosa Madre y los tallados de animales de caza fueron más frecuentes.

Período clásico griego

Nicole Loraux en Atenas, el historiador y los funerales, narra que los cadáveres de los guerreros eran expuestos durante dos días y luego, en ataúdes de ciprés, eran conducidos al cementerio a través de la ciudad, teniendo la costumbre de acompañar esta ceremonia, con una cama vacía que simbolizaba los cuerpos de los desaparecidos que no habían sido encontrados o recogidos.

Para los griegos, las almas de los cuerpos insepultos estaban condenadas a vagar sobre el Styx durante cien años, tiempo durante el cual eran sometidos a crueles tormentos. La cama vacía era una invitación a las almas de los desaparecidos, para buscar refugio y eliminar el sacrilegio de un cuerpo sin ataúd.

Funerales regios

En todo el mundo, los monarcas se iban con todos los honores hacia sus últimas y elaboradas moradas fúnebres. Casi todos se adornaban con máscaras lujosas que pretendían fijar su rostro para la eternidad. Todos iban muy bien provistos, pero el caso más inaudito, y que minimiza a otros monumentos funerales, es el del emperador chino Quin Shi Huang cuya tumba parece recrear su imperio, dibujando ríos y mares con mercurio, recreando su ejercito con personajes de barro cocido en tamaño natural y almacenando muchos tesoros de incalculable valor arqueológico.

Baja Edad Media

Tras el fallecimiento el individuo era envuelto en un sudario de tela blanca y era velado por los familiares antes de ser enterrado. Llevarlo rápidamente al cementerio era muy típico, y esto se hacía no solo para evitar contagios de enfermedades, sino también para alejar del pueblo, al fantasma de la muerte. Cuando el muerto procedía de familias ricas, el cortejo involucraba gastos suntuarios, como aquél de acompañarse de desconocidos que por una paga plañían sin descanso hasta que el cuerpo era enterrado.

En esta época se hizo costumbre el repicar de campanas en las iglesias, aunque en este momento, la finalidad era ahuyentar a los demonios. Con el paso de los siglos, las campanas no solo anunciaban el fallecimiento de alguien, sino que indicaban el sexo, la edad, y el estrato social del difunto. Como dice Edward Shorter en Nacimiento de la familia moderna, ciertas iglesias podían incluso indicar con el tañer de las campanas, la cantidad de dinero que el fallecido había donado a la parroquia.

Oriente Próximo

Para estos pueblos el mundo estaba estructurado en tres niveles: el superior o de los dioses, el humano situado en medio y el inferior bajo la superficie de la tierra. En este último se albergaban a los muertos y a las divinidades infernales. Morir implicaba pasar al mundo inferior y era importante apartar de la vista de los dioses del nivel superior el cuerpo sin vida, y por esta razón era retirado de la superficie cubriéndolo con tierra o llevándolo a una cámara subterránea.

Curiosidades religiosas

Basándose en creencias judías anteriores, en los comienzos del Cristianismo, sus seguidores se aferraban a la creencia de la resurrección corporal luego de la muerte.

Por eso sus perseguidores trataban de eliminar el cuerpo ya fuera quemándolo o mutilándolo. Sin embargo, la creencia prosperó y así se creyó que aquel ultraje no impediría que los cuerpos resucitasen y recuperasen todo lo que habían perdido.

Este acceso ilimitado al Cielo fue frenado por Tertuliano, quien aseguró que solo los mártires poseían por la virtud de la sangre, "la única llave del Paraíso". Los muertos debían esperar el Juicio Final después del cual, solo los "santos" saldrían de las "regiones inferiores" para habitar las "mansiones celestiales".

El ritual hindú y el budista se centran en la cremación. El origen de esta costumbre es oscuro, pero se sabe que surgió en el Lejano Oriente. La creencia es que la hoguera destruirá la carne pero no su ser intrínseco, el cual seguirá reencarnando de existencia en existencia, hasta unirse con la esencia universal, accediendo así a la inmortalidad.