Ridley Scott nació en South Shields, Inglaterra, en 1937. Formado como cineasta en el Royal College of Art y en el West Hartlepool College, se inició profesionalmente en la televisión, donde adquirió suficientes conocimientos como para destacar, a lo largo de su exitosa carrera cinematográfica, como un experto en el apartado de ambientación.

Su dominio en la iluminación, su precisión con la fotografía, su obsesión por la estética perfecta y su capacidad para sincronizar música y sonido en las diferentes secuencias, lo convirtieron en todo un maestro a la hora de generar la atmósfera adecuada en cada una de sus películas.

Sus inicios

Durante la década de los 60, trabajó para la BBC inglesa en diseño artístico y realización de series. También rodó cortos cinematográficos, destacando Boy and Bicycle, realizado en blanco y negro.

En 1977 estrenó su ópera prima, Los duelistas, un intenso drama bélico ambientado en la época de Napoleón, con el honor como tema principal. Contó con sólidos actores como Harvey Keitel, Keith Carradine, Edward Fox y Albert Finney y obtuvo el premio al mejor debutante en el Festival de Cannes.

Primer gran éxito

Un año después realizó la que para muchos es su mejor película: Alien, el octavo pasajero. En clave de terror, narra una claustrofóbica historia sobre un grupo de tripulantes de una nave espacial, que debían hacer frente a un temible ente extraterrestre.

El relato, en el que se adivinaban influencias góticas de H.P. Lovecraft, resultó tan sobrecogedor como adictivo, a lo que ayudaron las magníficas interpretaciones de todo el elenco, destacando a la impecable Sigourney Weaver, que también saltaría a la fama tras este maravilloso film.

Obtuvo el reconocimiento del público con una alta recaudación en taquilla y el de la Academia de Hollywood, que le premió con el Oscar a mejores efectos visuales y una nominación a dirección artística.

Segundo éxito consecutivo

Tras unos años en los que su vida personal se asemejó a la de las grandes estellas (dos matrimonios con Felicity Heywood y Sandy Watson, respectivamente, además de una relación sentimental con Giannina Fancio), en 1982 llegó su segunda obra cumbre: Blade Runner.

Si Alien es considerada una obra maestra de la ciencia ficción, Blade Runner se ha convertido en todo un referente para el género, sobre todo por su gran influencia en posteriores películas. Su espectacular y tenebrosa ambientación futurista, su hipnótica y asfixiante atmósfera y la imponente y adecuada banda sonora de Vangelis, quedarán grabadas a fuego en la memoria del espectador.

Una vez más contó con un reparto de lujo, encabezado por Harrison Ford, Sean Young y Rutger Hauer.

Films de menor calado

Durante los siguientes años de la década de los 80, las películas de Scott bajaron uno o dos peldaños en calidad. En 1985 llegó uno de sus principales batacazos con Legend, una imaginativa película de aventuras y fantasía, protagonizada por Tom Cruise, que no convenció prácticamente a nadie.

Después llegarían dos thrillers policiales, La sombra del testigo (1987) con Tom Berenger y Mimi Rogers y Black Rain (1989) con Michael Douglas, Cate Capshaw y Andy Garcia.

Los 90

Al igual que en la década anterior, Scott comenzó con un gran éxito, para después llevar a cabo películas que quedaron en un segundo plano, tanto en el panorama internacional como en su filmografía.

El éxito en cuestión fue Thelma y Louise, una aclamada road movie protagonizada por Susan Sarandon y Geena Davis, por la que Scott recibió su primera nominación a mejor director en los Oscar, además de conseguir la estatuilla en la categoría a mejor guión.

Durante el resto de la década filmaría tres películas muy inferiores a sus grandes films. Primero llegó 1492: la conquista del paraíso (1992) en la que lo más destacable fueron la fotografía y la banda sonora de Vangelis. Cuatro años después llegó Tormenta blanca, un buen drama basado en hechos reales, protagonizado por Jeff Bridges. Y ya en 1997, estrenó una de sus peores películas, La teniente O'Neal, con una rapada Demi Moore en el papel más basto y menos sexy de toda su carrera.

Gladiator

Para seguir con la tradición, Ridley Scott inició una nueva década con otra obra maestra: Gladiator. Se trata de un maravilloso péplum con el que se recuperaba un género que muchos consideraban ya desaparecido.

Tuvo tal repercusión que sus diálogos son repetidos hasta la saciedad, incluso en la vida cotidiana. A ello contribuyó un excepcional Russell Crowe, que obtuvo el Oscar al mejor actor. La película logró cuatro estatuillas más (mejor película, vestuario, efectos visuales y sonido) sin embargo, la de mejor director siguió resitiéndose a Scott.

El nuevo milenio

En el siglo XXI, Ridley Scott continuó con sus habituales altibajos. Sin ir más lejos, en el 2001 estrenó dos películas muy desiguales: Hannibal y Black Hawk derribado. La primera fue una mediocre secuela de la afamada El silencio de los corderos, mientras que la segunda resultó uno de los mejores largometrajes bélicos de los últimos años, retratando con realismo y gran riqueza visual un ataque del ejército norteamericano en Mogadiscio, que resultó una trampa mortal para las tropas estadounidenses.

Dos años después dirigió a Nicolas Cage, Alison Lohman y Sam Rockwell en la comedia negra Los impostores, un buen film de ladrones y timadores.

En 2005 dirigió uno de los siete cortos que compusieron el drama infantil Todos los niños invisibles además de estrenar El reino de los cielos, un film épico, posiblemente el peor de toda su filmografía, al servicio de un incapaz Orlando Bloom.

Sus últimas películas han sido Un buen año, American Gangster, Red de mentiras y Robin Hood. El denominador común de todas ellas es el protagonista, Russell Crowe, que se convierte así en su actor fetiche.

Futuros proyectos

Queda claro que la carrera de Ridley Scott ha visto luces y sombras, de ahí que uno no sepa a qué atenerse con sus nuevos proyectos, entre los que destacan dos nuevas películas sobre Alien, en concepto de precuelas.

Sea como fuere, ha realizado el suficiente número de clásicos y obras maestras, como para que su estrella nunca deje de brillar en el firmamento cinematográfico.